03 agosto 2013

Dispositivos implantables: el quantified self, en su frontera

tooth sensorEl ciclo que separa la ciencia-ficción de la realidad se acorta cada día más. Hao-Hua Chu, un profesor de la National Taiwan University que había diseñado un juego asociado a un cepillo de dientes para intentar mejorar la salud bucodental de su hija mostrando qué zonas de la boca habían recibido un cepillado adecuado y cuáles no, investiga un dispositivo con acelerómetro tridimensional recubierto de resina dental e implantable en un diente, y se encuentra con que le permite detectar multitud de pautas de comportamiento, tales como bebida, tabaco, tos, masticación o incluso detección del habla con una sorprendente precisión del 94%.

El hallazgo ofrece una serie de posibilidades que van desde la detección casi infalible de la ingesta en personas que quieren controlar su dieta, al control de la adicción al tabaco, o incluso a la detección de pautas repetitivas en el habla (uso de muletillas, etc.) Aunque aún se encuentra en sus fases iniciales de diseño y desarrollo, la idea tiene infinidad de posibles aplicaciones a muy diferentes áreas que van desde la salud bucodental hasta muchísimos otros temas.

Hace ya bastantes años que los dispositivos implantables no nos resultan en absoluto extraños. Los primeros marcapasos implantables datan de la década de los ’50, y su evolución ha estado sujeta a toda la revolución del mundo de la electrónica que nos ha llevado a dispositivos cada vez más pequeños y con más capacidad de comunicación, permitiendo que sean actualizados o reprogramados sin necesidad de una intervención quirúrgica. Recientemente, una escena de la serie norteamericana Homeland mostraba cómo un vicepresidente era asesinado mediante la intrusión en el dispositivo de control de su marcapasos,

 

 

y desataba toda una oleada de preguntas e inquietudes sobre su posible viabilidad. El paso de la ficción a la realidad ha tardado escasos meses: un conocido hacker, Barnaby Jack, murió el pasado 25 de julio a los 35 años en circunstancias aún no completamente aclaradas, pocos días antes de que presentase en la conferencia Black Hat de Las Vegas una forma de interferir con este tipo de dispositivos.

La idea del cuerpo humano como “última frontera” tiene mucho sentido: cada día más, llevamos encima dispositivos que nos permiten registrar nuestros hábitos, ejercicio físico, movimiento, etc. y nos vamos acostumbrando a considerarlos aliados a la hora de obtener fines como la pérdida de peso o la consecución de hábitos saludables. El smartphone actúa, en muchos casos, como elemento central de la comunicación con esos dispositivos, convirtiéndose en un verdadero hub de control de nuestras Personal area networks, o PAN, compuestas por sensores distribuidos. La idea de contar con más sensores que se disponen en el propio cuerpo, pasando del wearable computing al implantable computing genera sensaciones como mínimo extrañas, pero una gran parte de las decisiones en términos de arquitectura y tecnología ya están más que superadas. De aquí, a un panorama de sensores implantados en diversas partes de nuestro cuerpo que monitoricen elementos de nuestra conducta o fisiología tales como la ingesta, la presión arterial, el ritmo cardíaco o el número de veces que hemos repetido una muletilla determinada. Quedan otras cuestiones, como la lógica inquietud sobre el control de los datos o la seguridad derivada del propio implante, pero ya parece únicamente cuestión de tiempo. Y como ya hemos podido ver, de muy poco tiempo.



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