21 enero 2013

Herbie the Mousebot

En la foto, Herbie the Mousebot, un proyecto de ensamblaje sencillo creado por Solarbotics que parte de un montoncito de piezas sueltas y un manual, y que requiere ensamblar, soldar y ajustar un ratoncito robótico simple, con dos sensores infrarrojos que hacen de ojos, un par de motores y un chip LM386, todo ello alimentado por una pila de 9 voltios.

El ratoncito persigue una fuente de luz o busca la fuente más potente que encuentre en las proximidades, y tiene un par de sistemas de seguridad, en los bigotes y en la cola, que hacen que si encuentra un obstáculo, el sentido del motor cambie para eludirlo. Es un proyecto mejorado del que Randy Sargent, que hoy en día combina trabajos nada menos que entre NASA, Carnegie Mellon y Google, presentó a un concurso de robótica tras haberlo ideado y montado la noche anterior con algunos componente sueltos que encontró. Puedes ver un vídeo de Herbie en este enlace.

¿A qué viene todo esto? Sencillamente, que aunque hacía como unos treinta años que no cogía un soldador, vi este kit de montaje el otro día en el Techshop de Detroit, me pareció una buena manera de poner al día mis habilidades de montaje, y aquí está Herbie… ¡y está vivo, muahahaha!!! Ahora, pasamos al siguiente nivel con otro paquetito que también encontré en el mismo sitio: Arduino (y por cierto, la idea de suplementar un hacklab con  una tienda con venta al público me ha parecido muy brillante).

El tema me ha evocado algunos de mis juguetes de cuando era un crío, el Electro L y, sobre todo, mi favorito, el Scatron, con sus componentes en cajitas de plástico que se pinchaban en un tablero perforado para componer circuitos y que supuso mi primer contacto con transistores, resistencias, condensadores, bobinas… de ahí pasé al taller de electrónica del colegio, a comprarme mi primer soldador, y a varias cosillas más que contaré otro día. Por la razón que sea, no he vuelto a ver ese tipo de juguetes (de haberlos visto, habría martirizado a mi hija con ellos hubiese querido o no :-) pero no dejo de pensar, ahora que vuelve a hablarse del DIY y de la cultura maker, en las posibilidades que tendría un juguete así, convenientemente adaptado a los componentes que existen ahora, de cara a la educación de los niños.

El caso es que estoy en este tipo de cosas, y que pienso no solo seguir con ellas, sino además, ir contándolas y documentándolas por si alguien se anima a compartir otras parecidas. En torno a Arduino, al Raspberry Pi y a otros proyectos similares se está creando una comunidad interesantísima que decididamente hay que seguir, y que tiene mucho más fondo que el simple jugueteo.

Seguiremos informando.



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20 enero 2013

Comunicación, marcas y online influencers: la experiencia con Ford

La semana pasada estuve en el North American International Auto Show (NAIAS) de Detroit, invitado por Ford. El hecho en sí suena curioso: no escribo sobre automoción, y no soy definitivamente un apasionado de los coches. La invitación de Ford estaba destinada a ser educadamente declinada, y lo habría sido de no haber sido gestionada de una manera que me pareció brillante. Y a eso quiero dedicar esta entrada: a los factores que diferencian a las marcas que saben trabajar con esa difusa categoría a la que algunos llaman online influencers, o simplemente bloggers, de aquellas que no saben hacerlo.

Primer factor importante: el contacto. Cuando hablamos de online influencers (lo de bloggers puede ser en muchos casos una simplificación bastante burda), hablamos de personas, no de medios. Personas con sus intereses, sus limitaciones, y sus casuísticas variadas. Cuando contactas con un medio, partes de la base de que el profesional del mismo está interesado en acudir a tu evento, fundamentalmente porque forma parte de la definición de su trabajo. Pero cuando contactas con una persona, tienes que dejarle claro por qué lo contactas, qué te ha llevado a pensar que era una buena idea contar con él, qué pretendes… tienes que construir un caso que la persona analizará en función de sus propios intereses.

En mi caso, Ford me contactó, decliné inicialmente la invitación, pero me encontré con una respuesta detallada a un nivel de interlocución adecuado, una respuesta que incidía en mis intereses: la incorporación de tecnología al automóvil, la plataforma tecnológica abierta que Ford presentaba, el carácter del evento, las características de otros invitados que podía conocer, el que una parte del evento se desarrollase en un hacklab, etc. Un trabajo profesional de Ford y su agencia de comunicación en el que destacaba el hecho de que sabían con quiénes estaban hablando y cuáles eran sus posibles intereses. Un caso construido en torno a la motivación del tema, a que entendiese por qué me iba a resultar interesante acudir.

Con los medios, el tema funciona de otra manera: te invito, y parto de la base de que te interesa acudir, de que el hecho de acudir es algún tipo de “privilegio” que te doy. La marca va a invertir una nada despreciable cantidad de dinero en la promoción del evento, pero cuando se trabaja con personas, hay que partir de la base de que esas personas, en lugar de ver tu invitación al mismo como algún tipo de privilegio, pueden verla como un problema: como la perspectiva de infinidad de cambios de agenda, de muchas horas de avión o de cruzarse medio mundo para algo que no esté claramente justificado. Si como marca no trabajas bien este tema, te encontrarás con que terminas por escoger mal a tus invitados, y todos tus esfuerzos pueden ser inútiles. O peor aún, tener resultados negativos.

La claridad es fundamental: qué pretendes, qué das, qué pides a cambio. Dónde están las strings attached, o la certeza de que no las hay. En todo momento, desde el primer contacto, estaba clarísimo que nada obligaba a los asistentes a escribir, twittear o referenciar nada. Que si queríamos hacerlo, por supuesto, encantados, pero que incluso en ese caso, procurásemos hacer una mención clara a modo de disclosure:

We ask that you be transparent with your readers about your trip to Detroit and post the following disclosure language, or something similar in your own words: Ford Motor Company paid for my travel and accommodations at the three day NAIAS Digital Summit. I was not compensated in any other manner for my time. My opinions posted here are my own.

Faltaría más: es precisamente una parte importante de lo que muchos pensamos que debe hacerse siempre, y de hecho, de lo que llevamos haciendo desde que empezamos. Una auténtica “norma de higiene”: una marca puede gastarse dinero en llevarte de viaje, pero eso no debe condicionar tu opinión sobre la misma, ni “comprar” en modo alguno una mención positiva. Si quieres publicidad, haz (y paga) publicidad. Si quieres contenido sincero, haz otras cosas.

Los detalles son fundamentales. Si invitas a eso que llaman online influencers, tienes que entender que son eso, online people. Que si no detectan ninguna onda electromagnética que les permita conectarse durante más de una hora, se empiezan a poner de color verde :-) Que si van al extranjero, eso puede condicionar su conectividad, y les puedes ofrecer tarjetas prepago para quienes tengan terminales libres. En este viaje, todo estuvo organizado en torno a la conectividad: la del hotel, la de la práctica totalidad de los sitios a los que fuimos, incluidos los autobuses. En cada evento, una zona especialmente designada con una WiFi para nosotros, y una preocupación constante por si estaba funcionando adecuadamente. En el evento central, la conferencia de presentación, una zona muy buena del auditorio claramente delimitada, que generó todo un “momento de la verdad” cuando miembros de la organización pidieron a un grupo de personas trajeadas y encorbatadas que por favor abandonasen esa zona, porque estaba reservada para online influencers… sin duda, todo un “signo de los tiempos” :-)

Si te gastas dinero en llevar a un grupo de personas al otro lado del mundo porque te interesa que entren en contacto con tu marca, no descuides los detalles, porque en el fondo son lo que definen la calidad de la experiencia. La marca rodea y envuelve toda la experiencia, pero no agobia a quienes participan en ella. Piensa que muy posiblemente, lo que aprecien sea un programa abierto, no terriblemente apretado, con posibilidades de interacción directa con personas en lugar de conferencias o presentaciones unidireccionales, y con temas que puedan acomodar los intereses poliédricos de cada persona. En este viaje hubo una mezcla de eventos lógicos en una presentación de una marca de automóviles, como las pruebas de conducción de sus modelos en un circuito o el paseo por la zona de exposición del Salón del Automóvil que teóricamente justificaba el viaje, combinados con presentaciones tecnológicas (la de John Ellis, Global Technologist de Ford, me pareció especialmente buena: estuvo allí con todo su equipo, e interactuaron un montón), con una recepción en el impresionante Henry Ford Museum, con el paso por un hacklab (el TechShop Detroit de Allen Park, esponsorizado por Ford) y con momentos para interactuar directamente con la cúpula directiva de la compañía… no todos los días tiene uno la oportunidad de participar en una charla y saludar directamente a Alan Mulally, Presidente y CEO de la compañía, o de hablar con los máximos responsables de áreas como desarrollo de producto, seguridad, marketing, sostenibilidad, vehículos eléctricos, etc.

En el fondo, puro sentido común: cuando trabajas con personas, el “one size fits all” no sirve. Tendrás que acomodar detalles, peticiones y hasta posibles excentricidades dentro de los límites de la lógica. Interlocución clara, personas de referencia, y un interés constante en que las cosas salgan bien, en que la experiencia sea adecuada. La palabra clara es “voluntad”: no todo va a salir perfecto en todo momento, así que la transparencia, la interlocución adecuada, el entusiasmo y las ganas de hacer las cosas bien son activos fundamentales. Pero sobre todo, entender a las personas: cuando invitas a profesionales de la comunicación, a periodistas del sector, estás invitando a profesionales a los que generalmente les pagan por ir allí y cuyo interés puedes dar por supuesto. Pero si invitas a online influencers, puedes encontrarte con perfiles e intereses muy diferentes, y lo importante pasa a ser asegurar que ven el tema con un interés que no necesariamente puedes presuponer.

¿Interesante? ¿Realmente compensa invertir en la asistencia de este tipo de perfiles a un evento específico de una industria? No me corresponde a mí juzgarlo. Este tipo de actividades, como muchas otras que se hacen en la industria que es el más claro ejemplo de un elevado ROPO (Research Online, Purchase Offline, bienes cuya posible compra se investiga en la red pero tiene lugar habitualmente fuera de ella), tienen un componente de “acto de fe” que corresponde únicamente a sus responsables evaluar. Pero para mí, sin duda, ha sido tres días muy interesantes y una experiencia enriquecedora y positiva.

He subido algunas fotos de esos tres días a este set de Flickr.



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19 enero 2013

Mega: bienvenidos a la internet cifrada y distribuida

Tal y como había anticipado, Kim Dotcom lanzó la nueva Mega en el dominio neozelandés mega.co.nz exactamente el mismo día, hora y minuto en que el año pasado sufrió el asalto a su mansión. Un servicio funcional y espartano en su aspecto, que ofrece 50GB de almacenamiento gratuito, y tres categorías de cuentas de pago: de 500GB de almacenamiento y 1TB de transferencia por €9.99/mes, de 2TB de almacenamiento con 4TB de transferencia por €19.99/mes, y de 4TB de almacenamiento con 8TB de transferencia por €29.99/mes. Los mejores análisis del servicio los he leído en Gizmodo y en Ars Technica, que también publicó una interesante entrevista con Kim Dotcom el día antes del lanzamiento.

En principio, Mega sería similar a un Dropbox o a un Google Drive, pero con un detalle interesante: todos los archivos que subas son cifrados en origen con una clave RSA de 2048 bits. ¿Qué supone un cifrado con una clave de 2048 bits? Puedes verlo tú mismo. Por supuesto, podrías cifrar tú mismo tus documentos y subirlos posteriormente al repositorio que tú quieras, pero que el sistema esté directamente integrado aporta un nivel de conveniencia más que interesante que asegura un incremento drástico en su nivel de uso.

Esencialmente, Kim Dotcom ha reconstruido su servicio con una idea central en su cabeza: blindarlo contra la intervención anterior. Por un lado, todo lo que se sube a Mega está cifrado de manera radicalmente segura, lo que impide cualquier reclamación a la empresa sobre el contenido de sus servidores. Lo que está en los servidores de Mega es responsabilidad exclusiva de quien lo subió ahí, y únicamente puede ser recuperado por aquellos que tengan acceso a la clave. Que en esos servidores haya música, películas, pornografía infantil o los planes de la conspiración secreta del sobrino de Osama Bin Laden para terminar con la civilización occidental es única y exclusivamente problema suyo, porque nadie que no tenga la clave lo puede recuperar (y por supuesto, tampoco Mega, por mucho que se lo exigiesen). Ya seas el FBI, el Mossad, 007 o el agente Bourne, da lo mismo. Tu única posibilidad de acceder al contenido de Mega de un usuario es hacerte con su clave.

Por otro lado, el servicio se sustenta en una infraestructura completamente distribuida de servidores en cualquier lugar del mundo con un sistema de replicación que asegura que cada archivo estará en más de un sitio, lo que le permite apoyarse en servicios de bajo precio en cualquier lugar del mundo y evitar lo que pasó hoy hace un año, que el sitio entero dejase de estar disponible en una sola operación. Una red completamente cifrada y distribuida.

Una vez los ficheros están en Mega tras un proceso en el que el sistema recomienda llevar a cabo con un navegador Chrome actualizado, puedes generar un enlace de descarga a uno o varios ficheros, y enviarlo a quien buenamente quieras, teniendo en cuenta que no le servirá absolutamente para nada si no tiene la clave, y que la seguridad de toda la operación dependerá, por tanto, de a quién confíes la clave y cómo la transmitas. Puro almacenamiento en la nube, pero en una nube que puede llegar a ser muy negra, muy gris o completamente blanca en función de quién la use y para qué. La tecnología, como cualquier otra herramienta, no es buena ni mala: los buenos o malos son los que la usan.

Estamos exactamente donde hace un año sabíamos que íbamos a estar: Kim Dotcom ha reconstruido su servicio, lo ha blindado a prueba de acciones gubernamentales, y ha conseguido una enorme atención mediática en torno a su lanzamiento. No es especialmente innovador, solo más cómodo: no aporta nada que no existiese antes, pero todos sabemos ya el valor que puede tener una mayor conveniencia y una reducción de barreras a un proceso determinado. Hablamos de easy to use one-click privacy, con todas las consecuencias que ello pueda conllevar. No, no tiene por qué convertirse en la pesadilla del copyright, pero puede hacerlo si muchos usuarios deciden utilizarlo para compartir archivos sujetos al mismo. No protege especialmente a sus usuarios, o no más que lo habitual en otros servicios: en caso de requerimiento de las autoridades, Mega compartirá los datos que posea de sus usuarios, sean logs, direcciones IP, tráfico, uso del sitio, información de registro o cualquier otra cosa. Pero parece difícil pensar que esos datos puedan vincularse a un tipo de uso determinado, delictivo o no, si quien acusa no tiene acceso a la clave de cifrado correspondiente.

Es lo que tienen las persecuciones absurdas: que los perseguidos intentan defenderse. Que ahora exista un servicio de almacenamiento cifrado y distribuido al alcance de absolutamente cualquiera, sea una persona buena, mala o regular, es una consecuencia clara de haber montado una desproporcionada y absurda persecución durante años, llevada por los intereses de unos pocos, y que han conseguido que se tornase en un efecto potencialmente nocivo para todos. Han conseguido el dudoso honor de incentivar poderosamente el desarrollo de una red por la que circulamos encapuchados. Con la nueva Mega estamos donde estábamos, donde hace exactamente un año dijimos que íbamos a estar: toda una absurda macro-operación policial aparentemente ilegal y abusiva, para que quien quiera compartir archivos, pueda seguir haciéndolo. Un año después de aquella operación por la que algunos imbéciles brindaban, Mega ha sido reconstruido, Kim Dotcom sigue en su mansión, y ahora, además de contar con una campaña de lanzamiento mediáticamente desmesurada y gratuita y de ser trending topic a nivel mundial, tenemos todas las facilidades no solo para compartir archivos, sino también para compartir los planos del próximo ingenio nuclear que destruya el planeta. Una gran hazaña, sí señor. Buena suerte en el próximo asalto.

 

ACTUALIZACIÓN: Entrada citada en ABC, “Mega, legal pero no privado“.



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18 enero 2013

Red, censura y estupidez, mi columna de Expansión de esta semana

Mi columna en Expansión de esta semana se titula “Red, censura y estupidez” (pdf), y pretende servir de aviso a navegantes ante esa epidemia de la política por “regular” una red que ven con mentalidad “perversa” o “mirada sucia” y de la que nos quieren “proteger” tanto.

No, la red no debe ser regulada más allá de la regulación que suponen las leyes vigentes. Esto no es una postura “ciber-anarquista”, “ciber-utópica”, “ciber-libertaria” o ninguna de esas etiquetas que se pretende asignar: es pura lógica y sentido común apoyado en la experiencia con la que ya contamos. La mejor aproximación es regular la red con las mismas leyes que rigen la convivencia y el consenso social fuera de internet sometiéndolas simplemente a una interpretación adecuada, porque internet no es, como muchos pretenden presentarlo, un “lugar sin ley”, sino una parte integrante de un todo, de una realidad social que se rige por unas leyes determinadas. El desarrollo de legislación “para internet” no está trayendo, por lo general, nada bueno más allá de otorgar armas a los políticos para intentar controlar cosas que si se planteasen fuera de internet, serían directamente ridículas. Si un político habla de todo eso y sostiene sobre la red una “mirada sucia” en el sentido que sea, desconfía de él. Lo más posible es que pretenda otras cosas, y pocas buenas.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Red, censura y estupidez

Cada día más, la red genera en los políticos una obsesión por el control que, siguiendo una peligrosa deriva, está pasando de afectar a regímenes dictatoriales o teocráticos como China o Irán, a extenderse a otros que solíamos considerar democracias consolidadas.

Un estudio reciente realizado en Northeastern University demuestra que bloquear una página web es una medida que, en el mejor de los casos, carece de eficiencia. La dinámica de la red hace que quienes quieran acceder al contenido puedan seguir haciéndolo saltándose el bloqueo o mediante otros métodos.

Bloquear el acceso a la fuente de un problema equivale a esconder dicho problema bajo la alfombra. Por un lado, no se soluciona, sino que se marginaliza y se dificulta su posiblemente legítima persecución. Pero además, se demuestra que la censura y el control, para quien gobierna, es como aquellas patatas fritas de las que no se podía comer solo una. Y así, cuestiones como la protección de la infancia, los derechos de autor o la defensa de los consumidores terminan por convertirse en medidas que justifican medidas de control, censura y vigilancia de los ciudadanos.

La censura en la red, sea llevada a cabo por un juez, un gobierno, una comisión o por el mismísimo papa de Roma, no sirve para nada. Si algo en la red es ilegal, ocultar sus fuentes solo hace que el delito sea más difícil de perseguir. Lo que hay que hacer con el delito, en la red y fuera de ella, es perseguirlo con las leyes ya existentes y las debidas garantías judiciales, no simplemente "evitar que se hable de ello".

Si escucha a un político hablar del "uso perverso de internet" y de la necesidad de bloquear páginas o de dictar nuevas leyes específicas para la red, tiemble: en el mejor de los casos, será un ignorante o un estúpido. Pero con casi total seguridad tendrá otra razón peor.



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?Makers?, de Chris Anderson: un libro de los que hacen afición

A Chris Anderson tuve la oportunidad de conocerlo en el año 2006, cuando me tocó presentarlo en una charla en el Recommenders de Bilbao: acababa de publicar “The long tail“, un libro que me parece que ha jugado un papel muy importante en la comprensión de muchas cosas que hemos visto pasar a lo largo de los últimos años. Pues bien, su último libro, “Makers“, es de los que hacen afición. Y que lo califique como tal en el título de la entrada no es solamente una forma de hablar: a medida que lo lees, te entra una curiosidad enorme por probar cosas, por hacerlas, por experimentar. Llevaba bastantes años sin manejar un soldador… me compré uno hace unos días. Y entre eso, el Raspberry Pi, una placa Arduino y algunas cosas más que ya contaré en cuanto sean algo más tangibles, me he montado una especia de hacklab en casa que parece el laboratorio de Dexter (si me echan, no descartéis que no intente pedir asilo político en casa de algún lector habitual :-)

Pero el libro va mucho más allá de fomentar una afición que llevaba tiempo rumiando, y es mucho, mucho más ambicioso que la simple idea de la fabricación en modo hobby: habla de una auténtica transición histórica. De una transición comparable en su magnitud a la Revolución Industrial, de una verdadera fuerza transformadora en forma de continuación lógica que fluye como consecuencia de la transformación digital que va a redefinir la forma en la que hacemos muchas cosas.

La idea puede entenderse con una cita:

The digital revolution has been largely limited to screens. We love screens, of course, on our laptops, our TVs, our phones. But we live in homes, drive in cars, and work in offices. We are surrounded by physical goods, most of them products of a manufacturing economy that over the past century has been transformed in all ways but one: unlike the Web, it hasn't been opened to all. Because of the expertise, equipment, and costs of producing things on a large scale, manufacturing has been mostly the provenance of big companies and trained professionals. That's about to change.

El libro define de qué manera se está produciendo ese cambio. Los síntomas, los casos de éxito, las herramientas que lo están provocando, el open hardware, la reinvención de los procesos industriales en niveles que van desde el garaje a las enormes factorías de la industria de automoción, la evolución hacia la fabricación personalizada, las fuentes de financiación… el capítulo 10, “Financing the Maker movement”, dedicado entre otras cosas a Kickstarter es un auténtico bonus track, de esos que cualquier emprendedor o persona que se plantee llegar a serlo en algún momento debe leer.

En torno a este tema se están moviendo muchas cosas: impresoras y escáneres 3D, cortadoras láser, máquinas de control numérico, hardware abierto, electrónica… muchos conceptos que están generando auténticas caídas de barreras de entrada que habían permanecido ahí desde la Revolución Industrial, que impedían hacer demasiadas cosas si no se tenía una escala determinada. El libro provoca unas ganas enormes de asomarse al mundo de los hacklabs, donde muchas de estas herramientas se ponen a disposición de los usuarios junto con algo de adiestramiento en su uso. En mi caso, tuve la suerte, además, de que la exploración de estos temas coincidiese en el tiempo con la lectura del libro: el pasado lunes pude experimentar varias de estas tecnologías en el TechShop Detroit de Allen Park, una iniciativa financiada por Ford que define en muchos sentidos una de las frases que me llamó la atención en el capítulo 8 del libro, que permite ver cómo el cambio va mucho más allá del simple hobby y del fabricar estatuillas en plástico fundido, y que tiene todo un punto de gracia que te coincida leerlo cuando precisamente visitas Detroit:

There’ no manufacturing business like the car business. If that can be transformed, anything can. 

Desde el movimiento DIY, Do It Yourself, hasta modelos como Etsy, hasta llegar a las fábricas en la nube, al Alibaba.com de Jack Ma o a los nuevos planteamientos en la industria de la automoción, incluso con derivaciones macroeconómicas de calado sobre las ventajas comparativas de los países y el peso de la mano de obra en los procesos. Está pasando algo muy, muy gordo, y este libro me ha parecido una muy buena manera de entrar en contacto y de tener algo de criterio sobre ello. Puedes leer mis subrayados del libro en mi página de Kindle.com. Recomendación total y entusiasta. No digáis que no he avisado :-)



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17 enero 2013

Dell Ophelia: la deconstrucción del PC

Algo importante está pasando en Dell. Por un lado, fuertes rumores de cambios en la estructura y de una posible salida del NASDAQ de la mano de algún tipo de  management buyout. Por otro, un proyecto, Ophelia, con nombre inspirado en el personaje de Hamlet, y un aspecto completamente atípico para la compañía: un dispositivo de un tamaño no muy superior al de un disco USB, que enchufado a una pantalla y conectado por vía inalámbrica a la red y a un teclado permitiría la ejecución de prácticamente cualquier sistema operativo en la nube, y que se vendería a un precio final de unos cincuenta dólares.

Estrictamente, estaríamos hablando de un dispositivo ultra-compacto de conexión a la nube (ultra-compact cloud connection device) con un sistema operativo Android 4.1 Jelly Bean capaz de correr instancias virtualizadas de cualquier otro sistema operativo en un servidor en la nube. Un concepto que provendría de la reciente adquisición de Wyse, y que podría tener muchísimo interés como posible disrupción en este entorno. Que la compañía que llegó a ser en su momento líder del mercado de ordenadores personales terminase, en medio de una fase de profunda reestructuración y reinvención de sí misma, por sacar al mercado una especie de “anti-PC” o “deconstrucción del PC” por un precio de cincuenta dólares sería una forma enormemente poética de justificar el nombre del dispositivo. Imaginemos el potencial de reducción de coste para entornos corporativos de tener puestos de trabajo consistentes simplemente en una pantalla con conexión USB, un teclado Bluetooth y una WiFi.

Por el momento, poco se sabe de Ophelia más que la nota de prensa, una foto al lado de unas gafas, una referencia en Slashdot, y algunos artículos más en International Business Times, en Ars Technica o en Quartz que especulan sobre el tema. Pero parece claro que una Dell  reinventada y reestructurada, fuera del negocio de los smartphones y redefiniendo el entorno de la era post-PC con un movimiento así podría ser una compañía radicalmente diferente a la que conocemos. Y potencialmente, muy interesante.



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16 enero 2013

Las interesantes consecuencias de la era post-PC

De acuerdo, las estadísticas de acceso a esta página no son representativas de la web en general: sus demográficos son muy característicos de un segmento de usuarios más avanzados, con mayor nivel de formación y con unos demográficos no comparables al total de la población. Pero con eso y con todo, me ha llamado la atención especialmente ver esta gráfica en mis estadísticas: si bien Internet Explorer hace ya mucho tiempo que no es el navegador más utilizado para acceder aquí, el que aparezca ya no como segunda ni tercera, sino como nada menos que ¡quinta opción! resulta particularmente curioso.

Dejando aparte la ya conocida y progresiva erosión de la cuota de mercado del navegador de Microsoft frente a Chrome o Firefox, la responsabilidad de la caída es una característica clara de lo que se ha dado en llamar “la época post-PC”: los tablets ya venden más que los ordenadores portátiles en las citas comerciales más señaladas, y se espera que a partir del último trimestre de este año ya pasen a superarlos en las cifras consolidadas sectoriales. La consecuencia es clara: en una página de contenidos, el crecimiento de accesos desde este tipo de dispositivos crece de manera muy pujante, y con él, crece el uso de navegadores como Safari, que revierte su tendencia a la baja al incorporar los accesos de un iPad líder de la categoría que redefinió, y de otros navegadores de otros tablets y dispositivos móviles que evolucionan hacia el duopolio. Al tiempo, un Chrome con versiones muy recomendables y bien optimizadas en todos los dispositivos mantiene su fuerte crecimiento, mientras, el navegador de Microsoft, carente de una línea de movilidad fuerte en la que apalancarse, pierde progresivamente importancia. Hasta los ex-directivos de Microsoft utilizan un iPhone, y los analistas hacen ya un primer recorte a las expectativas de ventas del Surface… a nada menos que la mitad.

Internet Explorer ha mejorado muchísimo sus prestaciones en sus versiones más recientes, ha dejado de obsesionarse con reinventar los estándares a su medida, y puede ser una opción perfectamente digna. El equipo de desarrollo de Explorer está entre los más eficientes y prestigiosos de la compañía, e indudablemente ha hecho un buen trabajo con el producto. Pero eso, ahora, ya no parece ser suficiente: además de tener un buen producto, tienes que lograr asentarte en aquellas categorías de dispositivos que de verdad marcan el crecimiento: tablets y smartphones, segmentos que pertenecieron originalmente a quien los reinventó, y que por el momento tiene a todos los efectos una sola alternativa, y a los que se irán uniendo otros dispositivos que pueden ir desde las consabidas televisiones hasta toda una amplísima gama que va desde las gafas a los automóviles. Son, sencillamente, las consecuencias de ir entrando en la era post-PC.



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