20 enero 2011

En clase con Marisa Toro, Directora de Comunicación de Google

Ayer, en una de mis clases del International MBA, tuve como invitada a Marisa Toro, Directora de Comunicación de Google. Marisa lleva justamente un año en Google, y proviene de una amplia trayectoria de más de quince años en puestos de comunicación y relaciones con medios en empresas multinacionales, y tengo que agradecerle que ayer, en un día especialmente movido para ella debido al tema de la Agencia de Protección de Datos en la Audiencia Nacional, pudiese hacer hueco para pasarse una hora y media en clase.

A mis invitados siempre les digo lo mismo: no se trata de “presentar la compañía”, sino de asumir que enfrente van a tener personas con amplia formación, experiencia y diversidad, que se han preparado el tema, y que van a preguntar todo lo que les preocupe o interese de la empresa, sea políticamente correcto o no. En el caso de Marisa, siendo directiva del área de Comunicación, la cosa tenía su gracia: una postura excesivamente “oficialista”, poco personal o que rehuya dar información no suele funcionar. Sin embargo, la clase estuvo fantástica, y los alumnos terminaron encantados y con sensación de alto valor añadido. Y como habitualmente suelo, mientras el invitado habla, dedicarme a ilustrar en la pantalla de la clase los temas que van saliendo con enlaces que puedan ser relevantes, al final me encontré con un montón de pestañas abiertas que recogían los temas que se comentaron. La lista no es exhaustiva, puede habérseme escapado algún tema, y no necesariamente son los mejores enlaces (los extraigo de búsquedas en el momento y no tengo ni idea de qué tema va a salir, no hay nada preparado). Pero pensé que podía ser interesante recopilarlos: ¿qué temas interesan o son relevantes para los directivos a día de hoy con respecto a Google?

(Enlace a la entrada original - Licencia)

19 enero 2011

Facebook, Goldman Sachs y la asimetría informativa

El culebrón que Facebook está viviendo a cuenta de la oferta de acciones hecha por Goldman Sachs a sus clientes es para reflexionar. Facebook es, a día de hoy, la propiedad más visitada en la red. Su nombre y sus seiscientos millones de usuarios inspiran un enorme potencial y valoraciones que exceden los límites del sentido común.

Para Goldman Sachs, obtener un paquete accionarial importante y poder distribuirlo entre sus clientes es, indudablemente, un gran triunfo: por un lado, se posiciona como una empresa capaz de ofrecer inversiones con elevadas perspectivas de rentabilidad en un momento de mercado triste, gris y con pocas alternativas. Y por otro, se acerca a la compañía y se posiciona como el banco de inversión de cabecera para manejar una salida a bolsa que tendrá lugar más pronto que tarde.

Sin embargo, suponer que la inversión de cuatrocientos cincuenta millones realizada por Goldman Sachs en Facebook es directamente extrapolable al total del porcentaje accionarial para obtener una valoración total superior a los cincuenta mil millones es, posiblemente, mucho suponer. No porque Facebook no pueda llegar a valerlos, que indudablemente es una gran empresa con un elevadísimo potencial, sino porque las cifras de facturación y beneficios de Facebook hoy obligarían a multiplicadores situados fuera de los límites de la razón (en ese sentido ya me pronuncié anteriormente). Si Goldman Sachs paga ese dinero por ese porcentaje es porque sabe que puede revenderlo ganando una plusvalía y una comisión a clientes dispuestos a invertir el mínimo de dos millones de dólares que pide. Y si esos clientes pagan esas cantidades, es porque tienen una estimación de la fecha de salida a bolsa de la compañía y la expectativa de que un nuevo grupo de inversores querrá pagar cantidades mayores por esas acciones llegado ese momento, ni más ni menos. No es una valoración, una valoración es otra cosa: se trata de un mero juego de entrada y salida de capital de la compañía en función de las circunstancias.

En ese juego, las circunstancias vienen muy determinadas por las expectativas sobre el valor de la compañía, y sobre la información que se maneje de ella. Para evitar dar información pública y manejar bien ese tempo, Goldman Sachs diseñó un complejo juego – truco, diríamos, o “special investment vehicle” – destinado a evitar la norma de la SEC que obliga a las compañías a proporcionar información pública si su número de accionistas supera los quinientos. La jugada le salía impresionantemente bien: informaba a sus clientes, y podía crear demanda para las acciones. Pretendía obtener mil quinientos millones por las acciones de Facebook, y tenía ya peticiones de clientes por encima de los siete mil. ¿Problema? La fortísima atención mediática generada por dicha oferta ha desencadenado que la SEC amenace con considerar la oferta como de facto pública: aunque Goldman Sachs no haya dicho nada públicamente al respecto, la ley norteamericana prohibe, para proteger al inversor, la publicidad y la oferta de inversiones privadas, y la intensa atención mediática puede llegar a considerarse en cierto sentido un modo de publicidad que atrae clientes a dicha inversión.

Al final, Goldman Sachs se ha visto obligada a excluir de la oferta a los inversores norteamericanos y centrarla en inversores extranjeros no protegidos por la norma de la SEC. Algo que, aunque no dificultará su objetivo de colocar bien las acciones (la banca siempre gana), le provocará no pocos dolores de cabeza en sus relaciones con sus clientes del país. Los inversores norteamericanos solo podrán invertir en Facebook si la compañía sale públicamente al mercado. En un mundo en el que la información fluye libremente, vivir de la asimetría en el manejo de información se vuelve necesariamente más complejo…

(Enlace a la entrada original - Licencia)

18 enero 2011

La ministra y sus errores

“El adversario es otro“, artículo de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en El País de hoy. Con título de apariencia conciliadora, pero que está indudablemente llamado a ser polémico: para mí, estamos un poco en lo mismo de siempre, en las mismas desgastadas premisas que impiden un diálogo de verdad fructífero en este tema.

El adversario aquí, señora ministra, es precisamente ese: los errores de concepto. El problema para mí como usuario de la red es pretender discutir con alguien que, antes ya de sentarse, asume que para mí los enemigos son lo que usted llama “la gente de la cultura”. No es así, ni lo ha sido en momento alguno. El enemigo para los usuarios de la red no son los creadores, conjunto en el cual muchos directamente nos consideramos, sino la industria cultural. Los únicos casos en los que los autocalificados como “representantes de la cultura” se convierten en enemigos es cuando, por las razones que sean entre las que sin duda se encuentra el llamado “síndrome de Estocolmo”, asumen ciegamente las posiciones de la industria cultural y se dedican, con actitudes de auténtico kamikaze, a insultar a los ciudadanos.

Los “creadores”, señora ministra, no son nuestros enemigos. Primero, porque muchos lo somos, aunque estemos muy lejos de estar representados por absurdas “Coaliciones de Creadores” que son en realidad coaliciones de empresas intermediarias neoluditas que se oponen al progreso. Con los creadores, señora ministra, no nos cuesta nada entendernos, porque compartimos fines comunes. Queremos que el creador pueda vivir de su obra – aunque eso no sea un derecho, como no lo tiene el panadero a vivir de sus panes si hace un pan muy malo o que sus clientes no aprecian, sino algo que el mercado concede a quienes se lo ganan. Queremos que el creador sea remunerado por todo uso que se haga de su obra con ánimo de lucro. Y preferentemente, que sea remunerado de una manera que permita que la parte del león se la lleve precisamente ese creador, y no una industria predadora e intermediaria que le deja las sobras en forma de números de un solo dígito mientras lo justifica con fantasmas e ineficiencias. No, el creador no es nuestro enemigo ni lo ha sido nunca. De hecho, a aquellos creadores que se dan cuenta de ello, que entienden la nueva estructura del mercado y usan la red para estar más cerca de los ciudadanos y para proporcionar a éstos razones para comprar sus productos, les va bastante, bastante bien.

El enemigo, señora ministra, es la industria cultural que, y perdóneme que se lo diga de forma cruda, usted representa. La industria cultural que la puso a usted ahí. La industria cultural que, como bien reveló WikiLeaks, influencia sus decisiones. La industria cultural que trata a los consumidores como a imbéciles sin criterio. La industria cultural que usted no ha parado de favorecer desde que llegó al ministerio incrementando las cuantías de las subvenciones. La industria cultural que ha hecho que a usted no se la conozca como “ministra de Cultura”, sino como “ministra de Industrias Culturales”, o incluso directamente como la “ministra de EGEDA”.

Una ministra que asume directamente y da por buenos clichés que hablan de una generación hastiada, de usuarios de la red disfuncionales y con vidas insatisfechas, afectados por un aparente desánimo proveniente de todo tipo de crisis, que se sumergen en la red para evadirse de su triste realidad… Ministra, no me reconozco, ni reconozco en el tono de su artículo a ninguno de mis amigos que usan la red habitualmente. Mientras no sea usted capaz de asumir que en la red hay mayoritariamente ciudadanos normales y corrientes, personas que no tienen un problema – tiene muchos, pero no están todos condicionados por ellos ni todos en la mismo sentido – y sobre todo, personas con una enorme pluralidad, como no podía ser de otra manera, mientras siga viendo a los ciudadanos que utilizan la red como “bichos raros sujetos a algún tipo de patología”, las cosas van a seguir poniéndosele muy, muy difíciles. Los “raros”, señora ministra, no somos los ciudadanos que usamos la red, que somos ya más de la mitad de los ciudadanos españoles, sino los trogloditas con los que usted se reúne, los que se niegan tercamente a aceptar los efectos que la red trae consigo. Los que pretenden preservar sus negocios sin adaptarse a la red a base de restringir las libertades fundamentales de los ciudadanos. Los que pretenden o quieren pretender que una ley va a servir para detener o restringir un comportamiento asentado e imparable, que únicamente se podría evitar mediante el planteamiento de alternativas que el mercado considerase positivas – y seguramente, no viniendo de los mismos que se han dedicado a alienar innecesariamente a ese mercado con insultos e improperios. Las sociedades de gestión pueden decir lo que quieran a día de hoy, pero pasará al menos una generación antes de que el mercado acepte nada que venga con su nombre, su sello o su presencia.

Efectivamente, el adversario es otro. El adversario es un ministerio que no defiende en modo alguno al creador, sino a aquel que una vez hace años fue dueño de un recurso escaso que permitía al creador comercializar su obra. El impresor, la discográfica, la distribuidora, todos aquellos que durante muchos años resultaron fundamentales para que el creador pudiese encapsular su obra y hacerla llegar a su público. El adversario son las entidades de gestión que, a pesar de haber sido denunciadas por la Comisión nacional de la Competencia como ejecutoras de un monopolio nocivo para artistas y ciudadanos, siguen teniendo un papel cada día más reforzado. Los adversarios son todos aquellos que han visto su papel reducido, eliminado o como mínimo redefinido por la llegada de la red y que, lejos de asumirlo, pretenden enfrentarse a ello como si un dinosaurio pudiese enfrentarse a la glaciación y ganar simplemente maldiciéndola. El adversario, señora ministra, es usted.

(Enlace a la entrada original - Licencia)

17 enero 2011

Hablando sobre redes sociales, en Ara.cat

Álvaro Martínez, del diario Ara.cat, me envió por correo electrónico algunas preguntas para un artículo en el que estaba trabajando para el suplemento cultural, Time Out. Salió ayer, y hoy me ha enviado el artículo, “Món 2.0“, en formato pdf. Está en catalán.

A continuación, como hago habitualmente, el texto completo de las preguntas que intercambiamos:

P. ¿Qué es lo que hace que una plataforma, web o aplicación, sea “social”?

R. Una plataforma, web o aplicación se vuelve social cuando se le incorporan funciones sociales y se modifica su filosofía y diseño para que estas tengan sentido. Funciones sociales son aquellas que facilitan un uso social de la información, es decir, que ésta pueda ser valorada. votada, comentada, reenviada, u otras funciones de perfil similar que posibilitan una mayor interacción del usuario con la información, un flujo bidireccional. Estas funciones pueden reflejar diversos niveles de implicación del usuario: se suele reconocer que un clic en una estrellita para valorar una información supone un nivel de implicación menor que un voto para incrementar la visibilidad de dicha información, que a su vez es menor que un comentario o menor que un reenvío, aunque sobre esto hay diversas teorías. Además, se suele hablar del fenómeno social en términos porcentuales: no todos los usuarios se implican lo suficiente como para abandonar la actitud pasiva o lurking, y de hecho el porcentaje más citado suele ser de 1:9:90, por cada usuario que lleva a cabo una acción de alta implicación como un comentario, nueve realizan acciones de implicación algo menor (votaciones, etc.) y noventa permanecen en modo unidireccional o pasivo.

P. ¿Nos pueden hacer más sabios las redes sociales? ¿En qué sentido pueden influir en nuestros hábitos culturales

R. Las redes sociales nos permiten visualizar una dimensión adicional de la información, que además está incorporada en los usos y costumbres del ser humano desde que éste se constituyó en animal social. Resulta evidente que las acciones de terceros condicionan en diversos grados las nuestras, y que dicha influencia suele ser mayor cuando consideramos a esos terceros como “referentes” o “confiables”. Las redes sociales permiten que esas redes de influencia permanezcan ante nuestros ojos de manera independiente a otros factores como limitaciones espaciales o temporales, lo que dota a nuestro universo informacional y a nuestra interacción con el mundo de una dimensión social que antes estaba condicionada a encuentros o comunicaciones puntuales.

P. ¿Cómo han influido en la sociedad las redes sociales? ¿En qué aspectos han dejado una huella más notoria?

R. La creación de una capa de interconexión permanente posibilita una sociedad en la que determinadas cuestiones se articulan de manera mucho más ágil, más inmediata, más directa. Es la materialización del “sentido social”, de la retroalimentación a través de tu red. Esto es algo que va a tener influencia en todo lo que hacemos, desde lo más frívolo o lo más comercial, a ámbitos como el pensamiento y la política.

P. Conociendo la oferta y previendo los avances tecnológicos: ¿Hacia dónde cree que irán las redes sociales? ¿Cómo avanzarán?

R. Lo normal es que las redes sociales vayan extendiendo su ámbito a un número cada vez mayor de aspectos de la vida de las personas, dado que, salvo en situaciones puntuales y muchas veces casi patológicas, no suelen ser sustitutivas, sino complementarias de otras actividades. Una persona que tiene muchos amigos en una red social – y me refiero a “amigos”, a personas a las que realmente conoce, no al mal uso que supone incorporar como “amigos” a personas con las que se carece de relación real – no suele sustituir su contacto con éstos por un uso desenfrenado de la red social, sino utilizar ésta para complementar su relación cuando no está con esas personas, para evitar una descontextualización derivada de factores como el tiempo o la distancia. Por tanto, iremos viendo como utilizamos las redes sociales cada vez para más cosas, desde el consumo hasta la política.

(Enlace a la entrada original - Licencia)

16 enero 2011

?La nueva biblioteca de Alejandría?

Al hilo de los diez años de Wikipedia, escribí este artículo para la revista de Paradores titulado “La nueva biblioteca de Alejandría”. El pdf y el artículo traducido al inglés los tendré en breve, o se pueden leer en la web de la revista, a partir de la página 30. Mientras, el texto en español:

La nueva biblioteca de Alejandría

La biblioteca de Alejandría era una idea evocadora, casi mágica: que en pleno siglo III a.C. alguien pretendiese reunir todo el conocimiento generado por los sabios y filósofos de la Humanidad bajo un mismo techo, y ponerlo a disposición de los estudiosos en cientos de estanterías con salas destinadas a su estudio y discusión tiene una imagen romántica, de búsqueda del conocimiento universal. En su momento de auge, la biblioteca llegó a tener más de novecientos mil pergaminos procedentes de todo el mundo conocido, sistemáticamente clasificados, estudiados y discutidos por alumnos de diversas procedencias y religiones. Después, fue destruida.

No fue hasta la Francia del XVIII cuando los hombres recuperaron la pasión por almacenar, clasificar y procesar el conocimiento universal. El enciclopedismo pretendía transmitir la información de manera eficiente, intentando preservar la esencia y la objetividad según los criterios de la época. Entre 1751 y 1777 se publicaron veintiocho volúmenes y seis tomos de suplemento que resumían el pensamiento de la Ilustración inglesa y francesa mediante textos y dibujos, coincidiendo en el tiempo con la publicación en 1768 en Edimburgo de la primera edición de la Encyclopædia Britannica. Con una primera edición en tres volúmenes que llegaron a treinta y dos en 1985, la Britannica se diferenciaba de L'Encyclopédie francesa por su enfoque conservador. Actualmente posee una cierta reputación de excelencia: contiene setenta y cinco mil artículos con más de cuarenta y cuatro millones de palabras, y una política editorial que asegura que cada artículo es revisado al menos dos veces cada década. En Britannica trabajaban diecinueve editores y más de cuatro mil expertos, y tenía un precio de entre 1.400 y 2.200 dólares según la encuadernación.

En 1993, Microsoft lanzó Encarta, una enciclopedia en CDROM, por sesenta dólares, y la convirtió en pocos años en la enciclopedia más vendida del mundo: ante la imposibilidad de competir, Britannica fue malvendida. Los usuarios ya no valoraban la exactitud de la información, sino su disponibilidad, su facilidad de uso y el atractivo de sus contenidos. Su calidad no era como la de Britannica, pero alteró los atributos valorados por el usuario. En Britannica, el usuario debía recorrer lomos de libros, pasar páginas hasta localizar la definición, y encontrar únicamente un texto. Como mucho, una única ilustración. Frente a eso, Encarta ofrecía una experiencia sencilla, cómoda, entretenida y multimedia.

Wikipedia se fundó en 2001, y su llegada alteró el panorama: cuanto más crecía, más perdía Encarta. Ofertas y recortes de precio no pudieron salvarla: como ocurrió con Britannica, Microsoft quiso ver la gratuidad de Wikipedia como la clave de su popularidad, y no vio como el concepto cambiaba de nuevo. Ahora, una enciclopedia debía ser exhaustiva e inmediata, superar “la prueba del morbo”: si veías la noticia del fallecimiento de un personaje e ibas a Wikipedia, aparecía ya como fallecido. En su última edición, los sesenta y cinco mil artículos de Encarta palidecían frente a los más de 2.7 millones de la Wikipedia. Microsoft cerró el proyecto en marzo de 2009. En pocas horas, la noticia del cierre ya estaba en Wikipedia.

Wikipedia resulta inexplicable y paradójica. Que algo “hecho por cualquiera” tenga calidad desafía nuestras percepciones. El profesor de mi hija tuerce el gesto cuando sus alumnos usan Wikipedia, y califica la fuente de “poco rigurosa”. Sin embargo, Wikipedia es hoy la mejor, más completa y rigurosa enciclopedia del mundo: un artículo de Nature comparó una muestra de definiciones aleatorias de Wikipedia y Britannica, y encontró una media de cuatro errores por artículo de Wikipedia por tres en Britannica. En errores “serios” hubo empate: cuatro por fuente. Las cifras demostraban la fiabilidad de Wikipedia: la diferencia no era estadísticamente significativa. Pero había un factor más: las entradas en Wikipedia son 2.6 veces más largas, lo que mejora el ratio texto/errores a su favor. Considerando que Britannica mantiene un consejo editorial de expertos que escriben y revisan cada artículo, mientras Wikipedia somos cualquiera de nosotros, el resultado es para pensar. Y no porque los editores de Britannica sean malos, sino porque el trabajo de la inteligencia distribuida es insuperable.

¿Ha probado Wikipedia? No me refiero a si ha buscado en ella: eso tiene poco mérito. Edítela: diríjase a la Wikipedia en español – la inglesa es más completa y puede resultar complicado encontrar donde aportar – y busque un término del que sepa más que la media. No busque términos polémicos, esos son objeto de una protección especial. Cuando lo encuentre, lea cuidadosamente su definición, como quien corrige un examen. Busque errores tipográficos, explicaciones incompletas, algo donde pueda aportar sin copiar de otra fuente.

Tendrá que crear una cuenta en la esquina superior derecha: proporcionar una dirección de correo electrónico y validarla. Con ella, haga clic en “Editar”. Verá un lenguaje sencillo, en el que simplemente tiene que escribir y, si quiere un enlace a otra página de Wikipedia, poner dos pares de corchetes. No estropee ni rompa nada, no sea vándalo. Haga su cambio, previsualícelo y grábelo. Sienta lo que significa ser AUTOR de una enciclopedia, aportar su grano de arena a la creación de una obra común. Así se construye Wikipedia: con las aportaciones de miles de autores que saben de un tema concreto, y quieren contribuir. Sobre eso, unos mínimos sistemas de supervisión colectiva, una pirámide de editores que corrigen los temas en los que son expertos, y que revierten daños con un simple clic.

Cuando vea una de esas noticias que pretenden ridiculizar la Wikipedia por sus errores, ya sabe lo que ha sucedido: un “periodista” que no deja que la realidad le estropee una noticia ha entrado en Wikipedia, ha introducido un cambio ridículo, y ha hecho una captura antes de que los editores pudiesen corregirlo. Cualquiera puede hacerlo, pero la mayoría de los errores se corrigen rápidamente. Wikipedia es uno de los grandes éxitos de la sociedad colaborativa, aunque pueda resultar complejo entender qué lleva a una persona a dedicar su tiempo a contribuir a ella. Pero es sencillo: entre todos, estamos reconstruyendo la biblioteca de Alejandría.

(Enlace a la entrada original - Licencia)

15 enero 2011

Túnez, su revolución, y los medios sociales

Túnez está muy cerca de España. Y sin embargo, los ecos de la revuelta que ha terminado con el presidente Ben Ali metido en un avión rumbo al exilio en Arabia Saudí han llegado a nuestro país de manera muy diluida, casi imperceptible.

En el desarrollo de la revolución tunecina hay, como siempre, una muy amplia variedad de factores. Pero sin duda, uno de ellos ha sido el importantísimo papel que la red y los medios sociales han tenido en la explosión y la coordinación de las acciones que llevaron al desenlace final, algo de lo que los medios españoles no se hacen prácticamente eco. Si quieres entender cuál ha sido el papel de los blogs, de WikiLeaks, de Twitter, de Facebook y de Anonymous en el desarrollo de la revolución tunecina, te recomiendo los siguientes enlaces:

Si has leído algún otro buen análisis de este tema, por favor, déjalo en los comentarios. A mí estas tres lecturas me han parecido muy recomendables para que hacerse una idea de ese papel.

¿Revolución Twitter? No, o no únicamente. Pero ojo. Mucho ojo. En un mundo hiperconectado en el que los focos de atención han pasado de estar férreamente controlados a escapar a todo control, determinadas cosas pueden ocurrir con mucha, mucha más facilidad. Antes, la coordinación necesaria para provocar una reacción social generalizada solo podía obtenerse con eventos especialmente dramáticos o con situaciones límite provocadas por una multiplicidad de factores. La coordinación no era sencilla, y de hecho, las revoluciones tendían a caracterizarse por ser sumamente descoordinadas. Pero las cosas han cambiado. En una democracia moderna, la tecnología ya no es una herramienta en manos del poder para controlar al pueblo, sino precisamente lo contrario: una herramienta en manos del pueblo para controlar a quienes ejercen el poder. No, los medios sociales no provocan revoluciones por sí mismos, pero pueden convertirse en un desencadenante de las mismas. Túnez, como Irán anteriormente, no son hechos aislados: son una tendencia imparable.

(Enlace a la entrada original - Licencia)