01 febrero 2013

Hablando sobre la industria cultural, en El Mundo

Hoy aparece en El Cultural de El Mundo una columna con el título “La industria cultural se está suicidando (ver en pdf), y que proviene de un intercambio de preguntas y respuestas que mantuve por correo electrónico con Daniel Arjona.

A continuación, el texto completo del mismo:

P. “La información quiere ser gratis”, acuñaba en 1984 el hacker Stewart Brand e hizo fortuna la frase. Pero la cita completa era: “por un lado, la información quiere ser cara, porque es muy valiosa. La información adecuada en el lugar acertado simplemente cambia tu vida. Por otro lado, la información quiere ser gratis, porque el coste de sacarla a la luz es cada vez más bajo. De modo que tenemos a estos dos luchando el uno contra el otro”. Pero si el coste marginal de los contenidos culturales en la red (la serie digital de unos y ceros) acaba siendo cero, ¿quién gastará esfuerzo o dinero en producirlos?

R. La traducción de esta frase supone una falacia de primer nivel: la frase “information wants to be free” juega con el dobre significado de la palabra “free”, que no solo quiere decir “gratis”, sino también “libre”. La información, en realidad, quiere ser libre, e internet está diseñada desde su base para que pueda serlo, porque fue una red ideada para asegurar el flujo libre de contenidos incluso bajo las circunstancias más duras. Que sea “gratis” o no es otro problema: por el momento es gratis porque la industria no ha querido ni sabido proponer alternativas atractivas para el usuario. Si una industria se dedica a suicidarse negándose a ofrecer sus productos en las condiciones que sus clientes se lo demandan, si se dedica a insultarlos, perseguirlos y criminalizarlos, si pretende imponerles ventanas de explotación geográfica y por formato que ya no tienen sentido alguno, lo que está haciendo es dejar dinero encima de la mesa para que lleguen otros y se lo lleven. A día de hoy, cualquier contenido creado que se pretenda comercializar debería estar inmediatamente disponible desde cualquier dispositivo, desde cualquier lugar del mundo, y en múltiples formatos: gratis financiado con publicidad, mediante un micropago calculado a partir del coste que supone ahora su distribución, mediante una plataforma de suscripción con tarifa plana, y con cualquier otro esquema que se nos ocurra. Un esquema así disuadiría a una gran parte de los clientes que hoy escogen canales irregulares para su consumo. En su lugar, lo que la industria propone son canales incompletos y fragmentados en los que no es posible encontrar más que una parte de la oferta por culpa de unas condiciones absurdas en la gestión de los derechos, precios calculados en función de los que existían antes de internet, y una actitud permanente de chulería, insultos y desprecio. No, no se trata de que la información quiera ser gratis: se trata de que la industria de los contenidos es completamente imbécil.

P. Si la cultura libre en la red reclama la más estricta gratuidad de los productos culturales, ¿por qué no reclamar también la de las vías de acceso a esos contenidos, esas empresas tecnológicas que han prosperado tremendamente distribuyendo, legal o alegalmente, contenidos culturales? Digámoslo así: ¿Por qué la exigencia de un procomún de las ideas, del software, elude siempre el debate acerca de la muy propietaria, y capitalista, existencia del hardware sobre el que las primeras corren?

R. Las empresas tecnológicas crean productos tecnológicos, y estos son utilizados como los usuarios quieren. Del mismo modo que no se puede imponer a los fabricantes de cuchillos un canon por si acaso algún usuario mata a alguien con ellos, es absurdo pensar en penalizar a las empresas de soportes o a las tecnológicas por si algún usuario usa esa tecnología para un uso que a la industria “no le gusta”. No, la industria de los contenidos es la que tiene que adaptarse, no puede aspirar a que todo el resto del ecosistema cambie a su alrededor. Si el modelo de la industria de los contenidos consistía en impedir el acceso de los usuarios a unos contenidos, ese modelo simplemente ya no es viable una vez que el uso de la red se ha popularizado, porque la propia red está construida, desde el primero de sus protocolos, para favorecer el flujo de información.

P. Si las compañías online construyeron sus negocios distribuyendo el contenido que otros generaron sin financiarlo, ¿no es eso lo que se llama parasitismo?

R. No, se llama progreso. Las compañías online nos ofrecen productos que nos permiten algo que todos buscamos: acceder a lo que queremos, en mejores condiciones. Si la industria se niega a utilizar eso para ganar dinero comercializando sus productos, y pretende, con una mentalidad completamente cerrada, ceñirse a esquemas anteriores que hoy son inviables, tiene un problema. El único parasitismo que veo es el que ejercen compañías que antes eran necesarias para que los artistas pudiesen hacer llegar su obra a los usuarios, que hoy en día ya no aportan valor alguno pero se empeñan en seguir reteniendo un porcentaje importantísimo de los ingresos del artista. Hoy un artista podría llegar a su público de manera prácticamente directa porque la red ha reducido esa distancia al mínimo, pero existen una serie de intermediarios que ya no son necesarios reclamando una parte de los ingresos que ya no les corresponden. Eso sí es parasitismo.

P. En todo el mundo las grandes empresas culturales (desde la NBC hasta la Metro Goldwyn-Mayer, pasando por la discográfica EMI o el Washington Post) han sufrido serias dificultades económicas en los últimos años. Pese a producir un material ciertamente popular no han ingresado una parte suficiente de los beneficios que generaba su trabajo. Al tiempo, otras compañías que dependían de sus contenidos y materiales (Google, la ITunes Store, Amazon, The Huffington Post, The Pirate Bay, compañías de telecos…) han prosperado tremendamente. No se trata sólo de piratería, sino de la fácil disponibilidad de acceso a todo tipo de contenidos. La gente opta por los mismos contenidos que antes, sólo que ahora, de pronto, no sale a cuenta generarlos.

R. La falacia de que “ya no se generarán más contenidos y nos veremos abocados a una era de empobrecimiento cultural” es lo más absurdo y risible que he escuchado nunca. Ya hace más de doce años que Napster apareció en la red, y la oferta de contenidos culturales no solo es cada año mayor y mejor, sino que las taquillas de los cines aumentan, como lo hace la creación y el consumo de música. Las películas más taquilleras de la historia han aparecido en los últimos años, cuando internet ya era una realidad implantada. Que el contenido esté fácilmente disponible debería ser una ventaja, no un inconveniente, salvo para aquellos que se encargaban de limitar su disponibilidad. La red posibilita modelos de negocio más eficientes, pero la industria de los contenidos se niega a aceptarlo y pretende mantener modelos que el propio desarrollo de la red ha convertido en inviables. En el fondo, lo que tiene que hacer la industria está muy claro: proponer un producto adecuado, con un precio adecuado, unos canales adecuados y una publicidad/promoción adecuada. Con buenos productos a buen precio y en canales que acomoden cualquier modalidad de consumo, la red puede ser un poderosísimo aliado, porque pocas cosas pueden competir con una disponibilidad inmediata en un solo clic a un precio disuasorio o con un modelo suficientemente atractivo. Kim Dotcom lo puso muy claro en un solo tweet: “How to stop piracy: 1 Create great stuff, 2 Make it easy to buy, 3 Same day worldwide release, 4 Fair price, 5 Works on any device”.

P. Pero entonces, ¿podrá sobrevivir la industria cultural a la era digital?

R. Si hablamos de la industria actual, repleta de dinosaurios inadaptados, ignorantes, arrogantes y lobbistas dispuestos a cambiar las leyes para servir a sus intereses, es mucho mejor para todos que no sobreviva. Que se hunda cuanto antes, porque solo son un impresentable montón de basura que no pretende beneficiar ni a los artistas a los que supuestamente representa (a los que en realidad parasita) ni a los clientes a los que supuestamente desea hacer llegar su producto (a los que insulta, persigue y criminaliza). Pretender que sobreviva una industria así es completamente absurdo. Si hay un cambio generacional, se jubilan los fósiles actuales y pasa a la dirección una nueva generación de personas que hayan nacido y crecido al calor de la red, podría haber un cambio de actitud y unas perspectivas de viabilidad. Pero es muy posible que, dada la dinámica de la red y la velocidad del cambio, ese relevo ni siquiera llegue a tiempo, y que muchas de las empresas que hoy conocemos desaparezcan. En cualquier caso, la cultura no corre ningún peligro: el peligro para la cultura viene mucho más de las industrias que pretenden estrangular su disponibilidad que de una red que la permite. Hay muchos modelos de negocio viables para la cultura, solo hacen falta empresas inteligentes y adaptadas que los sepan explotar. Mientras la industria se dedicaba a chillar histérica que era “imposible competir con el todo gratis” y se afanaba en insultar y perseguir a sus clientes, actores como Kim Dotcom demostraron no solo que se podía crear un producto atractivo, sino que además, los usuarios estaban dispuestos a pagar. Y como todo en la red, tras cerrarlo irregularmente, renace reforzado y dispuesto a demostrar por todos los medios que el sistema que la industria propone no funciona. Quien se niega a evolucionar, es atropellado por la evolución.



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Hablando sobre community management y campañas publicitarias, en El País

Se me había escapado reseñar este artículo de El País para el que mantuve una conversación telefónica con Miguel Ángel García Vega, y que fue publicado el pasado día 28 con el titulo “Perito en redes“. Habla de la cada vez más habitual y necesaria participación de perfiles de tipo community management en la fase de diseño y despliegue de campañas publicitarias de todo tipo, algo natural dadas las ya abrumadoras evidencias del paso de un entorno unidireccional a uno bidireccional.

El papel de esa figura llamada “community manager” está convirtiéndose en central en cada vez más temas. Cada día más, las marcas son lo que las comunidades que las rodean quieren que sean, y resulta lógico que la persona que entiende esas comunidades y trata habitualmente con ellas la que se implique en el diseño de una campaña cuya efectividad va a depender en gran medida de la acogida que dicha comunidad le dé. Actualmente, la eficacia de una campaña no depende de la presencia en medios que sea capaz de pagar, sino de hasta qué punto exista una comunidad que la comente, la reenvíe, la retuitee, apriete el botón de “Me gusta” o la comparta. Diseñamos – o deberíamos diseñar – campañas basándonos en el tipo de acogida y reacciones tangibles y mesurables que van a generar, y debemos además estar ahí para reaccionar adecuadamente cuando haya que tratar con dichas reacciones. No se trata solo de medir y de solucionar problemas: la bidireccionalidad, la viralidad y aspectos similares ya deben diseñarse como una parte esencial de toda campaña desde su origen. Si no las obtenemos, es que hemos sido irrelevantes.

Para controlar esos aspectos, lo lógico es contar con quien tiene experiencia en ese modelo de interacción. Un perfil de experiencia que no se adquiere con cursos de dos horas ni de quince, sino con experiencia, con kilómetros de red, con gestión de comunidades a todos los niveles. Los cursos te pueden dar una cierta base teórica mejor o peor, pero solo la experiencia práctica te enseña a entender reacciones, a reconocer síntomas, a ver casuísticas y a adiestrar el sentido común. Ni todas las empresas son iguales, ni todas las personas se adaptan igual a todas las empresas, ni existen empresas que puedan descuidar este tipo de aspectos. Las campañas ya no pueden diseñarse desperdiciando minutos y minutos de carísima exposición en medios para aburrir con repeticiones exhaustivas del mismo mensaje de veinte segundos: es sencillamente absurdo. Hay que diseñarlas como interacción, como intercambio, como disparadores de reacciones que lleven a que un público con cada vez más capacidad de elegir quiera buscar nuestros mensajes, consumirlos y compartirlos. Y eso exige óptica de cliente, psicología inversa, entendimiento de lo que hay al otro lado. Si no lo diseñas así, el resultado, por mucho dinero que te gastes, terminará por desembocar en la irrelevancia.



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31 enero 2013

La Informática se incorpora como ciencia al Bachillerato inglés

El Reino Unido reforma su bachillerato y por primera vez pasa a incorporar la Informática (Computer Science) como cuarta ciencia en su temario, al mismo nivel que la Física, la Química y la Biología.

La Informática dejará de ser una asignatura accesoria y sin valor curricular dedicada fundamentalmente a enseñar a los alumnos el uso de herramientas ofimáticas como proceso de textos, hoja de cálculo o presentaciones, para pasar a ser una materia troncal de ciencias, “la cuarta Ciencia“, en la que los alumnos profundicen y tomen un papel activo. Según el Department for Education (DfE),

“It will mean millions of children learning to write computer code so they are active creators and controllers of technology instead of just being passive users.”

(“Significará millones de niños aprendiendo a programar para poder ser creadores activos y controlar la tecnología, en lugar de ser simplemente usuarios pasivos”)

Esa es la clave: de simples usuarios de programas, a entender cómo funciona una máquina y aprender a escribir código para ella. De creer en el ordenador como máquina para hacer lo mismo que antes (escribir textos, hacer operaciones matemáticas o hacer presentaciones), a verlo como máquina para hacer cosas nuevas, o para hacer cualquier cosa que se te pueda ocurrir. Como llevamos mucho tiempo diciendo: enseñamos Física a nuestros alumnos no porque estemos esperando que se conviertan en físicos, sino porque viven en un mundo determinado por las leyes de la Física. Exactamente la misma razón por la que deben aprender Informática: porque viven en un mundo rodeados de máquinas programables. Como hace ahora un año comentaba un recomendable artículo en The Guardian escrito dentro de la serie “Digital literacy campaign“ que reseñé en esta página,

We’re in an era where computer science is the new Latin. Just as Latin underpinned so many things, computer science is not just about programming, it’s about computational thinking, problem solving, analytics, physics and creating code. Building digital content and intellectual property. Building value in the digital economy.”

(“Vivimos en una era en la que la informática se ha convertido en el nuevo latín. Así como el latín ha sustentado tantas cosas, la informática no trata únicamente acerca de la programación: hablamos de  pensamiento computacional, de resolución de problemas, análisis, física y creación de código. De la creación de contenido digital y de la propiedad intelectual. De la creación de valor en la economía digital.”)

En la decisión ha pesado mucho el éxito de una inicialmente modesta fundación sin ánimo de lucro que ha conseguido, con su ordenador por menos de treinta euros, vender más de un millón de ordenadores y plantear con ello toda una revolución en la forma de ver la computación: Raspberry Pi. La propia fundación, que hace unos días recibió de Google una donación de un millón de dólares para proporcionar gratuitamente ordenadores a más de quince mil niños en escuelas británicas, informa del cambio curricular en su página web, y cita declaraciones del Ministro de Educación, Michael Gove:

It is great news that Google is helping the brilliant Raspberry Pi project. We are replacing the old-fashioned ICT curriculum with a Computer Science curriculum. This will combine with the Raspberry Pi project to spread teaching of computer coding, which is so educationally and economically vital.”

(“Que Google esté ayudando al brillante proyecto Raspberry Pi supone muy buenas noticias. Vamos a reemplazar el anticuado curriculum de ICT con un nuevo contenido centrado en la Informática. Esto se combinará con el proyecto Raspberry Pi para difundir la enseñanza de la programación, que es educacional y económicamente vital”)

Poco imaginaba Eben Upton, fundador de la Raspberry Pi Foundation, que pensó inicialmente que llegaría a vender unas mil máquinas, que su iniciativa acabaría contribuyendo en gran medida a un cambio tan importante. Si pretendes mejorar la competitividad de tu país de cara al futuro, estas son el tipo de medidas que de verdad contribuyen a ello. A ver si algunos se van enterando.



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30 enero 2013

BlackBerry Z10: un gran terminal. ¿Será suficiente?

BlackBerry acaba de presentar su nuevo sistema operativo, BlackBerry 10, y sus dos nuevos terminales, Q10 y Z10, con y sin teclado físico. El momento es importantísimo y crítico para la compañía: la fortísima caída en ventas de los últimos años y el extremo duopolio en el que se ha convertido el mercado smartphone ponen a la compañía en una situación prácticamente de “último cartucho”. La compañía tira en todos los sentidos la casa por la ventana: evento simultáneo de presentación a nivel mundial en Nueva York, Toronto, Londres, París, Dubai y Johannesburgo, primer anuncio en la Super Bowl, y una completa redefinición tanto de sistema operativo, construido ya completamente en torno a QNX, como de terminales. Una redefinición que se anuncia con el cambio de nombre de la compañía, que deja de llamarse RIM y pasa a llamarse directamente BlackBerry.

Por gentileza de BlackBerry España llevo unos días torturando hasta el límite un Z10 (en la foto, he subido alguna más en mi cuenta de Flickr), y lo que puedo decir es que el terminal es muy bueno. Muy bueno es lo que se dice de un aparato muy estable, muy cómodo, con un teclado virtual verdaderamente avanzado (impresionante si trabajas de forma habitual en varios idiomas), y una multitarea verdaderamente potente e impresionante. El desarrollo que BlackBerry ha dado a QNX hace que las distintas capas en ejecución literalmente vuelen. Pero lo mejor, desde mi punto de vista, es el brutal cambio que han conseguido darle a la navegación web: de ser una experiencia decididamente subóptima, a ser sin duda lo mejor que he visto en un móvil. Hablamos de una puntuación de 485 en html5test.com, superior a la de muchos navegadores de escritorio y ampliamente superior a lo que obtengo en iPhone o en Android: en el navegador del Z10 se ve todo, todo, todo, y todo en su sitio. Si añadimos una pantalla grande, luminosa y con buena definición, la experiencia pasa a ser otra cosa, ni la más mínima evocación de lo que suponía navegar con las BlackBerries anteriores.

Nueva máquina, nuevo sistema operativo, y algunas nuevas ideas interesantes. Timeshift, por ejemplo, permite tomar fotografías que mantienen el obturador abierto durante algunos segundos, de manera que una vez tomadas, puede por ejemplo señalarse una cara y optar por cualquiera de las expresiones que la cámara ha recogido: ver cómo la cara cambia en una foto y cómo podemos escoger las expresiones de cada persona en una foto de grupo para obtener un resultado razonable es algo que lleva la idea de edición un punto más allá. El teclado, predictivo y con un impresionante reconocimiento automático de idioma, es casi magia: tecleas, ves la palabra sugerida sobre cada una de las teclas cuyo uso anticipa, y con un movimiento del dedo hacia arriba, la envías al sitio correspondiente. Aplicaciones, la otra gran asignatura pendiente: de una compañía que afirmaba no creer en los grandes números, a una capaz de lanzar una plataforma nueva con 70.000 apps ya funcionando. La compañía ha tomado todas las listas de top apps en términos de popularidad, y ha trabajado con ellas para atraerlas a la plataforma: algunas han sido desarrolladas por la propia BlackBerry, como es el caso de Facebook o Twitter, otras han sido portadas. El uso de QNX y de una máquina virtual Android permite una portabilidad desde Android sumamente simple: el esfuerzo para el desarrollador de aplicaciones es bajo, y la compañía ha incluso incentivado económicamente a algunos de ellos para que portasen sus aplicaciones, dando como resultado un número de apps sorprendentemente elevado, un factor importantísmo de cara a la eventual popularidad de la plataforma.

Vamos con la parte complicada: el Z10 es un buen terminal. Pero ¿es suficiente un buen terminal para volver a poner a BlackBerry en el mercado? De entrada, las perspectivas no son sencillas. A la concentración del mercado en torno a Android y iOS se une un pasado reciente que llegó al extremo de proclamar la “BlackBerry shame“, el aparato que se veía como anticuado, que ya no estaba a la altura, que avergonzaba a sus usuarios. ¿Puede un buen terminal revertir esa caída? Las encuestas, decididamente, no parecen estar a favor. El mercado actual es muy duro: hemos visto pasar terminales y sistemas razonablemente buenos que se han quedado aparentemente muy lejos de triunfar: desde el primer momento me pareció, por ejemplo, que la última versión de Windows y su desarrollo sobre aparatos de diversos fabricantes daba lugar a una muy buena experiencia, pero el mercado le ha dado claramente la espalda como alternativa. ¿Puede un fabricante canadiense que había caído en desgracia hacer frente ahora al fortísimo empuje de iOS y Android, y a fabricantes como Apple, Samsung, LG, ZTE y otros? La apuesta no es ni mucho menos sencilla, y no resulta nada fácil decir si va a funcionar o no.

Pero de entrada, hay una cosa clara: BlackBerry ha presentado su alternativa, y es decididamente competitiva. Por nivel tecnológico, por experiencia de uso y por novedades, es un gran terminal. Por número de apps parece que no va a quedar, tampoco. Y por enfoque de mercado, veremos. La base de usuarios fieles de BlackBerry que ha sobrevivido se divide entre usuarios corporativos sujetos a la imposición de sus compañías, que presumiblemente podrían migrar sus BES a la nueva plataforma, y un heterogéneo conjunto de usuarios a los que llegó básicamente por precio, que veremos cómo reaccionan. El teclado físico, uno de los valores fundamentales de la marca, no está aún en el mercado, y aunque la experiencia con el teclado virtual de la Z10 podría animar a muchos de ellos, habrá que ver si realmente es así. Muchos interrogantes, en un mercado que dista mucho de ser sencillo, y en el que la diversidad de plataformas sería una muy buena cosa para todos en términos de competencia. Pero la situación es la que es: BlackBerry estaba en muy mala situación antes del lanzamiento de hoy, y ahora, con BlackBerry 10 en el mercado, está en una situación decididamente mejor. Como dice MIT Tech Review, “RIM is down, but not out“. Que sea suficiente o no para reconquistar al menos a una parte de su mercado y convertirse en una alternativa real, ya lo veremos.



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Encuentro digital en El Confidencial

Desde El Confidencial me propusieron un encuentro digital con sus lectores, que acabo de terminar tras algo más de una hora, y en el que fui capaz de contestar las algo así como veintidós preguntas que me propusieron. Creo que ahora lo mejor que puedo hacer es irme a meter los dedos en hielo un ratito :-)

Han salido algunos temas bastante interesantes, desde cuestiones políticas hasta otras relacionadas con el negocio digital, la propiedad intelectual, el periodismo, los recursos humanos… un poco de todo. Si alguien quiere profundizar más en algún tema o replicar a alguna cosa, ya sabéis, hay un hilo de comentarios un poco más abajo.



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29 enero 2013

Twitter Cards, pónselo más fácil a tus lectores

El pasado día 23 vi un par de tweets de Ricardo Galli en el que comentaba lo sencillo que le había resultado implantar Twitter Cards en Menéame, así que lo comenté con mis amigos de Blogestudio para ver la posibilidad de hacer que funcionasen en esta página.

Un mensaje comentándolo, y en cuestión minutos, unas cabeceras en las páginas SINGLE y una general en el resto de páginas (un procedimiento similar a como se integra Facebook) siguiendo simplemente las instrucciones de esta página, una previsualización en esta otra página haciendo login con tu cuenta, y un envío de solicitud de aprobación a Twitter en este formulario.

Tres modalidades: Summary Card, la más habitual y la que tengo yo, que simplemente añade bajo el tweet un resumen y una foto de la entrada referenciada; Photo Card, que presenta una fotografía en tamaño más grande e ideal para entradas consistentes en material gráfico; y Player Card, para mostrar un reproductor de vídeo, y que requiere de algunas comprobaciones más de cara a su aprobación. Tras enviar el formulario y recibir un aviso de que mi solicitud sería estudiada en un plazo de entre cinco y diez días, al día siguiente recibí un mensaje comunicándome que tanto mis Summary Cards como mis Photo Cards habían sido aprobadas. Rápido, sencillo e indoloro.

Las Twitter Cards están convirtiendo a Twitter en un medio cada vez más potente: la posibilidad de ver desde dentro de la propia Twitter una fotografía, un vídeo o el resumen de una entrada hace más fácil a los lectores el acceso a la información y permite a los creadores de información difundirla de una manera más cómoda para sus usuarios. La contrapartida, claro, es un posible clickthrough inferior: aquellas personas que no estuviesen seguras del contenido de la entrada a través de la información visible en el tweet o que quisiesen ver una fotografía o un vídeo referenciados en el mismo se veían antes abocadas a entrar en el medio correspondiente haciendo clic en el enlace, mientras que ahora pueden al menos comprobar si les interesa o directamente visualizar dicha fotografía o vídeo dentro de Twitter.

Esa fue la razón para que, a principios del pasado diciembre, Instagram decidiese suspender su uso de las Twitter Cards y hacer así que sus fotos dejasen de ser accesibles desde dentro de Twitter: en pleno lanzamiento de sus páginas de usuario en la web, Instagram quería que las fotografías compartidas por los usuarios fuesen visualizadas no dentro de Twitter como se hacía hasta el momento, sino llevando clics a sus propias páginas. La medida generó no pocas críticas incluyendo la amarga entrada titulada “The web we lost“, de Anil Dash, en la que se criticaba la tendencia cada vez más marcada a la construcción de “jardines vallados” y compartimentos estancos en la web.

La contrapartida de la medida de Instagram para supuestamente ganar tráfico en sus páginas es, como resulta evidente, una mayor incomodidad para sus usuarios. La motivación para que un usuario comparta la fotografía que acaba de hacer a través de Instagram es precisamente que visualizarla a través de Twitter o Facebook resultaba tan sencillo, que un material recién creado alcanzaba tasas de viralidad elevadas en cuestión de pocos minutos.

Pero pedir a los usuarios más esfuerzo, aunque sea un solo clic más puede resultar más complicado de lo que inicialmente suena. De hecho, ¿cuál ha sido el resultado neto de la medida puesta en práctica por Instagram? Pocas semanas después, todo indica que el porcentaje de visitas desde Twitter a Instagram se ha elevado al 5% (antes era únicamente del 2%, presuntamente aquellos usuarios que deseaban escribir algún comentario), pero resulta en una pérdida total de un 11% de personas que accedían al contenido cuando hacerlo era sencillo desde dentro de Twitter. En tráfico total, la medida no parece afectar en modo alguno, más allá de variaciones estacionales como el fin de semana o las vacaciones: precisamente esas variaciones que algunos, desconocedores de que las series temporales es preciso desestacionalizarlas antes de analizarlas, utilizaron para pretender mostrar un “terrible descenso” en las cifras de Instagram supuestamente debido, según ellos, al cambio de las condiciones de uso. Pues bien, ese descenso nunca fue real.

Sin embargo, que el descenso de usuarios de Instagram no fuese real no quita que la medida de eliminar las Twitter Cards no suponga una incomodidad mayor para sus usuarios, y algo que, desde mi punto de vista, no supone una buena dirección en lo que un servicio web debe significar para los mismos. De acuerdo que no es lo mismo un texto del que solo se previsualiza un fragmento o snippet, que una foto o un vídeo cuya totalidad puede ser consumida dentro de Twitter sin generar la subsiguiente visita al sitio, pero para mí, la primera consideración es la comodidad del usuario. En mi caso, por tanto, la opción era clara: prefiero que consumir mi contenido sea más fácil que difícil, que esté disponible en cuantos más sitios mejor… así que bienvenidas, Twitter Cards.



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28 enero 2013

Twitter, Vine y las consecuencias para el ecosistema publicitario

Twitter compró Vine en octubre del pasado año 2012, y lo lanzó como producto independiente hace ahora cuatro días. Como imagino que sabrás (y si no lo sabías es que vives en una cueva o que necesitas revisar urgentemente tus fuentes de información), Vine es una app, por el momento solo para iOS, que consiste en la creación y difusión a través de Twitter de vídeos de un máximo de seis segundos.

Por el momento, lo que sabemos de Vine es que está siendo un éxito importante a nivel de descargas y uso, que tiene una ingeniería detrás digna de mención, y que en muy pocos días se ha llenado de pornografía poniendo en un compromiso a Twitter con las rígidas y puritanas directrices marcadas por Apple en su App Store. Pero conviene, si tienes un mínimo de interés en estos temas, que tiremos un poco más del hilo, y que pensemos no solo en lo que Vine es a pocos días de ser lanzada, sino más bien en lo que va a ser.

Vine y Twitter representan, desde mi punto de vista, una buena parte de lo que va a ser el ecosistema publicitario del futuro. La empresa del pajarito, con planes muy ambiciosos de cara a los años que vienen, ha estado hasta ahora dejando pasar oportunidades de facturación a cambio de una cultura de apertura total: puedes utilizar Twitter para lo que buenamente quieras, para promocionar tus productos, para proveer asistencia o servicio técnico, para hacer publicidad de cualquier tipo con texto, imágenes o enlaces, que Twitter no solo te lo va a permitir, sino que no te va a cobrar nada. Ha estado ahí, paciente, estudiando el terreno, entendiendo las dinámicas de los usuarios, sus coeficientes de centralidad, su impacto en la difusión de los mensajes, su posible valor como vectores. Twitter, en muchos sentidos, ejemplifica la relación que los usuarios desean tener con la publicidad: que no me acose ni me asalte, como mucho una discreta presencia con tweets, trending topics o cuentas patrocinadas en mi timeline, que si tengo algún tipo de interés, ya haré clic sobre lo que yo desee. Si me gusta especialmente, lo retuitearé y contribuiré a su difusión. Si no, ahí se queda: información a mi alcance con un buscador, tráfico elevado, componentes equilibrados de branding y eficiencia, y sobre todo, escaso nivel de intrusión.

Con Vine, el efecto va incluso un poco más allá: un formato de vídeo de seis segundos puede perfectamente ser el heredero del spot televisivo de veinte o treinta, ese de que hoy en día vemos únicamente los primeros cinco y solo porque estamos buscando desesperadamente el mando a distancia. ¿Qué puede hacer tu marca con seis segundos? Sin duda, muchas cosas, y conviene por tu bien que te lo vayas planteando. Tómatelo si quieres como un aviso a navegantes: Vine llegará en breve a tu mercado, y conviene que tengas ya preparados tus formatos publicitarios para un canal que, sin duda, te acabarás planteando. Si tu agencia no está hablándote ya de este tipo de cosas, plantéate que muy posiblemente pueda ser buen momento para cambiar de agencia.

Y no, no seas hortera: no se trata de comprimir absurdamente y hasta el límite tu anuncio de la televisión. No se trata de aburrir con los mismos mensajes de siempre en un formato parecido al de siempre. Se trata de pensar cómo, en seis segundos o menos, puedes despertar el interés de alguien a quien no vas a poder interrumpir si no quiere ser interrumpido. A una audiencia que solo lo será si decide libremente hacer clic en tu marca: porque le interesas, porque le caes bien, porque habitualmente vale la pena hacer clic, o porque se lo recomienda un amigo al que reconoce cierto criterio. Si tus propuestas no valen la pena, no interesan, son cansinas porque ya estoy harto de verlas en otros medios, o simplemente me caes mal, obtendrás como resultado una mala reputación y una menor eficiencia en forma de clickthrough con respecto a tus competidores: un pozo del que, si caes, puede que te cueste salir. Nadie comparte una horterada, un mensaje vacío o una chorrada molesta, y tristemente, mucha de la publicidad que hoy vemos es así.

A cambio, un potencial impresionante: si tu pieza gusta, no solo obtendrá la difusión que tú le des, sino la que le entreguen legiones de seguidores con sus retweets y menciones. Y no lo olvides: no es lo mismo la calidad de impacto que te genera el que estés queriendo ver una película y que te interrumpa un anuncio que no quieres ver, frente a que un amigo o una persona a la que sigues en tu timeline te proponga un retweet o una mención, y tú libremente decidas hacer clic en él y verlo. O marcarlo como favorito. O volverlo a compartir. Es la magia de la viralidad: quien quiera ser algo en el marketing del futuro, que trabaje bien esa palabra y los factores que la desencadenan.

Estamos definiendo el nuevo ecosistema publicitario, basado en una serie de tecnologías que han dado al usuario mucho más poder efectivo. Y Twitter, que podría finalmente liberar su API publicitaria durante este primer trimestre del año, está preparando todos sus efectivos para ser uno de los principales canales en ese ecosistema. La empresa que nació sin un modelo de negocio definido – “¿cuál es vuestro modelo de negocio?” fue la pregunta más repetida en la entrevista que hice a Biz Stone en noviembre de 2007, y la respuesta constante fue sencillamente “we don’t have one” , “no tenemos” – ha vivido la misma experiencia que otros varios gigantes de la red actual: crea un servicio bueno, que proporcione una buena experiencia de uso, que sus usuarios quieran de verdad utilizar, que crezca mucho… y el modelo de negocio vendrá a tu encuentro. Si estás en marketing, comunicación o publicidad, ya puedes ir pensando en cómo te vas a mover en este ecosistema.



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