13 noviembre 2009

Hace unos añitos?

DaveMD, de “Fotos de tiempos pasados“, me pidió alguna foto de cuando yo era pequeño, así que le escaneé y le envié una que me hizo mi tío, Jose María P. Santoro en su estudio un verano en Cangas. Calculo que tendré unos tres y cuatro años, o sea, 1968 ó 1969.

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12 noviembre 2009

Wave, tras la prueba del uso

Llegó con unas expectativas altísimas: una preview espectacular en el I/O Conference ante cuatro mil desarrolladores pertrechados con todo tipo de herramientas de comunicación, y una beta por invitación destinada, según algunos, únicamente a generar buzz, según otros, a controlar el funcionamiento del invento en condiciones de crecimiento controlado.

Ahora, tras unas semanas de funcionamiento, ya me veo en condiciones de opinar con criterio sobre Wave, y mi opinión sigue siendo enormemente positiva. Pero vamos por partes:

Google Wave no es una herramienta fácil de entender. De hecho, probarla no resulta nada sencillo. Y no me refiero a que sea difícil de usar, que no lo es en absoluto, sino a que, de entrada, es invariablemente una herramienta en busca de un propósito. Es como si te dieran un martillo por primera vez en tu vida, y no tuvieras nada que hacer con él, ningún clavo que clavar ni ningún objeto que destrozar a martillazos. Te pondrías a jugar con él, al cabo de un rato lo encontrarías un juguete bastante plano y aburrido, y lo arrinconarías.

Así funciona: te llega la invitación, buscas a ver quién tienes como contacto, y creas una Wave con alguno de ellos. ¿Para qué? Para probar, sin más objeto que ese. Si además tienes la suerte de encontrarte a alguien conectado en ese momento, puedes probar a escribir, a juguetear con la herramienta de mapas y la de votaciones, y cuatro chorradillas más. Eso mismo: chorradas. Sin un propósito detrás, Wave es una chorrada divertida: como una mensajería instantánea con esteroides. Entiendo perfectamente que a mi hija le encante: de repente, ve lo que la otra persona está escribiendo en tiempo real, con lo que se incrementa la sensación de proximidad y de “hay vida inteligente al otro lado”, y puede además insertar en la comunicación lo que le dé la gana, sea un vídeo, una imagen o lo que sea. Lo dicho: una mensajería luxury king-size. La herramienta encuentra su objetivo, el de comunicarse, funciona mejor que lo que había, y no hay más complicación. Cuando vuelven al Gtalk o al Messenger, se encuentran como en una regresión a un pasado triste y gris.

El problema es limitar la experiencia de Wave a eso (si no eres un quinceañero cuyo único objetivo para esa herramienta es la comunicación, me refiero). Si entras en Wave, haces cuatro chorradas, y pretendes opinar sobre ello, te perderás la verdadera miga del asunto. La que solo percibes cuando de verdad tienes que hacer algo que justifique el uso de Wave. En mi caso, y dado que mi única obsesión que me consume estos días es mi libro, la oportunidad llegó corrigiendo un capítulo con otra persona a la que había pedido opinión: fue crear el Wave, pegar el texto, y automáticamente empezar a colaborar en tiempo completamente real. Cada uno veía lo que el otro iba editando en un sitio, mientras en otro íbamos intercambiando opiniones sobre las intenciones de cada parte del texto, lo conveniente de sacar un tema u otro, o el nivel de extensión que queríamos en alguno de los temas. Eficiencia absoluta, experiencia galáctica: no existía ninguna herramienta a nuestra disposición anteriormente que nos hubiese permitido trabajar así, y cuando finalmente cerramos aquello tras una sesión muy productiva, sabíamos que habíamos entendido la utilidad de Wave. Y que a partir de ese momento, para muchas tareas que precisan trabajo coordinado y colaborativo, no queríamos otra cosa.

Para entender Wave puedes ver, por ejemplo, las cosas que empiezan a plantearse en las empresas integrando datos del ERP, en herramientas como Gravity. O leer a Dion Hinchcliffe, analista fino donde los haya, hablando de las implicaciones de Wave para la empresa. ESO es Wave, y no la reunión chorras que te has montado con cuatro amiguetes ahí dentro para poner textos en colorines y divertirse cambiando cada uno los textos del otro. Una plataforma completamente abierta, con un juego completo de protocolos de funcionamiento que convierten la interacción en tiempo real y la integración de datos en algo normal, en un “la norma es que funcione así y no quiero que funcione de otra manera”. Después de haber probado Wave con una cierta seriedad, entiendes que: uno, más te vale entenderlo y encontrarte cómodo manejándolo, porque pronto va a ser una pieza importante para el trabajo de mucha gente. Dos, que en breve podrás diferenciar perfectamente las empresas que trabajan así, frente a las empresas que siguen escribiendo documentos y enviándoselos unos a otros como ficheros adjuntos en un correo electrónico, o metidos en un prehistórico sobre de correo interno.

Wave es una plataforma, y hace lo que hacen las plataformas: integra y complementa, no sustituye. Aquí puedes mantener una reunión productiva, compartir todo tipo de datos, hacer unos presupuestos, discutirlos, y todo ello con sensación de “todo está a un clic de distancia”, de “voy tomando herramientas de una caja inmensa en la que hay de todo”. En cuanto las empresas empiecen a probarlo con cierto fundamento, y considerando que las barreras a la adopción son nulas, se convertirá en una herramienta con capacidad de redefinir muchos de los aspectos de nuestra comunicación y nuestro trabajo cotidianos. Tiene la capacidad de redefinir la forma en la que trabajamos. Pero eso, desde la óptica de quien lo analiza como si fuese “una mensajería con esteroides”, es difícil de entender, y lo será durante un cierto tiempo.

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11 noviembre 2009

Los trabajadores son más productivos si pueden usar Internet con libertad

nofacebookUn estudio de la Universidad de Melbourne lleva la contraria al análisis extremadamente simplista de Morse sobre la productividad de los trabajadores en relación con el uso de redes sociales: mientras el estudio de Morse se limitaba a multiplicar horas de uso por sueldo medio de un trabajador y a generar una cifra efectista para los titulares, el de la Universidad de Melbourne mide datos de productividad sobre una base de trescientos trabajadores de los que un 70% llevan habitualmente a cabo lo que se denomina WILB (Workplace Internet Leisure Browsing), y concluye que un tiempo de hasta aproximadamente el 20% invertido en utilizar Internet para propósitos ajenos al trabajo mejora la productividad hasta en un 9%.

La razón para esta mejora de productividad es simple y conocida: pequeñas pausas en el trabajo ayudan a mejorar la concentración. Los pequeños descansos mentales resultantes de cuestiones como refrescar la página en tu red social, actualizar Twitter, charlar un rato en mensajería instantánea, leer el periódico, ver un vídeo o hacer una compra permiten al cerebro descansar brevemente de su tarea habitual y volver a ella con concentración renovada. Por supuesto, como decíamos en la entrada anterior dedicada al tema, todo tiene sus límites: una cosa es el uso, y otra el abuso. Y en este caso, es importante advertir un tema interesante: el uso de redes sociales, en la mayoría de los casos, no es exclusivo. Un trabajador abre una ventana en su red social, la deja abierta en segundo plano, y simplemente acude a ella cada cierto tiempo y la refresca para ver si hay algo nuevo, a modo de “ventana al mundo”. Esas pausas, simplemente, le permiten mantenerse enterado de lo que pasa a su alrededor, más conectado con su mundo y sus amigos. Un sistema nervioso digital del que no resulta nada agradable que no tiene porqué impedirte trabajar, y del que te fastidia que te obliguen a salir.

La ubicuidad de las redes sociales y su importancia cada vez mayor en la vida de las personas produce un efecto interesante: las empresas gastan dinero en software y procedimientos para impedir el acceso de sus trabajadores a sitios como Facebook, y lo que consiguen en realidad con ello son trabajadores más desmotivados, que ven como se les impide el acceso a una conexión con personas y acontecimientos razonablemente importante en sus vidas, y que les lleva a relaciones profesionales basadas en la desconfianza y la represión, en las que predomina un escaso compromiso.

¿Quiere crear un clima de desconfianza, persecución y falta de compromiso? ¿Quiere ser considerado un lugar poco atractivo para trabajar? Ya sabe: haga caso de estudios sin fundamento, y dedíquese a perseguir fantasmas por la red corporativa. Nadie le dice que no controle el abuso, pero no restrinja el uso. Es simplemente una estupidez.

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Hablando sobre Oracle, Sun y la UE en Cinco Días

Ayer tuve la oportunidad de hablar y cruzarme un par de mensajes con Marimar Juménez, de Cinco Días, al hilo de las objeciones formuladas por las autoridades antimonopolio de la Comisión Europea a la adquisición de Sun por parte de Oracle. Hoy publica un artículo titulado “Bruselas pone objeciones a la compra de Sun por Oracle” (versión en pdf) en el que recoge gran parte de lo que comentamos.

El texto completo de mi mensaje, a continuación:

La mayor parte de las objeciones de la UE parecen centrarse en MySQL, afirmando que existen conflictos en el hecho de que Oracle sea el líder de las bases de datos con código propietario mientras que MySQL lo sea en las de código abierto. En la mente del regulador,  resulta poco adecuado que una sola empresa controle ambos mercados. Sin embargo, el análisis parece pecar de simplista: el hecho de que Oracle adquiera Sun, que a su vez había adquirido MySQL no significa que Oracle “controle” MySQL o que de alguna manera pueda “regir sus destinos”. En último término, MySQL es software de código abierto, lo que implica que las decisiones de Oracle se limitan a definir su grado de implicación y compromiso con el desarrollo de MySQL, pero no puede limitar éste, porque pertenece a la comunidad. Oracle no puede “cerrar” MySQL, ni dificultar su desarrollo – y de hecho, lo que ha anunciado es que invertirá para potenciar su desarrollo porque potenciar el mercado de esta base de datos favorece su estrategia de centrarse en la oferta de servicios – y si intentase de alguna manera hacerlo, se encontraría con la respuesta de la comunidad de desarrolladores, que la compañía simplemente no puede controlar. Oracle, por tanto, puede influir positivamente en el desarrollo de MySQL si inyecta fondos en el mismo como de hecho ha anunciado que va a hacer, pero no puede influir negativamente porque chocaría con la comunidad y con los principios básicos del open source.

Por otro lado, el perjuicio para la cartera de clientes y para la fuerza comercial de Sun es claro y evidente: justicia retrasada es justicia negada, y no parece adecuado, en un mercado tan dinámico como éste, mantener a una empresa en unas condiciones de incertidumbre tales que limiten su capacidad de competir. Es en este sentido, la respuesta del regulador debería ser considerada como prioritaria y urgente.

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10 noviembre 2009

Adiós, Bloglines?

bloglinesplumberSí, ya lo sé: debía ser seguramente el último usuario que quedaba en Bloglines. Era estéticamente una reliquia del pasado, y funcionalmente un desastre total que fallaba más que una escopeta de feria. Pero era el lector de feeds que llevaba utilizando desde que empecé a utilizar lectores de feeds en cliente web, y sobre todo, me retenía allí el que era donde tenía mi blog de fuentes, en el que almacenaba todas las noticias que me llamaban la atención en mi lectura diaria. Allí siguen todas desde el primer mes que empecé a hacerlo, nada menos que Septiembre de 2004.

Tener las noticias que has leído o que te han llamado la atención durante más de cinco años en un solo repositorio es muy cómodo: permite recurrir a ellas para documentar cosas (¿donde leí yo aquello sobre…?), vincularlas fácilmente, reenviarlas a quien te hace preguntas… De hecho, el blog de fuentes era una parte del blog, en la columna de la derecha, que recibía bastantes clics, a pesar del martirio que suponía usarlo: leer una noticia en su fuente original obligaba a pasar por una secuencia absurda de tres clics hasta llegar a ella. El blog de fuentes tenía algunos suscriptores, ciento y pico, pero mucho me temo que a estas alturas, los suscriptores de Bloglines eran en su gran mayoría simplemente cuentas zombies: usuarios que un día decidieron que ya estaba bien de problemas, y se fueron a otro sitio.

Eso es exactamente lo que hice hace unos días. Tenía cuenta en Google Reader desde que salió, pero me limitaba a usarla cuando hablaba de estos temas en clase o cuando fallaba Bloglines. Por un lado, me daba pereza dejar de alimentar el blog de fuentes. Por otro, me daba cierta pereza concentrar tantos servicios en un solo proveedor: en Google leo las noticias, administro mi correo, llevo mi agenda, monitorizo mi salud, las analíticas de mis páginas, y yo que sé cuántas cosas más… Pero finalmente, los fallos de Bloglines se convirtieron en la norma: feeds que dejaban de actualizarse, que se saturaban de golpe hasta el límite de doscientas noticias sin leer, problemas de acceso, o simplemente la evidencia de que el servicio no mejoraba ni incorporaba prestaciones nuevas. Todo el nuevo rango de prestaciones sociales, interesantísimas en un lector de noticias, estaba ausente en Bloglines. Al final, la sensación de que lo que realmente quería IAC, propietario de Bloglines tras su adquisición en Febrero de 2005, era que sus usuarios se fueran y dejasen de dar la lata para cerrar el servicio definitivamente. Un final muy triste que el pasado agosto ya anticipaba Michael Arrington en TechCrunch, y al que debí haber hecho caso mucho antes. En la web, la nostalgia y la inercia no son buenas consejeras.

La sección del blog de fuentes en la columna de la derecha y que recoge las últimas cinco noticias que he compartido en Google Reader ya envía directamente a la fuente original en un solo clic. Además, mi página de compartidos está aquí, y por supuesto te puedes suscribir a ella si eres usuario de Reader o de cualquier otro lector de feeds.

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09 noviembre 2009

Mis impresiones sobre el Kindle

kindleDiez días de uso intenso de un dispositivo permiten ya una perspectiva suficiente como para escribir sobre él. Desde el día 28 que llegó el Kindle a casa, he estado utilizándolo, llevándomelo para leer en ratos perdidos, comprando algunos, usándolo para mis propios archivos, probando la batería… Diagnóstico: encantado con él.

Comienzo, como en la entrada anterior, con las advertencias: mi decisión de comprar el Kindle estaba vinculada a mi forma de utilizarlo. Soy un feroz usuario de Amazon. A mi despacho llegan habitualmente paquetitos sonrientes con novedades que quiero leer habitualmente rápido. Y de lo que más me gusta de Amazon es, precisamente, lo bueno que es su sistema de recomendación: llevo muchos años alimentándolo no solo con compras, sino cualificando las recomendaciones con puntuaciones o cuando ya tengo el libro que me recomienda. De ahí que encuentre un gran valor en la distribución digital si proviene precisamente de mi librería favorita. Leo fundamentalmente novedades, en inglés, y sobre una temática concreta, razón por la que pensé que decidirme por el Kindle en lugar de otro lector podía ser una buena decisión. Y sinceramente, creo que no me equivoqué.

Tras diez días de uso, lo primero que se me viene a la cabeza es que hablamos de un dispositivo que casi tienes que hacer un ejercicio mental para recordar que es eléctrico. Hice una carga completa del Kindle el día que llegó, aunque venía relativamente cargado, y lo tuve que volver a recargar ayer por la noche, diez días después. La sensación de que el dispositivo en reposo no consume energía es como mínimo curiosa. Cierras la funda de cuero (por cierto, muy recomendable) cuando dejas de leer, y al cabo de un cierto tiempo sustituye tu página por un dibujo o fotografía de algún escritor, que cambia de vez en cuando supongo, pero no lo sé, que para evitar el efecto memoria en la pantalla. Eso es todo. Como el dispositivo únicamente consume en los refrescos de pantalla, el consumo es mínimo. No lo he apagado en ningún momento, en los aviones me he limitado a apagarle la conectividad (que puedes mantener apagada salvo cuando bajas algo, lo cual maximiza aun más la duración de batería).

La experiencia de comprar un libro es buenísima: te conectas, ves la selección, localizas lo que quieres, das un clic, y ya lo tienes. La tienda Kindle aún no tiene de todo, en alguna ocasión me he encontrado libros que quería y no pude adquirir, y por supuesto, el inventario en español es bastante deficiente. El precio de los libros desde España está en torno a los $13, unos €8.7, al que no soy en absoluto sensible: estoy acostumbrado a pagar más por mis libros, y bastante más si les añado los gastos de envío.

La experiencia de lectura, perfecta. La pantalla no cansa nada, es exactamente igual que un papel. Cambias el tamaño de letra sin problemas, marcas las páginas, y lo mejor, tomas notas o marcas partes del libro – algo que yo hago muchísimo en mi esquema de lectura en papel, con frases que quiero reutilizar, recordar, etc. – con absoluta facilidad. El control para marcar un texto es único: haces clic, te desplazas, otro clic para terminar, y listo. Para lo que hago con él, leer libros en los que prácticamente solo hay texto, la pantalla tiene un tamaño perfecto: si usas muchos diagramas o libros ilustrados, puedo entender que te apetezca más su primo mayor, el Kindle DX, que todavía no está en versión internacional, pero a mí, la verdad, me llega perfectamente con este tamaño.

Los controles son cómodos y simples, no tienen pérdida (salvo que los usuarios de iPhone tienden a intentar usar la pantalla como si fuera táctil, cosa que evidentemente no es). Los mandos para pasar página atrás y adelante están ubicados cómodamente, y el teclado no estorba especialmente. El refresco de pantalla es completamente espartano, nada de efectos, simplemente se va una página y viene otra, sin más: hay que ahorrar batería.

Curiosa y futurista la opción de lectura: una voz sintetizada muy bien conseguida, que te va leyendo las páginas y pasándolas solo al ritmo preciso. Es una sintetización de voz a partir el texto escrito, lo que hace que funcione con libros, pero también con cualquier pdf, lógicamente en inglés. Se conecta y desconecta con una simple combinación de teclas. No he intentado acostumbrarme a ello por el momento, pero la posibilidad de usar el Kindle como lector con cascos puede llegar a ser interesante para según qué situaciones.

El cable de alimentación, en un detalle manifiestamente mejorable, viene con enchufe norteamericano de clavijas planas. Afortunadamente, en mi casa no faltan conversores (solo es preciso cambiar la forma de la clavija, el voltaje de 220 funciona perfectamente) pero resulta incómodo. El cable es además desenchufable del adaptador de pared – imagino que pronto estará disponible el adaptador de enchufe español – y termina en una clavija USB, con la que se puede enchufar el Kindle al ordenador. Al enchufarlo, se identifica como una unidad de almacenamiento, y puede también cargarse. Para gestionar archivos en otros formatos – libros descargados de otros sitios o pdf de todo tipo – utilicé Calibre: gratuito, sencillo, y disponible tanto en OS X como en Linux o Windows (gracias, Eduardo). Identificó el dispositivo a la primera, me pidió que configurase mi cuenta de correo para enviar al Kindle (no he usado el envío por correo elecrtónico, me los he pasado siempre a través del cable), y complejidad cero: arrastras los pdf o los libros en el formato que sea a tu estantería virtual, y de ellos, los que quieras al dispositivo. Cuando es necesario, el programa te propone la conversión, y por el momento, lo ha hecho perfectamente bien en todos los casos. ¿Dispositivo cerrado? No me lo ha parecido: yo estoy leyendo en él lo que me da la gana sin ningún problema ni coste adicional.

Una experiencia, en resumen, perfectamente adaptada a lo que esperaba. Nulos problemas de interconectividad o de formatos, todo funciona perfectamente a la primera sin complicaciones, y tengo las novedades de Amazon en la mano en lo que me lleva hacer un clic, sin que me complique llevarme los pdf que quiera o libros en otros formatos. Para mí, prueba más que superada.

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08 noviembre 2009

Twitter y el efecto recomendación

twittercounter-edansLa gráfica de la izquierda (visión dinámica en TwitterCounter) muestra la evolución de mis seguidores en Twitter a lo largo del último mes: una línea relativamente estable, con un crecimiento suave y sostenido que ha sido así durante muchos meses. Hasta que el día 3 de noviembre se anunció Twitter en español, que incluía una nueva página con una lista de usuarios recomendados entre los cuales estaba yo (la lista es dinámica, solo te ofrece personas que no sigues. Si ya me sigues, no me verás en ella). Desde ese día, el crecimiento se disparó: 2.386 nuevos seguidores el primer día, 828 el segundo, 2.229 el tercero, y 3.014 el cuarto (es decir, ayer). De los nueve mil y pico seguidores que tenía el día 2, he pasado a unos dieciocho mil, y por el momento, sigue subiendo a gran velocidad.

Por el momento, el efecto de tan rápido crecimiento en mi uso de Twitter es más bien escaso: el grueso de los nuevos usuarios son nuevos en la aplicación, tienen por lo general pocos contactos, tienden a hacer clic en mis enlaces mucho menos que los usuarios habituales, y utilizan poco la función de respuesta. Es conveniente saber que mi uso de Twitter en esta temporada es notablemente menos intenso que el que desarrollo normalmente: estoy actualmente en la última fase de escritura de un libro, intento pasar en casa el mayor tiempo posible, y poner en Twitter lo que estoy haciendo sería una sucesión de “Estoy en casa, escribiendo” que no tendría mucho sentido. Por tanto, tiendo a poner en Twitter noticias que leo, cosas que me parecen interesantes o comentarios que me pasan por la cabeza, pero respondo mucho menos a la pregunta de “¿Qué estás haciendo?”. El efecto de este nuevo patrón de uso es muy claro: se incrementa en un factor muy elevado el número de retweets, que puede interpretarse como una medida de relevancia (lógicamente, el que yo haga A o vaya a B carece generalmente de relevancia salvo para mis amigos y conocidos, mientras que el que señale una noticia, un chiste, etc. puede en ocasiones tener una importancia mayor para un colectivo más amplio de personas).

La evolución natural, teniendo en cuenta las sensaciones que provoca Twitter al principio, será que un cierto porcentaje de las nuevas incorporaciones a Twitter simplemente lo utilicen unos días, no encuentren nada que llame especialmente su atención, y lo abandonen. Otros, tras añadir a algunos de los usuarios recomendados, empezarán a seguir a sus amigos y conocidos, momento en el que Twitter comenzará para ellos a dotarse de sentido: mi percepción de Twitter es la de una herramienta completamente bidireccional, que incrementa el grado de proximidad que las personas sienten con aquellos que tienen en su timeline. Usarla para seguir a personas que no conoces puede ser interesante, pero si éstas no aparecen en tu Twitter junto con otras personas que te importen de verdad, acaba aburriendo.

Twitter es una herramienta pensada para un uso casi constante: puedes dejarla en una pestaña de tu navegador y actualizarla a mano, o usar alguna de las muchas aplicaciones que lo monitorizan cada cierto tiempo en el ordenador o en el móvil, pero si tu timeline se reduce a las actualizaciones de personas con las que no te une una relación directa, te acabará resultando aburrido relativamente rápido. Si solo lo ves cuando entras a propósito en Twitter, lees y lo cierras, tampoco te funcionará. Para que Twitter te enganche, tienes, en mi opinión, que seguir a personas que realmente conozcas, cuyas actualizaciones te interesen porque son tus amigos y conocidos, con las que establezcas conversaciones habituales. Hasta hace poco, Twitter era un ecosistema relativamente homogéneo: predominaban personas con interés en la tecnología y con cierta vidilla en la web. Un nuevo usuario, si no cumplía con ese perfil, podía tener complicado encontrar a sus contactos habituales. Ahora, con la versión en español funcionando y un crecimiento muy elevado, las posibilidades de encontrar amigos y conocidos se incrementan notablemente, lo que posiblemente lleve a un porcentaje superior de adopción tras la apertura de la cuenta (o recíprocamente, a un porcentaje de abandono menor).

En cualquier caso, la experiencia está siendo muy interesante, sobre todo para alguien como yo que se dedica a estudiar estas cosas. A mis nuevos seguidores, que mañana ya superarán en número a los que tenía antes del día 3, decirles que mi forma de usar Twitter es la siguiente: sigo a muy pocas personas, normalmente con el requisito de conocerlas personalmente y que mantengan una cierta actividad contando cosas que me resultan interesantes. Me considero incapaz de tener en mi timeline a más de sesenta o setenta personas: a partir de ahí, me saturo y simplemente no veo nada. Suelo contestar a la mayoría de las personas que se dirigen a mí a través de Twitter, a no ser que hayan pasado varias horas y me dé la impresión de que la contestación ya está descontextualizada, pero debido a la fuerte asimetría, contesto normalmente mediante mensaje directo, salvo que considere que la respuesta tiene de algún modo interés general. Esto lleva, en muchos casos, a que la persona a la que contesto no pueda usar la misma vía: si yo no sigo a esa persona, el sistema no le permite enviarme un mensaje directo. Para evitar esa sensación desagradable de “Enrique me envía un mensaje directo pero no me deja que se los envíe yo”, estoy pensando en cambiar la fórmula: posiblemente empiece a seguir recíprocamente a todos mis seguidores para darles la posibilidad de recurrir al mensaje directo, pero agrupe en una lista a aquellos que conforman mi timeline actual, que así seguirían siendo los que vería habitualmente. Pero aún estoy dándole forma a esa alternativa y viendo como funcionaría con los dispositivos y aplicaciones que uso todos los días.

La verdad, no sé si las cosas que cuento en Twitter son suficientemente interesantes como para tener una cantidad de seguidores tan elevada. No soy un “famoso”, sino un simple profesor de una escuela de negocios que estudia los cambios que la tecnología provoca en personas y empresas. Tampoco soy “la alegría de la huerta”: no creo tener una vida especialmente divertida o interesante (soy más bien hogareño, aunque acabe viajando bastante a lo largo del año). De mi Twitter te puedes esperar una frecuencia de actualización media de entre seis y diez veces al día (esta temporada algo menos), en las que cuento las cosas que hago, donde voy, temas de los que escribo, noticias que leo o veo… Lógicamente, un predominio de temas relacionados con la tecnología y sus efectos, y con la actividad de un profesor con cierta exposición en medios. No “colecciono” seguidores, no compito con nadie por el número de seguidores, y no me siento más o menos importante o especial por el hecho de tener muchos o pocos. Soy un experimentador constante: si me sigues, verás que en muchas ocasiones hago pruebas y las monitorizo. Mido qué enlaces reciben más tráfico, intento aislar de qué factores depende, entender el funcionamiento de este tipo de comunidades… Considero Twitter un canal de comunicación, y llevo muchos años estudiando los canales de comunicación. Si decides quedarte y ayudarme a ello, encantado de tenerte por aquí.

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