13 octubre 2012

La guerra de la impresión tridimensional

El cubo tridimensional mutante de la película “Super 8“, escrita y dirigida por J. J. Abrams y producida por Steven Spielberg, se convirtió el pasado junio de 2011 en el primer protagonista de la incipiente “guerra de la impresión tridimensional”: un ingeniero mecánico de Baltimore, Todd Blatt, recibió un requerimiento de cease and desist de Paramount Pictures por ofrecer en una página web réplicas del objeto realizadas con una impresora tridimensional.

Desde entonces, la polémica que en su momento comentamos que dejaría muy pequeña a la de las descargas de música y películas no ha dejado de avanzar. Las primeras referencias que conozco del tema en el ámbito académico provienen del director del Center for Bits and Atoms del MIT, Neil Gershenfeld, en su cada vez más recomendable libro “Fab“: un futuro en el que los progresivos y rápidos avances en la tecnología de impresión de objetos físicos y la circulación incontrolable a través de la red de planos de fabricación hacía que cualquiera pudiese imprimir cómodamente en su casa cualquier tipo de objeto o combinación de ellos.

Pero las hipótesis aventuradas en el libro no han parado de materializarse, a una velocidad insospechada: en enero de 2012, The Pirate Bay anunció una sección dedicada a lo que llamaron Physibles, una página que a día de hoy tiene unos sesenta registros de planos de objetos de todo tipo imprimibles en impresoras tridimensionales domésticas, desde la cabeza de Mark Zuckerberg hasta la máscara de Anonymous registrada por Warner Bros., pasando por ideas de todo tipo y condición. Los avances en el diseño y desarrollo de impresoras tridimensionales han llevado al éxito de varios proyectos desde la artesanal y moderadamente popular Replicator de Makerbot ($1.749), hasta su sucesora, la Replicator 2 ($2.199) con un aspecto infinitamente más pulido, o la llamada ”nueva generación” de impresión tridimensional con mucha mejor resolución, con proyectos como esa Form 1 de Formlabs ($2.000) que, desde su petición original de $100.000 en Kickstarter, lleva recaudados casi dos millones de dólares a falta de trece días para el final de la fase de financiación. Realmente, la impresión tridimensional no parece resultar en absoluto complicada, más bien algo al alcance de cualquiera con suficiente incentivo y afición. En estas condiciones, parece que, a medida que nos acercamos a la madurez de la impresión tridimensional, estamos abocados a un futuro en el que casi cualquier persona podría querer tener una impresora tridimensional en su casa. O tal vez no.

Con este desarrollo, era de esperar que empezasen a aparecer recelos y dilemas interesantes. Por un lado, surge la polémica en torno a la posibilidad de imprimir modelos funcionales de armas de fuego: un colectivo que había anunciado su intención de distribuir instrucciones sobre cómo imprimir una pistola ve como el fabricante de la impresora tridimensional que utilizaban en régimen de alquiler aparece en su sede y les retira la máquina diciendo que no puede ser utilizada para actividades ilegales (fabricar un arma de fuego es legal en los Estados Unidos sin necesidad de ningún tipo de licencia). Por otro, vemos aparecer el primer caso de DRM aplicado al ámbito de la impresión tridimensional: una petición de registro de patente pretende que las impresoras tridimensionales estén obligadas en el futuro a contrastar las peticiones de impresión contra una base de datos de objetos protegidos por propiedad intelectual o por otros motivos. Cada vez que nos dirigiésemos a nuestra impresora tridimensional y le diésemos las instrucciones para imprimir algo, ésta se conectaría a dicha base de datos, comprobaría que la pieza en cuestión no está registrada por ningún fabricante interesado en impedir su fabricación, y solo tras dicha comprobación procedería a ponerse en marcha. Obviamente, nada por el momento obligaría a los fabricantes de impresoras tridimensionales a adoptar un procedimiento que, lógicamente, disminuiría enormemente el atractivo de su oferta de productos, pero habría que ver qué pasa cuando dichos fabricantes se encuentren la presión del lobby de turno y las nuevas leyes dictadas al respecto por los políticos.

Realmente, un tema para pensar. La aparición de una tecnología que permite convertir un objeto físico en un conjunto de bits que pueden ser usados para recrear fácilmente dicho objeto está llamada a cambiar muchas, muchas cosas. Y, sin duda, también llamada a ayudar a que vayamos entendiendo muchos contrasentidos.



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12 octubre 2012

Matar al libro de texto, mi columna en Expansión

Mi columna de Expansión de esta semana se titula “Matar al libro de texto“, y está provocada por el tweet que Marina Marco me envió hace un par de días con una imagen capturada del libro de texto de Lengua de 4º de Primaria de su hija, publicado por la editorial Anaya, en la que se adoctrinaba de manera burda a los niños mezclando torticeramente conceptos como el secuestro de aviones y barcos con las descargas en la red de obras sujetas a propiedad intelectual.

El espacio que tengo en Expansión no es excesivo – exactamente trescientas veinte palabras – y no permite exponer un tema con demasiados detalles, pero el argumento de eliminación de los libros de texto en la educación es completamente serio: en el escenario tecnológico en que vivimos, educar a los niños haciéndoles creer que el conocimiento que necesitan está empaquetado y contenido en un libro es sencillamente irresponsable. Lo que tendrían que estar aprendiendo nuestros hijos es que el conocimiento está en la red, y dedicar los esfuerzos de los profesores del resto de las asignaturas a enseñarles a moverse en esa red, a localizar ese conocimiento, a filtrarlo con los criterios adecuados, a validarlo, a utilizarlo, a construir sobre él, a comentarlo y a compartirlo.

De hecho, los niños en 4º de Primaria ya saben que el conocimiento está en la red, y la metodología asociada al libro de texto, además de empobrecerles, les aburre poderosamente, además de ser injustificablemente cara, de suponer un peso importante en las mochilas que llevan a la espalda, y de servir, como hemos podido constatar claramente, como vehículo para el lavado de cerebro y el adoctrinamiento. En el fondo, no estamos haciendo más que sostener el negocio de una serie de editoriales que, con técnicas puramente mafiosas, consigue que los colegios obliguen a los padres a adquirir unos libros de texto y a cambiarlos obligatoriamente cada año con el pretexto de leves actualizaciones. El libro de texto y la metodología asociada al mismo, en nuestros días, no solo es que no sea adecuada, es que es directamente perjudicial. Dediquemos los esfuerzos necesarios a la alfabetización digital y metodológica de los profesores, y hagamos que nuestros hijos aprendan a utilizar el recurso educativo más potente que tienen a su alcance, junto con los métodos que necesitarán para sacarle partido.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Matar al libro de texto

Hace unos días, una lectora me enviaba una foto del libro de texto de su hija de 4º de Primaria, con un párrafo que era una tendenciosa manipulación de los conceptos de propiedad intelectual. Nada especialmente novedoso: desde hace muchos años, los libros de texto son formas más o menos sutiles de manipulación en manos de editoriales con una agenda determinada, que los colegios escogen en muchos casos en función de su orientación.

Pero además de facilitar la manipulación y de ser caro, el libro tiene otro problema: que el mero concepto de que "el conocimiento de una asignatura se encuentra empaquetado en un libro" es, a día de hoy, radicalmente arcaico. El conocimiento, y los niños lo saben bien, está en la red. Y no se trata de convertir el libro de texto de papel en electrónico, ni de rodearlo de vistosos y animados contenidos multimedia. Lo que hay que hacer es matar al libro de texto.

Lo que necesitamos, cada día más, son profesores que enseñen a los niños a moverse en la red. A buscar recursos, a filtrarlos, a escogerlos, a identificar y descartar lo malo, a compartir lo bueno, a comentarlos, a remezclarlos… a todo eso que, de paso que acceden a los conocimientos, les enseña a manejar información en los formatos en los que la van a usar en su vida adulta. El libro de texto se aferra a una realidad que ya no existe: nuestros hijos no van a encontrar el conocimiento en una sola fuente. El mundo ya no es así. Prepararlos para el futuro no es hacer que memoricen un libro, sino que aprendan a manejar recursos en la red.

Cuando piense en la educación de sus hijos, pida a su colegio y a sus profesores que les enseñen a moverse en el mundo de hoy. Por su bien, pida más red y menos libros de texto.



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11 octubre 2012

¿Cómo se puede ser tan sin-ver-güen-za?

Marina Marco me envió ayer por la noche a través de Twitter una fotografía de una página del libro de 4º de Primaria de su hija, de la editorial Anaya, con un párrafo marcado que llamaba poderosamente la atención, y que de manera burda, irresponsable y radicalmente manipuladora pretende homologar “los secuestros de barcos o aviones” con la mal llamada “piratería” de obras sujetas a derechos de autor.

¿Cómo de sinvergüenza puede llegar a ser una editorial cuando intenta mantener su modelo de negocio? ¿Cuánto de bajo se puede caer por un interés económico? Ahora lo sabemos: hasta el punto de dedicarse a manipular a niños de Primaria para intentar imbuirles en su cabeza ideas absurdas y deformes que solo les interesan a ellos. Mentir a niños para homologar a criminales que secuestran o roban aviones y barcos con personas que simplemente hacen clic y descargan un archivo (conmigo, por ejemplo, y con bastantes personas más que conozco) y que simplemente responden a la incapacidad de adaptarse de una industria es una manipulación que debería ser denunciable.

Libros caros, con demanda artificial sujeta a cambios para evitar su reutilización, y que además se dedican a manipular a nuestros hijos. El libro de texto ha sido utilizado en muchas ocasiones en la historia para intentar manipular a los niños con agendas de diversos tipos. Que sea la propia editorial la que impone su agenda en función de sus intereses es otro argumento más para intentar mejorar la educación haciendo lo que desde hace tiempo teníamos que haber hecho: eliminando el libro de texto.

Mañana más.



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10 octubre 2012

Privacidad, abusos y reacciones (sobre Silent Circle y armas que se imprimen)

Llevamos cierto tiempo hablando acerca de la pérdida de privacidad y, fundamentalmente, de dos de sus vertientes: el uso de nuestra información personal por parte de empresas, y la vigilancia por parte de gobiernos. El segundo caso, la construcción de sistemas de monitorización y control de la actividad de los ciudadanos por parte no solo de regímenes totalitarios, sino de gobiernos de todo tipo con pretextos variados, acaba de encontrarse con un serio obstáculo.

Silent Circle es la última creación de Phil Zimmermann, uno de esos nombres absolutamente míticos en el ámbito de la seguridad y la criptografía. Creador de Pretty Good Privacy, el programa de cifrado de correos electrónicos más utilizado en el mundo, Phil fue objeto de una investigación criminal de más de tres años por parte del Gobierno de los Estados Unidos por supuestamente violar la Arms Export Control Act por haber liberado el programa en la red.

Ahora, Phil ha constituido una empresa fuera de los Estados Unidos, ha reunido a un plantel de programadores y ex-militares expertos en seguridad (y un perro, Sullivan, como Director of Vision :-) y ha puesto el foco en las comunicaciones a través del móvil, una de las herramientas más amenazadas por sistemas de vigilancia y espionaje de todo tipo. A cambio de $20 al mes, la empresa proporciona un servicio de uso sencillísimo y al alcance de cualquiera para hacer un número ilimitado de llamadas, videoconferencias, mensajería de texto, correos electrónicos y almacenamiento. La declaración de principios es clarísima:

We DO NOT have the ability to decrypt your communications across our network and nor will anyone else – ever. Silent Phone, Silent Text and Silent Eyes all use peer-to-peer technology and erase the session keys from your device once the call or text is finished. Our servers don't hold the keys… you do. Our secure encryption keeps unauthorized people from understanding your transmissions. It keeps criminals, governments, business rivals, neighbors and identity thieves from stealing your data and from destroying your personal or corporate privacy. There are no back doors, nor will there ever be.

(NO tenemos la capacidad de descifrar sus comunicaciones a través de nuestra red, y tampoco la tendrá nadie – nunca. Tanto Silent Phone como Silent Text y Silent Eyes utilizan tecnología peer-to-peer y borran las claves de la sesión del dispositivo una vez que la llamada o el texto finalizan. Nuestros servidores no tienen las llaves… las tienes tú. Nuestro cifrado seguro evita que las personas no autorizadas puedan descifrar tus transmisiones. Evita que criminales, gobiernos, rivales, vecinos o ladrones de identidad roben tus datos o destruyan tu privacidad personal o corporativa. No hay puertas traseras, ni las habrá nunca.)

El servicio se lanza en cinco días, el próximo 15 de octubre, y ofrecerá modalidades de suscripción a varios paquetes de servicios, e incluso una opción de prepago (Ronin card) para evitar dejar huellas.

Las reflexiones y polémicas sobre la posibilidad de que un servicio así pueda ser utilizado por “los buenos” para protegerse, pero también por “los malos” para atacar corresponden a un terreno interesantísimo en la historia de los avances tecnológicos, y deben plantearse siempre en términos que empiezan con “las herramientas no son buenas o malas, ese calificativo corresponde al uso que hagamos de ellas”. Exactamente igual que podemos discutir sobre el hecho de que la disponibilidad cada vez mayor de impresoras tridimensionales de alta calidad puedan permitir que cualquiera, sin supervisión posible dado que no puedes poner un policía en cada casa, se construya en su casa un arma de fuego, independientemente de lo que la regulación al respecto pueda decir. Más intentos de control no hacen sino elevar los incentivos.

La tecnología es apasionante.



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09 octubre 2012

Probando las analíticas de Twitter

Hoy, al desplegar el menú de configuración de Twitter, me llamó la atención una opción nueva que posiblemente llevaba tiempo allí, pero en la que no me había fijado: Analytics. El anuncio de la herramienta se hizo el pasado 13 de septiembre en el blog de desarrolladores de la compañía especificando que el despliegue de la misma se haría de modo gradual a lo largo de las próximas semanas, e ignoro los detalles y criterios del mismo.

Las analíticas provienen de la integración de las funciones de Backtype, una adquisición que fue anunciada en julio de 2011: son analíticas sencillas, pero interesantes a la hora de entender las dinámicas de Twitter como medio.

Tres pantallas: la inicial muestra la actividad de nuestro timeline, con un gráfico de barras en la parte superior que recoge la actividad de menciones y de follows/unfollows del último mes y, bajo el mismo, un listado con carga progresiva de nuestros tweets recientes con su número de favoritos, de retweets y de respuestas. En la segunda pantalla, Followers, aparece otro gráfico en el que se muestra la evolución del número de seguidores desde el inicio de la cuenta, seguida de datos sobre sus intereses, engagement (porcentaje de ellos que te han retuiteado alguna vez), país, ciudad, sexo y otras personas a las que siguen. Las tablas y gráficos son interactivos, puedes hacer clic en cualquiera de ellos y ver el reparto en el resto, lo que permite una contextualización francamente útil y algunos análisis interesantes. La tercera pantalla, websites, permite monitorizar la actividad de las páginas en las que insertes un código de control, y ver el número de tweets originados desde las mismas (a través del botón Tweet o de otros procedimientos) con un rango máximo que se extiende hasta los últimos noventa días (por defecto presenta los últimos catorce), seguida de un listado de todos esos tweets (o solo los Top si se prefiere) y, de nuevo, sus datos de número de veces que han sido marcados como favoritos, retweeteados o respondidos.

Lo dicho: analíticas de presentación sencilla, pero suficientemente potentes como para hacerse una idea muy adecuada de evolución y actividad de una cuenta.



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08 octubre 2012

Tracking, publicidad y miedos

Un estudio llevado a cabo en el Berkeley Center for Law and Technology, titulado “Privacy and modern advertising: most US internet users want ‘Do Not Track’ to stop collection of data about their online activities“ que he visto hoy reseñado hoy en el New York Times muestra claramente la aversión de los consumidores norteamericanos ante el seguimiento de sus actividades en la red para administrarles publicidad segmentada.

Una gran mayoría de consumidores no solo se opone a la recolección de información por parte de los servicios y páginas web, sino que además cree estar protegido por una legislación más estricta sobre privacidad, y en la mayoría de los casos no ha oído hablar nunca de la iniciativa “Do Not Track“, que pretende avanzar hacia un mayor respeto de la misma.

La iniciativa “Do Not Track” está viviendo una evolución y tramitación sumamente complejas. Diseñada originalmente como un sistema para permitir al usuario establecer sus preferencias de privacidad y decidir, por ejemplo, que no quiere ser objeto de seguimiento en un sitio determinado o en todos ellos, la realidad es que, a pesar de su creciente implantación en los navegadores, no existe acuerdo, en ausencia de legislación al respecto, sobre hasta qué punto las páginas y servicios web están obligados a respetar esta preferencia del usuario, lo que puede invalidar en gran medida su propuesta de valor. El agresivo paso de Microsoft de preseleccionar la opción “Do Not Track” por defecto en su navegador ha añadido más elementos a esta discusión, al suponer una peligrosa amenaza para aquellos servicios y páginas web que viven precisamente de administrar una publicidad más segmentada a unos precios consecuentemente más elevados.

La publicidad segmentada es, teóricamente, una de las grandes ventajas de la red. Frente a anuncios en medios masivos que tratan a todos los consumidores como una masa indiferenciada y que pueden, a lo sumo, segmentar en función de franja horaria o de los contenidos de los programas en cuyas pausas se insertan los anuncios, la idea de la publicidad en internet se aproxima más a la administración de publicidad a aquellas personas que han demostrado estar interesadas en ella, o que tienen mayores posibilidades de estarlo. El desarrollo de mecanismos de tracking cada vez más sofisticados, el uso de redes sociales y otros servicios en los que el usuario navega permanentemente identificado, o la mejora constante de sistemas como los filtros colaborativos llevan a que la idea de una publicidad más afín a los intereses del usuario – y supuestamente, por tanto, percibida como más útil y eficiente – se aproxime más a la realidad.

Los ejemplos son sencillos: ante la perspectiva de consumir contenidos durante una hora, mientras la televisión matinal nos ofrece anuncios de pegamento para dentaduras postizas, compresas para pérdidas de orina y artículos similares pensados para un público mayoritariamente de edad avanzada, la web podría ofrecernos cualquier anuncio individualmente administrado en función de nuestros intereses o de nuestras características sociodemográficas. ¿Quién preferiría lo primero – claro desenfoque con el target, cliente aburrido e impacto desperdiciado – frente a lo segundo? Pero si hablamos de que la percepción de lo segundo es claramente negativa, y que la mayoría de los usuarios, en realidad, ven esta posibilidad como un uso literal de la metáfora más comúnmente utilizada para describirla, la del francotirador, la cosa cambia. A nadie le gusta imaginarse en el punto de mira de un arma cargada.

El estudio de Berkeley viene a demostrar precisamente esto, y a poner por tanto en cuestión la viabilidad de todo un modelo de negocio en la web. La razón no es otra, desde mi punto de vista, que la evolución del concepto de privacidad. Recordemos la teoría que ve a la privacidad como “una anomalía histórica” en la evolución de las sociedades humanas: durante la mayor parte de la historia humana, las personas han vivido en pequeñas tribus con privacidad prácticamente inexistente, donde todo lo que hacían era sabido por todos sus conocidos. La privacidad surge cuando el crecimiento de esos núcleos y los procesos migratorios congregan a más personas en nuestro entorno cercano de lo que nuestro ancho de banda mental puede procesar, creando una situación de anonimato. Con el desarrollo de la tecnología, nos estamos volviendo una aldea global. Simplemente leer en el buzón el nombre de un vecino nuevo nos permite, tras tres o cuatro búsquedas en la red, saber muchas cosas de él. Así, la privacidad va evolucionando para recuperar su carácter de anomalía.

¿Dónde surge la disonancia? Sencillamente, de que tras muchas generaciones desarrollando el concepto de privacidad y en un entorno en el que ésta se daba por supuesta y se reconocía como un derecho, la mayoría de las personas se sienten más cómodas así. Y la idea no refleja necesariamente un atavismo, sino que el estar “protegidos por el anonimato” o “mezclados con la multitud” resulta socialmente más aceptable que la de la “individualidad desnuda”. Los posibles beneficios que pudiesen provenir de dicha individualidad – contenidos publicitarios más adecuados a nuestros intereses, mejor administración de nuestro tiempo de atención, etc. – son rechazados y cuestionados. Si además añadimos una percepción generalizada de que “la publicidad no sirve para nada porque pocas veces hago clic en ella”, parece claro que lo que se pone en un extremo de la balanza no es suficiente como para determinar un cambio de actitud, más allá del que parece estar surgiendo por deriva generacional (las generaciones más jóvenes, sometidas desde su infancia a un entorno exhaustivo en información, parecen no valorar la privacidad de la misma manera, aunque esto podría evolucionar a medida que crecen). La reciente discusión sobre la eficiencia de la publicidad en Facebook, que viene a afirmar que en realidad son iguales que la televisión y que su eficiencia no se basa en el clickthrough sino en la mera visualización de los mismos, marca un cambio en la forma en la que la red social presenta su propuesta de valor, y podría estar en gran medida influenciada por estas evidencias.

Una deriva hacia una web mucho más respetuosa con la privacidad, en la que los usuarios únicamente decidiesen permitir la recolección de información en unos pocos sitios específicos que les ofrecen una propuesta de valor sólida a cambio, o en ningún sitio  por defecto, pondría en peligro el modelo de negocio de muchísimas páginas y servicios web. Pero estudios como el que hoy comentamos pueden, precisamente, estar señalando eso: que la evolución de los conceptos relacionados con la privacidad está siendo mucho más lenta de lo que se esperaba, que como mucho – y no está completamente claro – hablaríamos de una deriva generacional, y que, por tanto, muchos negocios podrían haberse adelantado en más de una década. O bien que tendrían que variar sus planteamientos y revisar su propuesta de valor de manera drástica para ser considerados aceptables.

A relativamente corto plazo, vamos a ver cuánto de lo que dice el estudio es realidad: si “Do Not Track” es adoptado de manera masiva y generalizada por unos usuarios ávidos de más privacidad, las páginas web que pretendan no honrar dichas preferencias van a tener un serio problema, y ello podría determinar una crisis en su modelo de ingresos al no poder ofrecer a los anunciantes el francotirador que prometían. Por otro lado, queda un capítulo más, del que hemos hablado a menudo: si esa privacidad defendida por los usuarios para sus relaciones comerciales es infringida completa y sistemáticamente por los gobiernos para defender una (supuesta) mayor seguridad y, en realidad, para satisfacer unos deseos desmesurados de control, no tengo nada claro que el mundo que pintamos con ese pincel vaya a gustarnos demasiado.



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07 octubre 2012

Hablando sobre el aniversario de Steve Jobs, en La Vanguardia

Francesc Bracero, de La Vanguardia, me llamó para hablar del aniversario del fallecimiento de Steve Jobs, y de la evolución de Apple durante este año sin su figura. Hoy lo publica en La Vanguardia bajo el título “Un año sin el gran inspirador” (pdf).

Mi opinión sobre el tema es que, siendo Steve Jobs indudablemente un genio al que recordaremos toda la vida (muy recomendable en ese sentido la reflexión de Mat Honan en Wired, “Why we’ll never stop talking about Steve Jobs“), la compañía lo ha hecho fantásticamente bien sin él. No comparto para nada las reflexiones del tipo “con Jobs esto no habría pasado” o “todo esto aún viene de Jobs y ahora cuando se les acabe les va a ir mal”: la planificación y desarrollo de la sucesión de Steve Jobs en Apple me parece uno de los episodios más brillantes de la historia del management en las corporaciones.

Obviamente, contribuyó muchísimo a ello tanto el hecho de tomar conciencia con prácticamente un año de antelación de la inevitabilidad del desenlace, como la particular personalidad de Jobs, que enfocó el proceso con una frase para mí clave: “no os planteéis qué decisiones habría tomado yo, simplemente tomad las decisiones correctas”. Así, a lo largo de este año, hemos visto como la compañía tomaba decisiones, como la de repartir dividendos, que iban claramente en contra de lo que Jobs había expresado en vida, pero no ha dudado en hacerlo al juzgar que o bien las circunstancias habían cambiado, o bien era el momento adecuado para hacerlo.

Otras decisiones que han sido muy criticadas, como poner Maps en el mercado como aplicación todavía con problemas de calidad, no representan en realidad un alejamiento del mítico perfeccionismo de Jobs (que, no lo olvidemos, también protagonizó episodios similares con otras aplicaciones y productos): con los mapas hablamos de una aplicación que precisa estar funcionando y con usuarios activos para poder ser mejorada adecuadamente, pero sobre todo, que representaba un problema estratégico de primer nivel que la compañía debía resolver con urgencia: cada minuto sin mapas propios era un minuto de ventaja y de aporte económico para su principal competidor.

“Las predicciones son difíciles, especialmente sobre el futuro” (frase atribuida a Niels Bohr, quien por cierto cumpliría hoy 117 años), pero mi impresión es que el hecho de que Apple pueda mantener su impresionante evolución en el futuro no depende especialmente del hecho de que Steve Jobs no esté.  Su salida de la compañía en 1985 fue en efecto catastrófica, pero también radicalmente diferente en sus circunstancias, y el mítico proceso de reinvención de productos como el reproductor MP3, el teléfono móvil o el tablet para dar lugar al iPod, el iPhone o el iPad no era, como tal, un resultado exclusivo del pensamiento de una persona, aunque pudiese estar notablemente potenciado por su estilo personal y directivo. Mi impresión es que muchos de los procesos que propiciaban esas reinvenciones pueden haber sobrevivido a Jobs gracias a una transición modélica. El hecho de que este último año no hayamos visto ningún producto nuevo como tal, sino mejoras incrementales de los ya existentes me parece escasa evidencia como para aventurar que la compañía sin Jobs carece de genialidad, entre otras cosas porque el transcurso de ese año aún no la aleja para nada del ratio de frecuencia de lanzamiento de nuevos productos que Apple mantuvo durante la última etapa de Jobs. Por eso, y porque las conclusiones fáciles y el catastrofismo me aburren :-)



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