06 julio 2012

La derrota de ACTA, columna en Expansión

Mi columna de esta semana en Expansión se titula “La derrota de ACTA” (pdf), y es una adaptación para formato y público del diario en papel de mis opiniones e interpretaciones sobre la importancia de la humillante y categórica derrota que el Acuerdo Comercial Anti-Falsificación (ACTA) sufrió en el Parlamento europeo.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

La derrota de ACTA

El pasado miércoles, el Parlamento europeo rechazó el llamado Acuerdo Comercial Anti-Falsificación, ACTA por sus siglas en inglés. Su derrota por 468 votos frente a 39, con 165 abstenciones supone la mayor derrota para una propuesta legislativa en la historia del europarlamento.

Un parlamento que decidió levantarse y mostrar su dignidad frente a un tratado mentiroso y manipulador que, bajo la excusa de un acuerdo comercial anti-falsificación, proponía la criminalización y la monitorización preventiva de todos los ciudadanos.

ACTA era, sencillamente, una aberración. Empresas de telecomunicaciones vigilando todo lo que hacían sus usuarios en la red, medicamentos genéricos capaces de salvar vidas prohibidos, empresas privadas convertidas en una auténtica policía del copyright… Un tratado negociado durante años en secreto por representantes no elegidos democráticamente, un intento de secuestro de las estructuras democráticas al que muchísimos ciudadanos convertidos en potenciales víctimas se han opuesto vehementemente. Miles de correos electrónicos y llamadas de estos ciudadanos a sus representantes en el Parlamento europeo y la acción decidida de algunos activistas han conseguido generar en una amplia mayoría de los mismos la evidencia de que algo estaba mal, de que la vía de la represión y la criminalización no era la forma adecuada de proteger los derechos de autor. Que los derechos de los creadores se protegen con más mercado, no con persecuciones absurdas que no llevan a ningún sitio.

Muchas de las demenciales medidas propuestas por ACTA volverán al Parlamento europeo bajo otros disfraces. Los lobbies son así. Incansables. Pero por una vez, 468 representantes han interpretado la voluntad de los ciudadanos y han defendido sus intereses, han desactivado el engaño al que se les intentaba someter.

La derrota de ACTA es una estupenda noticia. La demostración de que cuando los ciudadanos se unen, pueden lograr cambios. De que el activismo es la única respuesta. La próxima vez les resultará, esperemos, algo más difícil. Enhorabuena a todos.



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En La Nube, con Tony Garrido

Ayer estuve en La Nube, el programa de RTVE, con Tony Garrido, titulado esta semana “Un instante en el futuro”. La idea era imaginar el futuro cercano, en torno al año 2020. Fundamentalmente intenté trasladar ideas relacionadas con la interpretación de la tecnología como variable de contexto, con la ubicuidad, la adopción de nuevas ideas sobre privacidad (o sobre la falta de la misma como un fenómeno casi natural e inherente a quienes han nacido y vivido en un entorno de interconexión permanente), o sobre la inutilidad de oponerse a un avance tecnológico que depende fundamentalmente de la aceptación social y el nivel de adopción.

El vídeo del programa completo está ya disponible en la sección “A la carta” de la web de RTVE:

 

Ver vídeoLa nube - Un instante en el futuro


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05 julio 2012

Hola democracia. Adiós, ACTA

La imagen para el recuerdo: un montón de eurodiputados sosteniendo carteles que dicen “Hello democracy. Goodbye ACTA“. Tras innumerables actos de presión ciudadana, miles de correos electrónicos enviados, artículos escritos, llamadas telefónicas, charlas a grupos parlamentarios de distinto signo en Bruselas, recogidas de firmas, etc., el Parlamento europeo muestra su dignidad y rechaza ACTA con el resultado más aplastante jamás recibido por una propuesta legislativa: cuatrocientos sesenta y ocho votos en contra frente a treinta y nueve a favor y ciento sesenta y cinco abstenciones.

Los eurodiputados que votaron afirmativamente intentaron aprobar un tratado liberticida, criminalizador y represivo, un intento de convertir a los proveedores de servicios de internet en una policía privada del copyright al servicio de la industria, de prohibir el acceso a medicamentos genéricos para asegurar los intereses de las farmacéuticas… una auténtica aberración. Los cobardes que se abstuvieron, en realidad, mienten con total hipocresía: no hicieron otra cosa más que intentar aplazar la votación para ver si llegaban tiempos más favorables, mientras apoyaban el tratado con todas sus fuerzas y en contra de los intereses de los ciudadanos que los votaron.

Lo importante de ACTA es hasta qué punto ha conseguido que tanto eurodiputados como ciudadanos tomen conciencia de hasta qué punto la política está cambiando. Las más de veinte respuestas que he ido recibiendo de eurodiputados en contestación a mis correos electrónicos solicitando el voto negativo a ACTA – y soy perfectamente consciente de las dificultades que entraña responder a miles de correos de ciudadanos en este sentido – son mensajes serios, con explicaciones claras y detalladas, mensajes que demuestran preocupaciones genuinas. Mensajes no de partido, sino de personas, como debe ser. De representantes que están viviendo la presión ciudadana y que rechazan dejarse influenciar por los argumentos torticeros de los lobbies. Ayer, tras la votación, muchos diputados volvieron a contestar informando del resultado de la votación y agradeciendo los argumentos y las acciones realizadas. Por primera vez en mucho tiempo, el ciberactivismo ha conseguido que los ciudadanos tuviésemos una influencia sobre un parlamento que, aunque aún no sea igual que la que tienen unos lobbies que entran en el edificio con alfombra roja, puede conseguir cosas.

Conviene leer a Rick Falkvinge, una de las personas que más ha hecho por todo esto, que más se ha movido, que más ha argumentado e impulsado campañas de rechazo. El humillante rechazo de ACTA es mucho, mucho más importante de lo que parece. Ahora hay más de cuatrocientos diputados convencidos de que la vía para solucionar los temas relacionados con el derecho de autor radica no en la represión ni en la vigilancia de los ciudadanos, sino en el desarrollo de mercado y en la evolución del propio concepto de propiedad intelectual. Además, y todavía más importante si cabe, millones de ciudadanos han visto que el ciberactivismo no es ni una pérdida de tiempo, ni un conjunto de acciones quijotescas o extravagantes: puede realmente conseguir cosas. El activismo, de hecho, es la única respuesta.

A todos los que participasteis enviando correos o escribiendo sobre el tema, muchísimas gracias. Esto es mucho más importante de lo que parece. A los que no lo hicisteis: pensadlo para la próxima vez. Mucha de la basura liberticida que ACTA pretendía imponer volverá al Parlamento europeo bajo diferentes disfraces: está en la naturaleza de los lobbies. Tenemos que seguir ahí.



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04 julio 2012

Tan natural como mover las manos

Me ha gustado este producto de Leap Motion, disponible ya en pre-encargo por $75 para ser entregado en diciembre de este año o enero del que viene, por dos razones: en primer lugar, por la naturalidad del uso de la interfaz. Tanto si hablamos de algo tan habitual como hacer scroll en una pantalla, de ampliar o reducir con el movimiento de dos dedos, de uso de controles en juegos de todo tipo, de acciones como la manipulación de objetos en 3D o de dibujar y escribir en el aire, lo que vemos son acciones plenamente intuitivas, algo tan natural como mover las manos.

Y en segundo lugar, por la evocación a las interfaces de trabajo con ventanas y objetos que vimos conceptualizadas en Minority Report, una película del año 2002, una visión “futurista cercana” en la que era necesario utilizar guantes especiales para su manejo: aquí no solo no son necesarios, sino que puedes además definir el uso de otros objetos como lápices, armas para juegos, etc. o unos palillos chinos. Mover o gestionar comandos mediante una interfaz de este tipo no es en sí algo tan novedoso, Microsoft lo planteó con gran éxito en noviembre de 2010 con Kinect, un dispositivo que además permitió hackear con profusión, pero la diferencia es fundamentalmente  un planteamiento de uso mucho más general, más allá de lo puramente lúdico, y un manejo que resulta muchísimo más preciso: unas doscientas veces más preciso que otros dispositivos similares en el mercado.

 

 

Puedes leer más sobre el tema en artículos que le han dedicado en MIT Technology Review, que lo califica nada menos que como “la nueva tecnología más importante desde el smartphone“); en The Verge, que habla de “una Kinect con esteroides“; o en C|Net, donde destacan sus posibilidades como plataforma para aplicaciones y su enfoque a dicha estrategia con el envío de entre quince mil y veinte mil kits gratuitos para desarrolladores. La empresa levantó el pasado mayo 12.75 millones de dólares con la promesa de “cambiar el futuro de la interacción hombre-máquina”. Mi impresión es de lógica curiosidad, pero al tiempo moderadamente escéptica: salvo para determinadas tareas muy específicas, no estoy completamente seguro de que mover las manos frente al ordenador sea una alternativa más cómoda que los pequeños movimientos con uno o dos dedos que son precisos para un uso habitual en el trackpad de mi portátil (el ratón lo abandoné hace tanto tiempo que ya me resultar hasta incómodo cuando tengo que volver a usarlo). En cualquier caso, me encantaría contrastar esas impresiones con el uso.

¿Opiniones?



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03 julio 2012

Desarrolladores y emprendedores: aproximando posturas

Sala llena en Utopic_US, calculo que alrededor de ciento cincuenta  personas, y la satisfacción de que un tema que llevaba mucho tiempo en debate abierto – no siempre cordial, pero debate al fin y al cabo. Ante todo, agradecer a personas como Wilhelm Lappe, Emilio Rey, Iván Pérez y a la experiencia de los amigos de Betabeers el montaje de un evento cuyo balance me ha parecido enormemente positivo.

Mi primera intervención se centró en mostrar que esto no era algo que viniese de un artículo de Expansión publicado anteayer: hay antecedentes muy comentados de este debate que se remontan al año 2007, que habían discurrido ya con profusión importante de comentarios, y que tuvieron continuidad en artículos posteriores, como muestro en esta secuencia de capturas de pantalla en Slideshare.

El problema era, para mí, tan claro como lo siguiente: el entendimiento entre programadores (entendidos no como dice el Diccionario de la RAE, “persona que elabora programas de ordenador”, sino como aclara Wikipedia, “persona que requiere profundos conocimientos de matemáticas, electrónica, algorítmica, ingeniería del software, teoría de la computación, interacción persona-ordenador, etc. y que, por tanto, se considera una profesión de alta calificación”) era imposible si los primeros pensaban que los segundos eran una panda de “vendehumos”, “artistas del PowerPoint y de las proyecciones fantasiosas en la hoja de cálculo”, “payasos encorbatados”, o algún tipo de “empresarios malvados dispuestos a comprar mano de obra barata” (todos ellos adjetivos recogidos de hilos de comentarios a mis entradas en este sentido). Y mi experiencia cuando hablaba con unos o con otros era que ni los emprendedores que yo conocía lograban encontrar programadores ni enterarse de en qué eventos se reunían estos, ni los programadores eran capaces de ver el valor de un emprendedor y un buen proyecto. Que por supuesto, en todas partes hay cosas buenas, regulares y malas y podría ser que en ocasiones apareciesen proyectos que eran una payasada con emprendedores verdaderamente malos, como también aparecían en ocasiones programadores que era para echarles de comer aparte. Pero que con una actitud de ridiculizar o no intentar entender a uno o al otro lado no íbamos a ningún sitio.

Ver un “enfrentamiento” en este debate era bastante absurdo. En ningún momento, desde el inicio del debate, se trató de ahondar en diferencias, sino de buscar zonas comunes. David Bonilla, a quien tengo que agradecer su actitud constructiva en todo momento desde que entró en este debate allá por el año 2010, resaltó esas diferencias de percepción de los emprendedores (que, insisto, no son para nada las que yo veo en los proyectos con los que tengo relación o en proyectos de IE Business School que han pasado varias rondas de supervisión por expertos de todas las áreas), la especial idiosincracia del trabajo de desarrollo, y comentó que los desarrolladores buscaban en realidad proyectos sólidos que les valorasen, que tuvieran sensibilidad hacia el trabajo de programación, y que les dieran un buen sueldo. Pretensiones por supuesto interesantes, pero también en muchos casos alejadas de la realidad del emprendimiento, donde muchas veces hablamos de emprendedores con experiencia potente y que podrían estar cobrando sueldos importantes en empresas, pero que renuncian a su sueldo durante tiempo para poder desarrollar su idea. Es necesario un balance en las percepciones: no, ni los MBAs son “niños de papá a los que les pagan el master”, ni pretenden “contratar monos pagando cacahuetes”, porque eso va en contra de la sostenibilidad de su idea. La idea del “empresario explotador”, nos pongamos como nos pongamos, no tiene demasiado que ver con el escenario habitual en una startup. Hablamos de cosas distintas.

Muchas, muchas intervenciones interesantes: Sebas Muriel (Tuenti), Luis Rivera (Okuri Ventures, Tetuan Valley y Startup Spain), Raúl Mata (FDI Internet&mobile), Raúl Jiménez (minube), Diego Mariño (Ducksboard), Agustín Cuenca (ASPgems), Nuño López-Coronado (coches.com), Pablo Rodríguez (Genializa y Betabeers), Pablo Almunia (business angel y fundador de UEIA), Daniel Brandi (etece.com) o Pablo Ruiz Múzquiz (kaleidos), entre otros, proporcionaron sus percepciones e ideas al respecto, y avanzaron ideas en torno a otros debates también muy interesantes, como el de la subcontratación con socio tecnológico externo frente al desarrollo interno. He visto una crónica del evento en El Confidencial, “¿Hay en España buenos programadores para emprender?“, seguro que habrá alguna más (iré completando, si veis algo, por favor, ponedlo en los comentarios), y pronto estará disponible el vídeo completo del evento.

Al final, muchas ideas, muchas propuestas de continuidad y, sobre, todo, muchos puntos de contacto en torno a puntos que creo que era necesario hablar para superar. Repito: como en todos los campos de toda actividad, hay profesionales buenos, malos y regulares; proyectos buenos, malos y regulares; y desarrolladores buenos, malos y regulares… y eso no quiere decir ni que los emprendedores sean unos payasos, ni que los programadores no existan (permítaseme la licencia de ser un tanto “sensacionalista” en mis titulares cuando lo que se busca es abrir debate), ni que los proyectos sean todos chorradas insustanciales. Lo que quiere decir es que hay que moverse más, conocer a más gente, buscar puntos de contacto y no pedir lo imposible. Y en este sentido, creo que el evento de ayer es una muy buena noticia, y que de él pueden salir encuentros muy positivos.

Gracias a todos, y… seguiremos informando :-)



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02 julio 2012

Sobre Lessig y la disrupción en la política

El pasado viernes tuve la oportunidad de conocer en una conferencia en el Digital Law World Congress en Barcelona a una de las personas que más admiro en el ámbito profesional: Lawrence Lessig.

Creador e impulsor de las licencias Creative Commons, su trabajo en todo lo relacionado con la disrupción de la propiedad intelectual marcó de una manera importante mis líneas de pensamiento en ese sentido (todo lo que firmo como autor y queda bajo mi control lleva este tipo de licencia). Pero la admiración no queda ahí: su trabajo en ese ámbito le llevó a comprobar que el verdadero problema no estaba en la propiedad intelectual, sino en la política, y más concretamente, en la corrupción del sistema político.

En mi caso, fue mi trabajo en temas como la difusión tecnológica y la disrupción provocada por la tecnología a distintos niveles lo que me llevó a la misma conclusión: que la raíz fundamental de los problemas estaba en el sistema político. En efecto, áreas como la adopción de tecnología a nivel de las personas o de las empresas resultaban de por sí fascinantes, pero la verdadera cuestión, lo que más afectaba a todos los niveles era el impacto de la tecnología en cómo nos administrábamos como sociedad.

La política es un ámbito complejo. Aproximarte a la política, sea desde la posición que sea, implica entrar en discusiones polarizadas hasta extremos increíbles, con posiciones estereotipadas y simplificadas de manera increíblemente burda: basta que opines sobre un tema para que se te adscriba de manera inmediata a posiciones de “derecha” o “izquierda” que para mí, a día de hoy, no tienen significado alguno más allá de concepciones simplistas, ideologías falsas utilizadas para polarizar a votantes que no van más allá de “como soy de izquierdas/derechas, tengo que votar a X o a Y”. Me he visto supuestamente adscrito a partidos de todo tipo e incluso a movimientos cuya existencia desconocía completamente, únicamente por haber avanzado una idea determinada, por haberme reunido con ellos, por haber hecho un checkin en Foursquare o hasta por aparecer en una foto, sin que ninguna de esas adscripciones tuviese jamás ningún viso, siquiera lejano, de realidad. Ha habido incluso quienes han asegurado con total vehemencia que yo pretendía “una carrera en la política”, extremo que siempre fue y sigue siendo radical y absolutamente falso. Mi interés en la política es exactamente el mismo que el que tengo en otros temas: estudiar el fenómeno de la disrupción tecnológica. Con una diferencia: la disrupción tecnológica en la industria de la música, del cine o de los libros tiene un efecto relativamente limitado en mi día a día. La disrupción en la política, en cambio, me influye, tanto a mí como a todo lo que me rodea, quiera o no.

Esa fue exactamente la pregunta que hice a Lawrence Lessig: la disrupción tecnológica en las industrias en general, particularmente en aquellas que trabajaban con “productos bit”, es un proceso ya perfectamente estudiado, documentado, y que tiene una duración finita. En torno a los diez años, puede afirmarse que el proceso disruptivo se encuentra perfectamente asentado, que una amplia generalidad de la población ha tomado perfecta conciencia del mismo, e incluso dentro de las propias industrias surgen voces que lo comentan y reacciones en contra de quienes pretenden enrocarse y luchar contra el mismo. Sin embargo, si entendemos la política como una industria que además trabaja con un producto intangible, las ideas, la disrupción tecnológica no solo no ha llegado, sino que no parece tener fecha estimada. La política, incluso en las democracias más consolidadas, sigue siendo un terreno en el que la transparencia es escasa, en el que el vínculo entre representantes y representados no existe, en donde los políticos emplean cada vez más tiempo asegurando su reelección que realmente gestionando, y en donde el acceso de determinados lobbies de poder – que suelen además ser quienes contribuyen a las campañas y financian a los partidos – resulta prácticamente omnímodo. El nivel de corrupción en la política – y no hablamos de escándalos puntuales o de personajes concretos, sino el de corrupción establecida, institucionalizada, completamente asumida – es completamente insostenible en una escenario hiperconectado y bidireccional. ¿Paa cuándo la disrupción en la política?

La respuesta de Lessig en ese sentido es para ponerse a pensar. Básicamente, según su experiencia, la disrupción de la política en los Estados Unidos es imposible. No va a ocurrir, al menos allí. Puede que vivamos la disrupción de la política, pero si llega a los Estados Unidos, será porque fue un proceso que se fraguó y maduró hasta tomar carta de naturaleza en algún otro escenario, y que, tras influir de manera conspicua en factores como la competitividad, la imagen o la economía de ese otro país o países, termina por ser adoptado.

La respuesta lleva a una reflexión profunda: no hablamos de cualquier persona, hablamos de Lawrence Lessig. Un académico prestigioso, con llegada a todos los escalones del poder, que comenta amargamente su decepción con el mismísimo Barack Obama en ese sentido, y que viene a decir que, tras haber estudiado el tema con rigor en los Estados Unidos, la necesaria disrupción de la política le parece imposible. Y hablamos de los Estados Unidos, un país con unos niveles teóricos de transparencia en la gestión y en la responsabilidad política que, en percepción de muchos, están muy por encima de muchas otras democracias consolidadas. En la política, solo funciona la anécdota que Lessig citó de aquella congresista recién llegada a su cargo, que recibió un consejo de un miembro de la cámara con muchos años de experiencia: “Politics are easy: always lean to the green” (“la política es sencilla: inclínate siempre hacia lo verde”), y que posteriormente aclaraba, por si acaso, “and he was not an environmentalist” (“y no era un ecologista”). Los movimientos que, surgidos a partir de la primavera árabe, comenzaron a adoptar un discurso relacionado con la disrupción política en varios países democráticos, han sido prácticamente neutralizados. Infiltrados, desacreditados, banalizados y reducidos a lo anecdótico en cuanto salieron de la red, su escenario natural, e intentaron desarrollarse a nivel de calle.

Sin duda, una conclusión dura y, en gran medida, descorazonadora. Siglos de consolidación democrática han dado lugar a un sistema tan corrupto, que hemos llegado a perder la capacidad de cambiarlo. La supuesta democracia en la que vivimos ha conseguido blindarse hasta tal punto, que se ha hecho inmune a la disrupción. La disrupción de la política tendrá que ser algo puramente generacional – o ni eso, dado que la capacidad del sistema de fagocitar a los nuevos entrantes parece descomunal – o algo que tenga lugar en algún otro sitio.

Lo que nos queda…



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01 julio 2012

Wearable computing y futuro

Si todavía consideras la idea de wearable computing como algo digno de la ciencia ficción, es recomendable que leas este fenomenal artículo en Wired, “Google Glass team: 'wearable computing will be the norm'“.

La última vez que revisé la definición de ciencia ficción, se refería a marcos espacio-temporales puramente imaginarios, no a escenarios que ya existen al nivel de la demo que vimos en el primer día del Google I/O – calificada por muchos como “la mejor demo de todos los tiempos” – o que estarán disponibles comercialmente en cosa de un par de años a un precio razonable.

Si no has visto todavía la demo de Google Glass, de verdad: es de esas cosas que hay que ver sí o sí. Intenta centrarte no en el hecho de que se tiren desde un avión, hagan el loco con una bicicleta o desciendan haciendo rápel por la fachada de un edificio, sino en lo que puede significar que mucha de la información que podemos necesitar en nuestro día a día y en nuestros escenarios habituales esté disponible de esta manera. En escasos tres meses, Google ha pasado de mostrarnos lo que parecía un simple concepto, a enseñarnos algo así:

 

 

Ahora piensa en tu futuro en lo personal, o en el futuro de tu compañía y sus productos y servicios, en un escenario en el que un número significativo de personas empiecen a utilizar algo así. O en las cosas que cuenta la página del MIT dedicada a wearable computing. Trata de imaginarlo, porque la cosa está poco menos que a la vuelta de la esquina. Escenarios nuevos, ubicuidad de información, análisis de la realidad que nos rodea y superposición de datos y análisis a la misma. Es una combinación de muchas tecnologías ya conocidas, pero en realidad, define todo un nuevo escenario en sí misma.

Esta página que estás leyendo está llena de ejemplos de cosas de las que en su momento hablamos, y que invariablemente siempre muestran hilos de comentarios llenos de escépticos que minimizan su importancia y su futuro. Indudablemente, hay menos escépticos en esta página que en la media de la sociedad en su conjunto: quien me lee, ya sabe a qué viene y dónde se mete. El hilo de comentarios que sigue a esta entrada también, como muchos anteriores, se poblará de escépticos que digan que esto no es viable, que generará problemas apocalípticos, o que destrozará nuestra naturaleza como humanos, a saber. Me parece perfecto: el escepticismo es necesario como balance a quienes tenemos tendencia a lanzar campanas al vuelo cuando todavía no están ni siquiera en la fundición. Pero si todo va bien, esta página seguirá publicándose dentro de tres años… y viendo estas cosas, me estoy muriendo de ganas de contar las cosas que veremos entonces en un escenario como el que ahora mismo parece que viene.

Como suele decirse… el futuro ya está aquí.



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