03 septiembre 2012

La Ley Sinde, sus tejemanejes y la historia de un error

El último artículo de David Bravo, “La Comisión Sinde desde dentro: los desmanes son para el verano“, en el que detalla sus peripecias con la Comisión Sinde durante los últimos meses para poder ejercer la defensa de sus clientes, es de verdad para enmarcar primero, y echarse a llorar después: la prueba perfecta de que este país está para el diván de psicoanalista.

Una historia de patentes abusos y fraudes de ley cometidos por una combinación de ineptitud y malas artes, que no hace más que repetir la historia de lo que ha sido la tramitación del mayor esperpento jurídico que ha vivido nuestro país en mucho tiempo. La prueba de hasta qué punto la política y la ley pueden pervertirse para ponerse al servicio de intereses económicos. Todos, absolutamente todos los avisos que se dieron al respecto de lo que iba a ser la ley Sinde estaban justificados: todos los abusos que se comentaron que se podrían cometer están siendo cometidos. La indefensión más absoluta. Una auténtica vergüenza.

Notificaciones que no se reciben, alegaciones que no pueden enviarse, restricciones clarísimas del derecho a la defensa, indefensión patente y evidente, pruebas diabólicas solicitadas que resultan notoriamente impracticables… un sistema montado desde su concepción para vulnerar los derechos fundamentales de todo aquel que posee una página web, si esa página web resulta molesta para quien tiene “un amigo en el gobierno”. A través de una comisión integrada por completos desconocidos, cuya identidad es mantenida alucinantemente en secreto vulnerando todo principio legal, evitando que sus miembros puedan ser recusados o que podamos conocer qué tipo de sesgos gobiernan sus actuaciones. Todo pensado para que la defensa resulte imposible, para que te cierren la página “porque había que cerrarla”. Se me ocurren muchos tribunales en dictaduras de las que suelen utilizarse para ilustrar los capítulos más negros de los libros de historia que funcionaban mejor que éste.

Si integrase un gobierno o un partido que estuviese o hubiese estado detrás de la concepción y puesta en marcha de un sistema así, se me caería la cara de vergüenza. A no ser, claro está, que todos, del primero al último, fuesen unos sinvergüenzas. Como la realidad, tercamente, parece empeñarse en demostrar.



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