05 mayo 2013

Los horarios de trabajo en la era de la ubicuidad

Reloj de fichar antiguoUn par de interesantes artículos, en LinkedIn Today y en Fast Company, arremeten por enésima vez contra la práctica de establecer horarios rígidos para determinados tipos de trabajos en los que, en realidad, la métrica a aplicar debería ser la productividad y el rendimiento obtenidos.

La práctica de establecer horarios de trabajo rígidos proviene de la Revolución Industrial, cuando el desarrollo de una amplia variedad de trabajos requería el acceso a maquinaria específica que solo podía ser ubicada en los centros de trabajo. Para optimizar el nivel de ocupación de dichas máquinas y, por tanto, la productividad obtenida, el trabajo se organizó en función del acceso a las mismas, condicionando la otra variable, el tiempo de los empleados, considerado como más flexible. La organización en turnos de trabajo o la evolución de las jornadas de trabajo (gracias en gran medida a las sucesivas reivindicaciones sindicales) llevó al establecimiento de una jornada de cuarenta horas semanales, que en muchos países se organiza típicamente de nueve de la mañana a cinco de la tarde con una breve pausa para comer. En países latinos, suele incluir una pausa para comer más amplia y un horario de salida posterior, aunque también en esto existen amplias variaciones.

En realidad, hablamos de un atavismo, de algo que proviene de una circunstancia ya superada. El avance de la tecnología ha llevado, en un número muy elevado de casos, a que la maquinaria necesaria para desarrollar el trabajo se encuentre perfectamente disponible en el domicilio del trabajador, en forma de un dispositivo multipropósito llamado ordenador. En paralelo, el avance del cloud computing permite que cualquier trabajo en curso y los mecanismos de comunicación y coordinación necesarios para llevarlo a cabo sea accesibles desde cualquier sitio, con protocolos de seguridad razonables. La restricción de vincular el desarrollo del trabajo a un lugar físico y un horario determinado pierde su sentido, y se convierte en un claro obstáculo a la productividad.

La realidad hoy es que cualquier trabajo que no dependa de una maquinaria especializada puede ser llevado a cabo de manera óptima desde prácticamente cualquier sitio, lo que incrementa enormemente las posibilidades de conciliación, la flexibilidad, la motivación y, en último término, la productividad. La interacción de los trabajadores en torno a un lugar de trabajo común debería plantearse únicamente como forma de maximizar la interacción para el intercambio de ideas y para el desarrollo de una cultura común, pero no como sitio en el que desarrollar el propio trabajo.

La persistencia en esquemas anticuados y superados genera un problema doble: por un lado, las empresas que los practican obtienen a cambio un nivel de motivación menor y un trabajo desarrollado de manera más mecanicista, menos orientado a objetivos, porque el objetivo pasa a ser “cumplir las horas”, frente a optimizar el resultado del trabajo realizado. Por otro lado, las empresas se convierten en menos atractivas para trabajadores que valoran la flexibilidad y el compromiso en función de la motivación personal, lo que puede aparejar problemas a la hora de atraer y retener talento. Los tiempos de desplazamiento estandarizados y coincidentes con horas punta de tráfico, y la falta de confianza y flexibilidad son factores adicionales a tener en cuenta en este sentido.

Desde hace ya bastantes años, mi productividad personal se asienta en la posibilidad de trabajar desde donde quiero, a las horas que quiero, con la intensidad que quiero. La única parte de mi trabajo que exige un lugar físico determinado es el momento de dar clase, siempre que esta sea presencial. Para todo lo demás, confianza y resultados. Si obligas a tus empleados a fichar, no esperes atraer ni retener a los mejores, ni demasiados resultados buenos de su trabajo.



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04 mayo 2013

La verdad sobre las descargas

TedSarandosUna entrevista de la revista Stuff a Ted Sarandos, Chief Content Officer de Netflix, pone las cosas en su sitio con ideas muy claras y sencillas que muchos llevamos comentando desde hace muchos años:

… people do want a great experience and they want access – people are mostly honest. The best way to combat piracy isn't legislatively or criminally but by giving good options. One of the side effects of growth of content is an expectation to have access to it. You can't use the internet as a marketing vehicle and then not as a delivery vehicle.”

(… la gente quiere una gran experiencia y quiere acceso – en su mayoría son gente honesta. La mejor manera de combatir la piratería no es mediante la vía legislativa o penal, sino proporcionando buenas opciones. Uno de los efectos secundarios del crecimiento del contenido es la expectativa de tener acceso al mismo. No se puede usar internet como vehículo de marketing y después no usarlo como vehículo de consumo.)

 

Lee y relee un par de veces, es fácil de entender. Te lo pongo en otras palabras: que el problema de la industria está provocado por la propia industria. Ni más, ni menos. Que si quieren arreglarlo, lo que tienen que hacer no es perseguir la aprobación de leyes inútiles que criminalizan a sus usuarios, sino poner en el mercado opciones que permitan que esos usuarios puedan consumir lo que quieran, cuando quieran, como quieran. Muchos contenidos, disponibles a través de todas las ventanas, en fórmulas que vayan desde la tarifa plana o el pago por uso hasta la financiación mediante publicidad. Abandonar viejos modelos que el desarrollo tecnológico ha convertido en inviables, y centrarse en el signo de los tiempos. Si utilizas la red para que se hable de tus productos y para generar una demanda masiva, no puedes después impedir el uso de esa misma red para el consumo del producto – porque simplemente te conviene más que primero se consuma en otras ventanas de explotación, porque “es como lo hacíamos antes”.

Es lo que hay. Netflix ya ha superado a HBO en número de suscriptores en los Estados Unidos: los usuarios queremos consumir contenidos cuando nosotros queremos, no cuando nos mandan. Por muchas leyes absurdas e inútiles que los ministerios de cultura quieran aprobar, aquí no estamos hablando de defender la cultura, ni la creación, ni a los creadores. De toda esta situación no tienen la culpa ni usuarios, ni creadores. No, hablamos de otras cosas. Hablamos de corrupción, de teóricos representantes del pueblo puestos a sueldo de intermediarios, de presiones para defender y sostener negocios particulares, de intercambio de favores políticos en modo “tú me apruebas esta ley y yo te trato mejor en mis medios”… de cutrerío, de cochambre, de basura, de sinvergüenzas. De no querer ver la verdad porque no conviene, ni siquiera cuando ya es tan evidente que la cantan desde la propia industria cultural.

En fin, al menos nos queda el placer de verlo escrito, aunque sea años después, y de saber quién tenía razón.



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Entendiendo la web social, artículo en SAP Club

Entendiendo la web social - SAP ClubDesde la revista SAP Club me pidieron una versión reducida de un artículo anterior mío sobre el desarrollo de la web social y el entendimiento del tema por parte de las empresas, y el resultado fue este “Entendiendo la web social” (ver en pdf) que se ha publicado en la edición 44 de este mes de abril.

Una forma sencilla de entender la presencia web y la verdadera actitud social a partir de la creación de contenido, la difusión del mismo en aquellas redes en las que tenga sentido, y la búsqueda genuina de la interacción.



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03 mayo 2013

?Hable con ellos?, mi columna en Expansión

Hable con ellos - Expansión (pdf, haz clic para ver el artículo en su maquetación original)Mi columna en Expansión de hoy se titula “Hable con ellos” (pdf), e intenta plasmar de qué manera está cambiando el uso y la percepción de la web social entre las empresas: de una primera fase en la que muchas se cuestionaban absurdamente su presencia en ellas, a una segunda fase en la que las interpretaron como “un canal más” en el que aplicar las mismas técnicas que empleaban antes en los canales unidireccionales, y finalmente, a una tercera fase, ya más madura y evolucionada, en la que algunas empresas – pocas, todavía – empiezan a utilizar la web social como una forma de escuchar al cliente, de hablar con él ya no únicamente de cara a propósitos relacionados con el servicio al cliente (resolución de dudas, gestión de reclamaciones, etc.), sino como una auténtica y genuina manera de inspirar innovación.

Cada vez más, “estar en la web social” debe convertirse en un sinónimo de “hablar con los clientes”, de desarrollar relaciones sostenibles, de ser capaz de fidelizar en función de la comunicación, de los vínculos establecidos con personas individuales, de la reputación desarrollada en ese sentido. Pero además, y en no pocos casos, la relación directa con el cliente a través de la web social puede llegar a convertirse en una fuente de inspiración. Existen ya un buen número de empresas que han sido capaces de lanzar mejoras en sus productos o servicios simplemente analizando el uso que sus clientes hacían de los mismos, y poniendo en marcha cambios que optimizasen dichos usos. Como un focus group permanente en manos de la empresa que sepa de verdad utilizarlo: de alienar a los clientes, a alinearse con sus intereses.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Hable con ellos

A medida que es extiende el uso de la web social y que herramientas como Twitter, Facebook, Google+ y otras se van convirtiendo en una parte habitual del panorama de más personas, muchas empresas se dan cuenta de que su nombre aparece en conversaciones de manera más o menos habitual.

Las empresas tardaron en general bastante en organizarse en las redes sociales. Cuando lo hicieron, además de hacerlo mal e intentar aproximarse a ellas como a un medio tradicional, se encontraron un entorno en el que predominaba la negatividad, en el que lo bueno se entendía como “lo normal” y lo malo era, en cambio, lo que solía desencadenar una mención.

Tras aprender que intentar tapar las críticas no era una buena práctica y que contestar era lo mínimo que había que hacer con alguien que se había gastado su dinero en sus productos o servicios (siempre que se dirigiese a nosotros con un mínimo de educación y respeto), ahora las empresas empiezan a ver que el contacto con el cliente es, posiblemente, la mejor fuente de mejora e innovación. La web social como focus group permanente: la relación directa con muchos clientes puede convertirse en uno de los mayores activos de una empresa. Las marcas, cada día más, son lo que su comunidad de usuarios dice de ellas.

Hablar con clientes, contestar a sus preguntas, ver sus reacciones. Pasar de perseguirlos y acosarlos a adoptar una actitud respetuosa es algo que cada vez más compañías entienden como lógico. Relaciones basadas en la sostenibilidad. Algunas empresas dedican importantes recursos a hablar con sus usuarios si estiman que estos tienen cosas interesantes que contarles. La semana pasada, una compañía mantuvo una conversación de media hora conmigo desde San Francisco porque, sencillamente, les interesaba el uso que hacía de su producto.

Aprender de los clientes. Entenderlos. Ir donde ellos están. Hablar con ellos. Cada día más, una necesidad.



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02 mayo 2013

La vida sin internet no es vida

untitled-2The Verge pagó a uno de sus colaboradores, Paul Miller, para que pudiese hacer realidad una experiencia: la de vivir sin conexión a la red durante un año. Paul llevaba un cierto tiempo sintiéndose “quemado”, viéndose como “un esclavo de la red”, y quería salir de esa dinámica de vida. La crónica de la aventura publicada hoy, titulada “I'm still here: back online after a year without the internet“ me ha parecido una lectura enormemente recomendable. Una cosa es “pensar” como sería tu vida sin internet, y otra de verdad lanzarse a ello. Y el testimonio de Paul resulta, en este sentido, enormemente esclarecedor.

La frase principal que para mí lo resume todo es “no es que mi vida no fuese diferente sin internet, es que simplemente no era una vida real”. La experiencia de Paul demuestra claramente que pretender prescindir de internet hoy en día no es una liberación, ni nada que se le parezca. Es una estupidez. Como retirarse a un poblado de cuáqueros. Más allá de la pose, y tras una pequeña fase de “conócete a ti mismo”, lo que queda es una vida carente de realidad, lo que supone prescindir de uno de los mayores avances en la historia de la humanidad, de una de las mayores manifestaciones de la inteligencia humana.

Por supuesto, todos los excesos son malos. Pero contrariamente a lo que muchos piensan, la vida online no sustituye a la vida offline, sino que la complementa. El supuesto trastornado que deja que su existencia se convierta en un constante languidecer frente a la pantalla de un ordenador es simplemente eso, un trastornado, una anomalía que en realidad afecta a muy pocas personas. Quien usa mucho la red no vive aislado, vive más conectado. Los usuarios de la red no tienen la piel pálida por falta de exposición a la luz solar, sino que son simplemente personas que utilizan la red para acceder a información de manera eficiente, para relacionarse con otros, para trabajar… para todo. Sin que ello signifique una pérdida de otras cosas más allá de lo que supone perder la interacción con una enciclopedia de papel, con una operadora telefónica, con el papel de un libro, o usando un mapa de papel. Si lo haces mínimamente bien, la red te llevará a leer más, no menos. Y a aprovecharlo mucho mejor.

La experiencia de Paul puede pecar, en cierto sentido, de falta de realidad: no es lo mismo hacer que una persona que trabajaba “en la red y con la red” prescinda de ella, que plantear algo así con alguien que carezca de dicha supuesta “dependencia”. Pero tiene un valor muy interesante: el de comprobar que “la hierba no es más verde al otro lado de la valla”. Plantearse una hipotética “vuelta a la vida offline” como supuesta recuperación de algo que vivimos en tiempos pasados es absurdo, porque en realidad no nos sobra internet… nos sobran otras cosas. Internet no es culpable de tus problemas con tu trabajo, no hace tu vida miserable… si no lo era ya de por sí. Es posible que creas que te vas a centrar más en tus relaciones con las personas cuando no estés cada dos minutos mirando tu smartphone, pero es que estar cada dos minutos mirando tu smartphone cuando estás con las personas que quieres no es un problema de internet, es un problema de ansiedad. O de no saber marcar las prioridades en tu vida. Y si prescindieses de ello, lo que más notarías es cómo te sientes más separado de tus amigos, por la pérdida de esa conexión invisible que la red permite. El asocial no es el que usa mucho las redes sociales, es el que prescinde completamente de ellas.

La evolución y el progreso no tienen vuelta atrás. Tratar de volver atrás uno mismo cuando la sociedad y la humanidad avanzan en una dirección determinada es convertirse en un marginado extravagante, en alguien que no quiere reconocer todo lo bueno que la red ha traído a nuestras vidas. Es, como tal, absurdo. Si algo podemos aprender de la experiencia de Paul Miller, aparte de que todos los excesos son malos, es sobre todo, eso: aprender a apreciar lo que tenemos.



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01 mayo 2013

Google Glass y el avance en nuevos interfaces

Google Glass touchpadA medida que Google Glass va aumentando su disponibilidad a más usuarios mediante el Explorer Program, van surgiendo nuevas opiniones y testimonios al respecto sobre los que puede resultar interesante tener alguna información. Uno de los mejores testimonios que he visto hasta el momento ha sido el de Lance Ulanoff, que ha estado probando una de las dos unidades que posee Mashable (a $1.600 cada una), que hace especial hincapié en la facilidad de uso y en la inmediatez con la que se acostumbró a llevarlas puestas y a utilizarlas de manera habitual, tanto él como personas supuestamente menos acostumbradas a la interacción con nuevas tecnologías.

Uno de los temas que me ha llamado la atención es el desarrollo de la interfaz táctil, el llamado “touchpad” lateral que aparece en la fotografía: un rectángulo de plástico estrecho y largo situado en el lateral derecho de nuestra cabeza, sobre el que se pueden realizas diversas acciones, desde simplemente darle un toque suave para activarlo, hasta movimientos en varios sentidos, a lo largo o a lo ancho, con diferente interpretación en función de si son ascendentes o descendentes. Sin tener aún experiencia propia al respecto, la verdad es que parece un buen desarrollo que cumple muchas reglas de usabilidad. Un videotutorial de Google explica brevemente el uso, y la verdad, no parece que haya demasiado que explicar: con muy pocas acciones sumamente intuitivas se avanza o retrocede a través de las Cards (idénticas a las que podemos ver en Google Now), se inician y detienen funciones, y se llevan a cabo acciones como grabar o tomar una fotografía, que pueden también ser activadas mediante comandos por voz.

 

 

Por supuesto, la cosa tambien tiene sus peligros: las gafas no traen ningún tipo de seguridad instalada, ni siquiera un sistema de autenticación, y si alguien pudiese hackear tu dispositivo, podría estar literalmente “viendo lo que tú ves y oyendo lo que tú oyes”. Pero independientemente de esta cuestión, con la que sin duda habrá que lidiar más adelante, el desarrollo del interfaz me ha parecido muy interesante. Pensar en Glass como plataforma de desarrollo y en una multitud de apps adoptando ese tipo de gestos y movimientos como base principal de actuación y relación con el usuario puede aportar una mirada interesante a lo que será la gestión de muchos de nuestros dispositivos en el futuro y nuestra relación con ellos y con la información.



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