20 diciembre 2012

Todos los tweets de tu vida

Twitter anuncia en su blog oficial el desarrollo y despliegue gradual de una nueva función, la descarga de toda tu actividad en la aplicación.

La función, deseada por todos los que durante años han convertido Twitter en un reflejo de su  vida, preocupaciones, pensamientos y conversaciones de todo tipo, aparecerá en el menú de configuración de la cuenta inmediatamente debajo del país, y será desplegada de manera progresiva. La opción permitirá solicitar el envío del archivo, tras lo cual recibirás un correo electrónico con las instrucciones para su descarga. La aplicación que recibas contendrá toda tu actividad, tweets, replies, retweets, etc. desde la apertura de tu cuenta, en un formato que permitirá interactuar para realizar búsquedas, ver detalles y todas las demás funciones.

Twitter ha sido siempre una de las empresas que mejor entienden la relación con la información y los términos de uso: la idea central es que la información es propiedad exclusiva de los usuarios, y que estos únicamente conceden a Twitter una licencia temporal para mostrarla en las condiciones que especifiquen. Esto hace que, por ejemplo, Twitter se haya negado a facilitar información de usuarios al gobierno alegando que esa información no les pertenecía ni podían remitirla sin incumplir sus términos de uso, y que por tanto estaban en la obligación de preguntar al usuario investigado si aceptaba que dicha información fuese remitida al gobierno correspondiente. La idea de la función de descarga de archivos presentada hoy, y que fue creada en uno de los hack weeks de la compañía, sigue el mismo principio: dado que la información es propiedad de los usuarios, lo lógico es que puedan descargársela para interactuar con ella a su antojo.

El despliegue comienza hoy con usuarios que tengan tu cuenta configurada en inglés, y continuará a lo largo de varios meses.



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19 diciembre 2012

El malvado Instagram

El anuncio de cambios en los términos de servicio de Instagram, efectivos a partir del próximo 16 de enero, desató ayer una auténtica tormenta en la red a cuenta de la supuesta apropiación y uso de las fotos de los usuarios para fines de todo tipo, incluyendo su uso por terceros, lo que aparentemente daba a Instagram el derecho a vender y usar libremente las fotos de los usuarios. No faltaron entradas llamando al boicot, informando sobre cómo descargar las fotos y eliminar la cuenta (guárdalas, nunca se sabe cuándo pueden ser útiles), usuarios profundamente ofendidos, cerrando sus cuentas, y hasta National Geographic uniéndose a la fiesta para dar forma a una especie de tormenta perfecta a la que la compañía trató de responder lo mejor que pudo.

¿La realidad? En primer lugar, que semejante reacción no estaba justificada. El artículo más acertado al respecto, con un análisis comparado de los términos de servicio de otras compañías, me pareció el del Wall Street Journal, “Why the web is freaking out over Instagram's new terms of service“: no, no se trata de que Instagram se vaya a dedicar a comercializar tus fotos. Simplemente, necesitan que sus términos de servicio permitan a terceras partes como Facebook, Foursquare y otros, insertar tus fotos en tus propias cuentas. Ni más, ni menos.

En realidad, basta con un poco de sentido común: si Instagram, de repente, vendiese una foto de un usuario a otra empresa y esa fotografía apareciese, por ejemplo, como parte en una campaña publicitaria sin el conocimiento de este, la web entera se inflamaría en protestas, y una turba enfebrecida de usuarios se echaría a la calle para quemar a Kevin Systrom en una hoguera plantada en el medio de Times Square. Estamos como en los tiempos de la discusión sobre los términos de servicio de Facebook, ¡que si la empresa te arrebataba la propiedad de tus propias fotografías!! Pocos mitos ha habido tan absurdos como ese, pero con tanta circulación. No, la empresa no te arrebata nada, no se queda con las fotos de tus niños ni con la imagen de tu mujer el día de la boda, sino que se asegura de que va a poder reutilizar tus contenidos… ¡cuando seas tú quien lo pida!

La pronta rectificación de la compañía en boca de su fundador y las aclaraciones de terceros sirvieron para calmar un poco los ánimos: la compañía ha demostrado tener capacidad para escuchar a la red, y reaccionar con la necesaria velocidad. Pero de esta tormenta quedan algunas conclusiones muy interesantes: la primera, que en el mundo de hoy resulta crucial para cualquier empresa escuchar rápidamente y tener capacidad de reacción inmediata. Hablamos de lo que puede aportar un blog corporativo, un CEO con una cuenta en Twitter con muchos seguidores, o en general una presencia en la web social bien organizada. No, la nota de prensa de toda la vida no te va a servir: es más, NO LA USES. te dará una imagen anticuada, apolillada, la prueba de que no te enteras de cómo hay que comunicar en un mundo en el que las cosas no esperan a que termines tu cuidadísima y estudiadísima redacción y estudies cada coma, un entorno que no espera a las ediciones de los periódicos.

La segunda cosa que queda clara es el peso de la reputación en la red: bastó unir el cambio en los términos de servicio de Instagram con su reciente adquisición por parte de Facebook, para que saltaran todas las alarmas. Ya no había ninguna duda, era “la malvada Facebook” cambiando Instagram para apropiarse de nuestras fotos! ¡Di NO, protesta, cancela tu cuenta, échate a la calle! A ver: que ocurran estas cosas es hasta bueno: se prueba que la red reacciona cuando cree que debe reaccionar y, en general, se ponen más altas las barreras de entrada a posibles abusos. Quien quiera ir en contra de los usuarios, se va a encontrar esto o cosas peores, según sea la ofensa, porque ahora los usuarios se organizan con suma facilidad. Pero para Facebook, esto es una llamada de atención, la enésima: su forma de tratar y de comunicar los temas relacionados con la privacidad y los derechos de los usuarios le ha granjeado una reputación tan mala, que la sensibilidad al tema ha crecido hasta el punto de hacer saltar las alarmas de manera injustificada. Sin duda, un tema para preocuparse, y mucho.

De acuerdo: la red funciona y se organiza rápidamente ante posibles abusos. Pero en este caso, muy poco más que ver aquí. Ni Instagram se ha vuelto malvada, ni pretende robar tus fotos, ni las va a publicar en ningún sitio, ni es “la malvada Facebook” aprovechándose de su adquisición. Como mucho, una mala elección de términos escritos no en español ni en inglés, sino en “legalés”, y una peor elección de medio: una entrada en el blog corporativo aclarando los cambios en términos sencillos habría funcionado infinitamente mejor.

Recordemos una cosa: en la red hay muchas cosas que, sencillamente, se autorregulan. Cosas que no van a pasar, porque sencillamente, si ocurriesen, generarían una revuelta que convertiría a la empresa que las hiciese en inviable e insostenible. Vender la propiedad de tus usuarios como si fuera tuya es una de ellas. Tus fotos son tus fotos, estén en la web, en Facebook, en Instagram, en Flickr o donde quieras. Y no, no va a ocurrir, aunque no sea malo estar atentos. Pero ante todo, calma y sentido común.



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Felices fiestas

 

Como todos los años, recurro a la felicitación de IE Business School para enviar mis mejores deseos a todos los que, de una u otra manera, llegáis diariamente al contenido de esta página. La verdad es que a medida que van pasando años, este tipo de tradiciones van adquiriendo su punto :-) Os deseo unas muy felices fiestas y un próspero 2013.

Gracias a todos por estar ahí.



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18 diciembre 2012

La nueva cara de los procesos de selección

Impresionantes magnitudes las citadas en este artículo de Business Week acerca de los procesos de selección, titulado “Job recruiters turn to LinkedIn, social media startups“: LinkedIn generó con su Recruiter nada menos que $138,4 millones de dólares en el tercer trimestre de 2012, el 55% de sus ingresos, cobrando a las compañías una tarifa de $8.000 dólares anuales por mantener hasta dos usuarios activos en la aplicación.

Unido a la creciente serie de startups dedicadas a la selección de personal del tipo de BranchOut y afines, a los dos tercios de compañías que afirman utilizar Facebook para sus procesos de selección, y al 54% que dicen utilizar Twitter para estos mismos fines, la web social se ha convertido, muy por encima de los clásicos job boards como Monster o CareerBuilder, en el verdadero mercado de trabajo. Me trae a la cabeza un artículo que escribí en ABC en octubre de 2006 titulado “¿Estás o no estás?” sobre la web social como nueva expresión del curriculum, tema que posteriormente revisité en 2007, en 2009 y el pasado febrero, y que permiten ver la evolución de este tema: cada día más, el curriculum es una herramienta anticuada que los empleadores tan solo utilizan para acceder a información y reducir su nivel de incertidumbre en la web social.

La caída de los job sites dedicados al listado de candidatos responde a un verdadero cambio en la estructura del mercado, a un reequilibrio entre oferta y demanda. En muchos sentidos y para muchas empresas, el buen candidato no es el que se ofrece en uno de estos sitios, sino aquel cuyas habilidades y experiencia es fácil localizar a través de la web social, esté o no buscando cambiar de trabajo. Cada día más, lo que vale de ti como candidato potencial no es lo que cuentas en tu curriculum, sino lo que la web permite ver. Si lo unimos al creciente uso de herramientas como Klout, el panorama es impresionante: vale la pena leer este artículo en Wired con la experiencia de una directiva que se encontró en medio de una entrevista con que ese Klout score cuyo significado desconocía tenía más peso en el proceso de selección que sus quince años de experiencia. ¿Simplista? Posiblemente. ¿Criticable? También. Pero eso no quita que, nos guste o no, un número creciente de compañías y candidatos se planteen Klout como indicador con más o menos peso en sus procesos de selección.

Nuevo entorno, nuevo mercado de trabajo. La web social como escaparate para tu experiencia, tus contactos, tus conocimientos o tu influencia. Lo que no está o no se intuye en tu presencia en la web, no existe. Si no te parecía importante, ahora tienes razones para pensar que sí lo es.



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17 diciembre 2012

Hablando sobre el mercado smartphone, en Cinco Días

Marimar Jiménez me envió algunas preguntas para documentar el artículo que publicó en la edición fin de semana de Cinco Días sobre el mercado smartphone, titulado “Dell se rinde ante Apple y Samsung en smartphones” (ver en pdf).

A continuación, el texto completo de las preguntas que intercambiamos:

 

P. Dell deja los smartphones, HP también lo ha hecho, y Toshiba fuera de Japón también ha dado marcha atrás… ¿Por qué es tan difícil para estas empresas que vienen del mundo del PC entrar en este negocio, donde Apple, que también venía del mundo de los ordenadores, no solo lo logró sino que sacudió y reinventó todo el sector?

R. Competir en el segmento de los smartphones supone habilidades que no son en absoluto sencillas: el caso de Apple es el de una empresa que reinventa drásticamente un concepto y se apropia en gran medida el espacio que ella misma ha creado, el de Google es un dominio que se lleva a cabo a través del software mediante código abierto, el de RIM en su momento fue un éxito derivado de otra reinvención conceptual… Los casos de fabricantes son diferentes. En la mayor parte de los casos utilizan estrategias basadas en su excelencia en fabricación o ensamblaje, pero carecen de un valor diferencial que vaya más allá. En ausencia de estas estrategias, la posibilidad de convertirse en un actor importante está sumamente comprometida.

P. Según me comentaban hace poco, solo tres fabricantes de smartphones tienen beneficios de este negocio: Apple, Samsung y HTC. ¿Reflexiones al respecto?

R. El segmento smartphone no puede analizarse únicamente según la óptica de los fabricantes, porque es en realidad un ecosistema en el que está el software, los sistemas operativos, las apps, etc. Apple y Samsung ganan dinero, y HTC según el trimestre, lo gana o lo pierde, pero hay mucho más dinero en juego si tenemos en cuenta las ganancias de otras empresas relacionadas.

P. ¿Es el negocio del smartphone casi un oligopolio si se tienen en cuenta las cuotas de mercado? ¿Cómo se puede romper esa dinámica? ¿Y quién la podría romper?

R. El segmento smartphone es todavía inmaduro, queda aún tiempo para que veamos procesos de consolidación que le den una fisonomía más estable. Y terminará por parecerse bastante a lo que era el segmento de los PCs, un oligopolio y mucho competidores que asuman otras estrategias más modestas. Las rupturas pueden venir de cambios bruscos en el concepto, como “desarmar” el smartphone, dotarlo de funciones especialmente novedosas, etc.

P. El hecho de que Dell, HP o Toshiba no logren ser jugadores relevantes en los smartphones ¿qué supone para el futuro de esas compañías? Más teniendo en cuenta que estamos en la era post-PC…

R. La importancia de algunos factores ha cambiado drásticamente. El líder tecnológico de la última década del siglo pasado, Microsoft, tiene hoy una presencia mucho más modesta en el nuevo entorno que se ha creado con la confluencia del PC, los smartphones y los tablets, un entorno en el que su sistema operativo ni siquiera es ya el más utilizado (hay más máquinas con Android y iOS que con Windows). No tener una posición sólida hoy en un segmento con la importancia del smartphone supone una desventaja clara en un subsegmento de elevadísimo crecimiento, y por tanto, una pérdida potencialmente elevada de participación sobre el global de la industria.



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Hablando sobre webs exportadoras, en Casa de América

El pasado miércoles 12 participé en el evento “Webs exportadoras” celebrado en la Casa de América con una breve conferencia de apertura. Al salir, me hicieron una entrevista sobre el tema para su página que han titulado como “Las webs tienen que ser sociales o no ser“.

Intenté fundamentalmente proporcionar algunas ideas sobre cómo la página web debe ser el núcleo de una presencia más amplia establecida en torno a los mecanismos de la web social, y hasta qué punto podía ser importante perder esta visión. La web no es, como algunos creían al principio, un “escaparate universal que nos permite tener presencia en cualquier país”, la cosa es un poco más complicada que todo eso y exportar tu producto o servicio hacia otros mercados suele suponer un esfuerzo muy superior al de mantener una presencia web, pero la web no deja de representar, en muchos sentidos, una disminución de las barreras de entrada que hay que interpretar como tal. Sin que, por supuesto, dejen de ser importantes conceptos como el de escoger países de los que se tenga – por las razones que sea – un cierto conocimiento, y sea recomendable tanto la búsqueda de socios locales como la presencia propia en el mercado.

La entrevista completa dura cuatro minutos y medio.

 



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16 diciembre 2012

El hobbit, la mejora tecnológica, y la tenaz persistencia de la costumbre

La decisión del director neozelandés Peter Jackson de rodar su nueva película, “The Hobbit: an unexpected journey“, íntegramente en digital y a cuarenta y ocho imágenes por segundo (frames per second, o fps) para ser exhibida preferentemente en High Frame Rate 3D está generando una discusión interesantísima, que a menor medida ya tuvo lugar cuando aparecieron en el mercado las primeras televisiones con ratios de refresco de imagen de 100 Hz.

En Business Week critican duramente la película, y afirman que el uso de la citada tecnología provoca que la película se vea como “hecha en casa” con cámaras de aficionado. En Fast Company se preguntan hasta qué punto tan avanzada tecnología ha arruinado la película, o si realmente la película será capaz de iniciar una revolución de películas rodadas a 48 fps.

El fenómeno es un caso claro de persistencia de la costumbre. Durante generaciones, nos hemos fabricado un gusto basado en una limitación tecnológica: el estándar de 24 imágenes por segundo fue escogido hace casi cien años por los cineastas de la época fundamentalmente debido al elevado coste del celuloide. El número de imágenes por segundo debía ser suficiente como para que la persistencia de la retina humana permitiese ver una imagen continua, pero gastando la menor cantidad posible de celuloide, y las 24 imágenes por segundo cumplían adecuadamente esa misión. Las imágenes proyectadas, para las que los espectadores de la época carecían prácticamente de comparables, han sido lo que durante generaciones hemos adoptado como estándar cinematográfico: nos hemos acostumbrado a que, sencillamente, “el cine se ve así”. Es distinto a la realidad, pero lo vemos “natural”, nos parece un atributo intrínseco del cine. Entrecomillo “natural” precisamente por eso: porque lo natural es que la realidad no transcurra a 24 fps.

¿Qué ocurre con las primeras televisiones con ratios de refresco de 100 Hz.? Que muchos espectadores se quejan de que lo que ven en ellas tiene un aspecto “poco televisivo”, como si fuera “un teatrillo”, como si estuviese rodado “con una cámara barata”. La realidad es exactamente la contraria: a ese ratio de refresco, las imágenes se ven mejor, pero ese “mejor” es, para muchos, “demasiado bueno”. En mi casa tengo desactivada la función de 100 Hz. en contra de mi voluntad por decisión de mi mujer, que es la que gobierna sobre la televisión (y sobre muchas otras cosas, pero para qué vamos a hablar de ese tema :-) En el cine, al bueno de Peter Jackson le está pasando exactamente lo mismo: su película se ve “demasiado bien”. Las imágenes son enormemente nítidas, infinitamente más reales, lo que los angloparlantes definen con la palabra “crisp”. Pero para muchos espectadores, profesionales y críticos, eso “no parece cine”.

En mi caso, adoro ese nuevo aspecto. No solo por ser un enamorado del avance tecnológico, sino por una historia más personal. Durante más de tres cuartas partes de mi vida viví con una fuerte miopía, que se estabilizó en torno a las diez dioptrías, y de la que decidí operarme en 1998. La operación fue tan exitosa que me dejó una visión prácticamente perfecta, y recuerdo de manera especialmente viva como yo carecía completamente de ningún recuerdo de semejante calidad de visión: durante toda la vida que era capaz de recordar, mi mejor visión corregida no se parecía en nada a cómo era capaz de ver de la noche a la mañana. De repente, de una manera absolutamente asombrosa, las mujeres eran más guapas y los paisajes más bonitos, y yo iba como un idiota con los ojos completamente abiertos por todas partes, literalmente alucinando con lo bonito que me parecía todo. Tardé bastantes días en acostumbrarme a que, en realidad, “el mundo era así”, y no como lo había estado viendo los treinta y tantos años anteriores. Desde entonces, cuando veo algo rodado a mayor calidad en televisión o en cine, evoco aquella sensación de que “la realidad no era como yo la veía, sino mucho mejor”. Y en mi caso, no había ningún botón ni ningún momento en el que mi percepción volviese a degradarse para parecerse a la anterior: me pasará lógicamente con los años, pero de manera gradual y difícil de percibir.

Lo que vemos el cine no es la realidad. Es el cine. Se ve diferente. Es, sencillamente, cómo nos han contado durante generaciones que debía verse el cine, en función de un criterio de limitación tecnológica y de contención de costes de producción. Protestar porque esa percepción de la realidad a través de la ventana de la pantalla mejora bruscamente puede sonar muy romántico, muy “fiel a la tradición”, pero no es más que la persistencia de la costumbre, la tenaz resistencia a cambiar algo a lo que estamos muy acostumbrados. En este caso, además, el cambio es más complicado, porque a un lado y a otro sigues teniendo películas y contenidos rodados con la tecnología convencional, y lo nuevo es lo que percibes como diferente.

La sensación es todavía más fascinante desde un punto de vista tecnológico si consideramos que la queja de muchos espectadores es que tienen la sensación de que aquello se ve “como si lo hubieran hecho con una cámara casera”. Hablamos del fenómeno de la curva de calidad: la mejora tecnológica es tan rápida, que la tecnología que los consumidores adoptan en el mercado de consumo puede superar la que está en uso en mercados profesionales, sujetos a mayores resistencias al cambio. El resultado es que a muchos espectadores, la película les parece como si estuviera hecha en vídeo, y la percepción que asimilan es la de una calidad menor, no mayor. La percepción de calidad se identifica con lo que el cine les ha ofrecido hasta ese momento, no con el cómo de parecido es el resultado a la realidad.  No todos los cines emitirán “The Hobbit” a 48 fps, solo aquellos que técnicamente puedan hacerlo, y a muchos, sin duda, les va a costar acostumbrarse al cine a 48 fps. Entrar en cuestiones de  gustos en este caso es trivial, pero si tienes la oportunidad de ver la película como debe ser, no te gusta, y no crees ser capaz de acostumbrarte a la nueva calidad que la tecnología permite, piensa que, en realidad, estás dejándote influenciar ni más ni menos que por una cuestión de costumbres arraigada durante generaciones, y motivada por una limitación tecnológica y de contención de costes. Estarás prefiriendo algo objetivamente peor, porque te han acostumbrado a que “es como debe verse”, porque así los cineastas del pasado ahorraban dinero en celuloide.

Tecnológicamente… fascinante.



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