15 septiembre 2013

¿Añaden valor los mercados financieros?

IMAGE: Enrique DansLa noticia de la inminente salida a bolsa de Twitter vuelve a desencadenar una discusión que no por reiterativa, es más necesaria que nunca: ¿realmente aportan valor los mercados financieros?

Para cualquier compañía, el momento de su salida a bolsa suele identificarse con una especie de mayoría de edad, un espaldarazo de legitimidad, la realización del éxito y del sueño capitalista, la prueba de fuego. El momento de someter las acciones de la compañía a un mercado que determina su valor y que aporta el necesario capital para su ulterior desarrollo. En todos los sentidos, incluido el legislativo, las reglas apuntan a que la salida a bolsa es la etapa final, el necesario desenlace, la consecuencia del éxito, la aspiración lógica de todo emprendedor, el sitio en el que se debe estar.

Sin embargo, existen cada vez más pruebas que demuestran que, a pesar de representar un camino prácticamente obligatorio, los mercados financieros suelen convertirse en una maldición en muchos sentidos, y en particular para las compañías más innovadoras. Cada vez son más las empresas tecnológicas caracterizadas por un modelo innovador rápido y disruptivo que retrasan todo lo posible el momento de hacer su primera oferta pública de acciones, o que tratan de tomar todas las precauciones posibles para blindarse ante los nocivos efectos que los mercados financieros tienen en su gestión.

En muchos sentidos, la salida a bolsa supone un freno a la innovación, un desincentivo al riesgo y a la creatividad, un drenaje de talento, un enfoque en el corto plazo y en la tiranía de los resultados trimestrales, y una falta de alineación entre los intereses de los trabajadores y directivos de la compañía y los objetivos de la misma. La necesidad de centrarse en tareas de reporting y en ofrecer al mercado las cifras que requiere para seguir capitalizando la empresa se convierte en una tarea que absorbe a los directivos y les impide centrarse en la estrategia a largo plazo, en la visión que tenían para la compañía.

La consecuencia es que las empresas, incluso las más innovadoras, pasan a convertirse en aburridas, en más cerradas y secretas, en parte de un establishment del que en muy raras ocasiones salen innovaciones sorprendentes como las que originalmente les permitieron llegar allí, en empresas que tienden a comprar en lugar de inventar porque la abundancia de recursos y las prisas así lo justifican. ¿A cambio de qué? Básicamente, de abastecer a unos mercados financieros que existen para satisfacerse a sí mismos, a toda una serie de personajes que viven de la más pura especulación, de no generar ningún valor real más allá de dar una orden de compra o de venta, y que jamás en su vida han creado nada verdaderamente productivo. A cambio de alimentar empresas que mueven paquetes de acciones mediante algoritmos automatizados en fracciones de segundo para dar lugar a corrientes especulativas, a movimientos que no tienen ninguna relación con la estrategia de las compañías, con su sostenibilidad, o con la generación de ningún tipo de innovación que aporte un valor real. Los mercados financieros, en realidad, sirven para que vivan – y muy bien – los propios operadores de los mercados financieros, esos que ganan más no en función de las pérdidas y ganancias de los participantes, sino del volumen de transacciones ejecutadas. En realidad, los mercados financieros son una especie de monstruo, un parásito convertido en necesario que vive a costa de la verdadera economía productiva.

Ante esta perspectiva, la pregunta lógica que tenemos que hacernos es hasta qué punto esos mercado financieros generan un valor real para la economía. En el ejemplo de Twitter, la salida a bolsa es una necesidad: todos los actores que han ido poniendo dinero y esfuerzo en el crecimiento de la compañía ven el momento del IPO como el de recuperación de sus ganancias, el pago a sus esfuerzos, el cash-out. Obviamente, algo tiene de siniestro y de desgraciado un mecanismo destinado a premiar el hecho de que aquellos que aportan valor dejen de hacerlo, pero se acepta como parte de unas inamovibles reglas del juego. Para Twitter, hay al menos cinco razones por las que la salida a bolsa va a significar un freno a su innovación, además de obligarla a convertirse en una empresa más oscura. Por ahora, el mítico abogado Alexander Macgillivray, Amac, el responsable de la sólida reputación de Twitter como defensora de los derechos de sus usuarios y de la libertad de expresión, ya ha salido de la compañía.

Algunas voces, como Eric Ries, defienden la necesidad de generar nuevos mercados financieros que penalicen fuertemente la especulación y estén obligados necesariamente a alinearse con la sostenibilidad de las compañías, con sus verdaderas necesidades estratégicas a largo plazo, que permitan mantener los elementos que permitieron a esas empresas llegar a donde están. En algunos casos, esas ideas se identifican incluso con la burda generalización que supone un enfrentamiento entre las costas este y oeste, entre los “emprendedores de Silicon Valley” y los “especuladores de Nueva York”. Sea de la manera que sea, lo cierto es que los mercados financieros ya han dado suficiente muestra de su connatural perversidad, y de hasta qué punto son capaces de convertir los mejores proyectos y las ideas más disruptivas en empresas aburridas, previsibles y sometidas a la absurda dictadura de unos resultados trimestrales que son únicamente moneda de cambio para una caterva de jugadores, apostadores y especuladores.

En muchos sentidos, es más que posible que los mercados financieros que fueron originalmente diseñados para permitir el acceso del capital privado a los proyectos más brillantes y contribuir a su éxito, se haya convertido en un coto reservado a banqueros de inversión que posibilitan el enriquecimiento de sus privilegiados clientes mediante esquemas de “the rich gets richer”, y a mecanismos que no solamente no aportan valor, sino que incluso lo sustraen de manera evidente. Siendo un mecanismo necesario y una vía prácticamente obligatoria para las ideas exitosas, los mercados financieros se han convertido en una maldición, no necesariamente para quienes participan en ellos, pero sí para la economía en su conjunto.








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